VALÈNCIA. El camino de las competiciones femeninas en diferentes deportes se da por hecho desde hace años, pero cada disciplina tiene, en realidad, su lucha. En el caso del MMA (artes marciales mixtas), todo comenzó en 2020, cuando se celebró en España el primer evento femenino de artes marciales mixtas celebrado en Europa, Valkyries.
La intención inicial de la directora valenciana Carmen Torner era, a partir del mismo, retratar el panorama de la MMA femenina en España, pero el proyecto fue creciendo junto a sus protagonistas. Durante cuatro años, la directora valenciana ha acompañado a las luchadoras Mariona Om y Emily Mota, siguiendo sus carreras dentro y fuera de la jaula. El resultado es Valkyries, un largometraje documental que llegará a los cines españoles el próximo 4 de septiembre, después de haber pasado por varios festivales especializados en cine deportivo.
“Estuvimos siguiendo a varias luchadoras pero, como directora, conecté sobre todo con Mariona y Emily como personas, con sus historias y también con su visión de la lucha”, explica la directora. La cámara empezó a centrarse en ellas y en sus evoluciones individuales como espejo de la disciplina a nivel estatal.
Las dos tenían “una visión de la lucha bastante particular, muy cinematográfica y distinta que contar”. Mariona Om viene de una familia de artistas, mientras que Emily Mota, natural de Brasil, suma a su experiencia el desarraigo y una tragedia familiar.
Torner se acercó a “los éxitos, las derrotas y cómo estos afectan psicológicamente a las protagonistas”. De fondo, la escasez de combates femeninos y la voluntad de construir un retrato que recogiera toda la complejidad de sus carreras hicieron que el rodaje se prolongara hasta el salto de Mariona Om al profesionalismo y permitiera seguir también la evolución de Emily Mota.
En ese proceso, además, la directora se introdujo ella misma en este universo y comenzó a practicar jiu-jitsu y boxeo. “Me empezó a interesar el mundo emocional y lo que aportaban los deportes de contacto a las mujeres”, apunta —sobre todo “la capacidad de concentración” y el crecimiento de la seguridad personal.
Para Torner “es como una forma de meditación y de conectar con tu cuerpo de una forma poco sexualizada”, apunta. Y es que, en un deporte basado en el contacto físico, la práctica permite también “ver tu cuerpo y compartirlo con tus compañeros de otra forma”.
Practicar el deporte le ayudó, asegura, “a saber dónde poner la cámara” y a contar aspectos que habitualmente quedan fuera de los documentales sobre deportes de contacto. “Me interesaba mucho el backstage, los entrenamientos, el cansancio, todas esas cosas. Una verdad dentro del plano que trasladase sensaciones que tengo yo cuando entreno”, detalla.
En este viaje de cuatro años, Torner elige como protagonistas a mujeres de su misma generación. Las dos luchadoras y ella, mujeres jóvenes; el contexto es importante para entender por qué en el rodaje fue fácil “no invadir, pero sí sumergirnos a tope en sus vidas, con sus familias, en sus gimnasios, desde el respeto, la curiosidad y acompañándolas”.

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Más allá del golpe
Ya sobre la forma del documental, la directora ha querido alejarse de algunas imágenes recurrentes alrededor de la MMA. “A nivel estético suele ser todo muy épico y súper masculino, súper azul”, resume. No reniega, sin embargo, de la tradición del género ni de sus relatos de superación, que reconoce como una influencia directa; pero ha querido introducir otra capa: parar el tiempo y mostrar qué significa realmente estar dentro de un gimnasio.
Esto eso: el sudor, la concentración, la música que suena durante los entrenamientos o las esperas antes de las luchas. “Me interesaba mucho no tanto el golpeo, sino las miradas y las caras de las luchadoras dentro de la jaula. No es una expresión de rabia, sino de concentración, de estar escuchando a sus esquinas, de estar practicando un deporte, no solo pegándose”, apunta.
Filmar los combates “ha sido de las cosas más difíciles de rodar del documental”, reconoce. El equipo recurrió a ópticas que permitieran acercarse a las luchadoras y registrar sus expresiones, además de largas tomas y varias cámaras para no perder una acción que, al no ser una ficción, sucede una única vez. El conocimiento de las técnicas y de los movimientos entrenados por las deportistas permitió anticipar mejor lo que podía ocurrir dentro de la jaula.

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Quedan asaltos
Seis años después, algo de perspectiva. Valkyries fue “algo súper raro que pasó una vez en España y que realmente no ha vuelto a pasar”, lamenta la directora. Aquel evento, celebrado en plena pandemia y que estuvo a punto de cancelarse, reunió una cartelera exclusivamente femenina, pero el camino no se abrió lo suficiente.
“Hay grandes deportistas mujeres y les va muy bien, tienen muchísimos fans, pero sigue sin haber eventos donde todos sean mujeres”, señala Torner. La razón, a su juicio, está en que la MMA continúa siendo “un deporte súper asociado a hombres que se dan hostias”.
Apenas hay diferencias en el nivel técnico o la espectacularidad. Pero de Valkyries, lo que recuerda Torner es “una energía muy bonita” y que “todo el mundo estaba súper motivado por poder participar”.
Las cámaras del documental han dejado de enfocar a Mariona Om y Emily Mota. Pero además de sus triunfos y derrotas individuales, que sigue viviendo, queda claro que, a nivel colectivo, al MMA femenino le quedan asaltos que luchar.