Si dejas de hacer esa escapada con tus amigos no vas a estar más cerca de comprarte un piso. Ni si dejas de salir a cenar o de salir a tomar algo. De hecho, incluso con todas esas renuncias, cada día estarás estadísticamente más lejos de acceder a una vivienda. No es lo que te diría un coach, pero es la conclusión que se puede sacar cuando lees en El Economista –medio profundamente liberal–que comprar un piso de 80 metros cuadrados cuesta hoy 34.000 euros más que hace solo un año.
Si en València un sueldo común está alrededor de los 1.500 euros, basta hacer un cálculo rápido para darte cuenta de que ni siquiera guardando la nómina entera estarías más cerca cada año del precio de tu futura casa. La subida de los precios de la vivienda es tan alta que una persona debería ahorrar casi 3.000 euros al mes para lograrlo. Ni una pareja, donde los dos tengan buenos trabajos, tiene esa capacidad. Y cuando los objetivos se vuelven imposibles, no son objetivos.
La realidad es que acceder a una vivienda depende menos que nunca de tener un trabajo o de lo que hagas con tu sueldo. Se ha desconectado del esfuerzo. Y en esa especie de camino pautado en nuestros contratos sociales donde, tras el estudio, se accede a un trabajo y con ello a la emancipación, las costuras han vuelto a saltar.
Tras la crisis del 2008 –asociada también al ladrillo, siempre el ladrillo– los precios de la vivienda se desplomaron, pero la parte de la promesa social que no se cumplía era la laboral. No había trabajo y se forzó una parte relevante de quienes salían al mercado laboral a elegir entre la precariedad o emigrar. Hoy el paro está en mínimos, pero trabajar ya no te garantiza poder iniciar un proyecto de vida autónomo. Se cobra demasiado poco para lo cara que es la vivienda o la vivienda es demasiado cara para los sueldos que se cobran.
Es un hecho. Pero, sin embargo, hace unos días volví a tropezar con una publicación en la que un supuesto ciudadano –preocupado por la sociedad que viene– comparaba las vacaciones de las personas jóvenes de su oficina con la de los más veteranos. Evidentemente, tras esa publicación ni existía una oficina, ni los viajes eran reales, ni quien escribía era un trabajador. Era la enésima cuenta falsa dedicada a orientar la conversación en el sentido que interesa a quien paga. Pero las redes sociales juegan con la paradoja de que lo percibido si no es real, al menos sí que genera efectos reales. Y en este caso culpabiliza. O, mejor dicho, intercambia la culpa de bando.
Aprovechando septiembre el argumento es que quienes no pueden acceder a una vivienda han veraneado en Bali, en noviembre será que están suscritos a Netflix, se toman el café en el bar o los viernes quedan para tomar unas cervezas con sus amigos. En definitiva, que estos jóvenes malgastan en diversión o caprichos su dinero y por eso no pueden emanciparse. Todo esto a diferencia de lo que hicieron sus mayores, mucho más responsables que ellos. Y esto va más allá del clásico argumento de mi generación sí que era buena y no como la de ahora, que ya utilizaba, entre otros, Aristóteles; es toda una justificación del expolio al que están siendo sometidos quienes no tienen vivienda en propiedad en beneficio de quienes las acumulan.
Porque hoy la vivienda no llena el significado de la palabra derecho. Las normas la califican así, pero el mercado le asigna otra función. Todo ante el silencio de muchos guardianes de la Constitución, que parece nunca llegan en su lectura a este y otros artículos, dicho sea de paso. Hoy la vivienda funciona como el mecanismo mediante el cual quienes ya tienen incrementan su patrimonio y quienes no la tienen se hacen cada año un poco más pobres. Funciona como han funcionado en otros momentos los salarios de miseria o la propiedad de los terrenos o los medios productivos.
Y la brecha se expande a una velocidad impensable. Por eso la única forma de que siga haciéndolo, sin que la sociedad mande parar, es que una parte importante de esa sociedad crea que esa desigualdad es, en cierta manera, justa y aceptable. Por eso, florecen estos mensajes. Historias prefabricadas en los que una persona, incluso una generación entera, parece merecer lo que le ocurre.
Pero la realidad es otra. La gente, tampoco la más joven, elige entre vivir o adquirir un piso. No hay elección posible. Porque lo segundo es económicamente imposible para la mayoría, salvo ayuda externa. Y lo primero no debería estar en debate que pueda arrebatarlo nadie.
Así que puestos a que una parte de la sociedad renuncie a sus excesos, yo propongo señalar donde realmente se producen. Llegado septiembre, si te señalan tus vacaciones, yo apostaría porque cuestionemos las vacaciones del rentista. Que además duran todo el año y se las pagan otros. Porque sentarse a esperar los ingresos de alquileres desorbitados o a obtener el rendimiento de una inversión inmobiliaria no es un trabajo. Eso es otra cosa.