Los agostos de Poe

Opinión

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Vals para hormigas
Publicado: 26/08/2026 · 06:00
Actualizado: 26/08/2026 · 06:00
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Agosto es ese mes en el que acabas por convencerte de que acabarás deambulando por las calles de Baltimore, borracho como una cuba y con ropas prestadas, hasta que te encuentren tendido en el suelo y sin conciencia. No soy capaz de seguir manteniendo el ánimo después de las dos últimas llamadas de teléfono a instituciones en las que no he encontrado más respuesta que un mensaje grabado y un eco de tonos que resuenan sordos como un corazón empotrado entre dos habitaciones. Enciendo un cigarro y mientras reposo la vista sobre el pálido busto de Palas que tengo sobre la puerta de mi despacho, me vuelvo a convencer de que agosto es la cripta en la que yacen todas las doncellas virginales de los cuentos de Poe. Uno mira las gráficas cada vez más terribles de la Aemet y piensa, "ay, Edgar, de la que te has librado".

Nací este mes, tengo esa familiaridad con él de los que se conocen de toda la vida, no se aguantan el uno al otro y no pueden hacer otra cosa que odiarse con ternura porque no queda otro remedio. Nunca lo echo de menos y lo más que ha conseguido es hacerme desear que me hibernen durante sus 31 días como a la tripulación de la nave Nostromo, de la más bien lovecraftiana Alien, el octavo pasajero.

Otra posibilidad, mucho menos factible en los tiempos que corren, consiste en comprarme una vivienda en el hemisferio sur y no volver a padecer un verano en toda mi vida. Cualquier cosa menos volver a enfrentarme a este mes canicular al que, como ya he dicho otras veces, no le veo más ventaja que no tener que doblar calcetines. Es verdad que la ciudad se llena de tejidos aligerados, de cuerpos bronceados, de terrazas aprovechadas y de semblantes de felicidad, pero no dejo de sentirme como el Plácido de Berlanga, en medio de una celebración generalizada y con la única misión de pagar la letra de mi motocarro. No sé de qué se ríen, no sé de qué disfrutan, no sé de qué guardan tantas esperanzas. Agosto es ese mes en el que solo nos falta que un simio asesino ronde la calle Morgue. Al tiempo.

Y no pillo mis inexistentes vacaciones porque yo en agosto no soy feliz. Yo soy feliz en septiembre, cuando por fin descubro que el cuervo que aletea en mi ventana es un enviado del ultramundo y puede certificar que mi amada Leonor no ha tenido que cruzar la laguna Estigia. Que no es mucho consuelo, pero uno se asoma a las noticias de agosto, con las crisis migratorias, los fenómenos naturales desbocados, el cruce de sables entre políticos de guardia y lo de Gaza, no olvidemos nunca el genocidio de palestinos, y casi que prefiere el mundo subterráneo y funerario del bueno de Poe para pasar un buen rato en el sillón de lectura, tenuemente iluminado como un atardecer septembrino. Vuelvo a repasar las estadísticas de Aemet. Definitivamente, de los agostos no nos volveremos a recuperar nunca más.

 

@Faroimpostor

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