El martes pasado acudí a la presentación del libro editado sobre la obra de Josep Sorribes. Una recopilación de sus artículos, precedida de algunos capítulos escritos por gente con los que pensó y, probablemente, compartió su obsesión por la ciudad. Más, en concreto, por su ciudad; València.
Al acto debía haber acudido también Ricard Pérez Casado, cuyo libro de condolencias estuvo hasta el viernes anterior en el Salón de Cristal del Ayuntamiento. Había una sensación de homenaje compartido a los dos. Y no dejaba de serlo también una forma de estar en la ciudad que habían hecho juntos. De València estant.
En el libro hay un texto del propio Ricard hablando de esa primavera que supuso para la ciudad el período de gobierno progresista entre las alcaldías franquistas y los mandatos de Rita Barberà. Cuenta como, de una manera casi orgánica, mucha gente de procedencias distintas que se habían dedicado a reflexionar la ciudad, confluyeron en un nuevo día a día. Quizás por eso, nunca se perdió de vista la mirada larga. Proyectaban, en aquel momento, la València de los noventa. El 2030, antes de que el 2030 existiera.
Una ciudad imaginada que tenía quien la pensara. Gente de dentro y de fuera de la administración, profesionales o académicos de disciplinas muy diversas. Personas en clara disidencia contra la València heredada del franquismo, que la había mantenido en el atraso, cultivando y rindiendo culto a lo reaccionario en cada una de sus capas.
Una disidencia que solo es posible cuando se parte de la convicción de que todo es un constructo social. Lo positivo y lo negativo. Que todo está siempre por hacer y las cosas serán como queramos o dejemos que sean. Toda una asunción de responsabilidad.
Casi acabando su texto a Sorribes, Ricard, recordaba su publicación en el año 2007 de un libro titulado Rita, el pensamiento vacío.
Para él, la entonces alcaldesa, era un factor de atraso para la ciudad. Y lo era porque había conseguido ´acomodar la retina a ver sólo aquella parte de la ciudad que se quiere mostrar y verla, además, con la lente que nos prestan’.
Y, mientras tanto, se consolidaba una ciudad dual. La de los barrios pobres y los barrios ricos. La mayoritaria y la de las postales.
Un PP de mayorías absolutas, ejercía el poder más absoluto de todos; el de conseguir que los problemas ni siquiera se perciban. Y en eso, coincido con él, son unos maestros.
Pero la ciudad ahí estaba, sin que nadie le prestará demasiada atención desde lo público. En manos de un Ayuntamiento de pensamiento vacío. Lo que no quiere decir que no hubiera quien sí la gobernaba.
Decía Joan Romero en la presentación que no es lo mismo dirigir, que gobernar. Y vaya si es así.
Esa València no tenía quien la planificara en los despachos de urbanismo o en el de alcaldía, pero sí estaba gobernada por otros. Volvía a ser de los promotores. De los urbanísticos y de los eventos, que llegaron a estafar a una ciudad entera de formas que les debieron sorprender a ellos mismos.
Sin haber leído, en ese momento, el libro de Sorribes (entono mi primer mea culpa) acudí al último debate sobre el estado de la ciudad en el pleno del Ayuntamiento.
Y me llama la atención que 18 años después, tras una mayoría de edad completa, vine a manifestar algo muy similar.
Decía en ese pleno que el ayuntamiento y su alcaldesa habían desertado. Que habían renunciado a tener un modelo de ciudad. Y lo que era más grave, que la ciudad cuando no la haces, te la hacen. El poder en la ciudad lo posee quien lo ejerce. Cuando no es lo público es quien tiene la posibilidad desde lo privado.
He ido dándole vueltas a esta repetición de patrones. A esa idea que ha vuelto recurrente. Y creo que, en el fondo, resume bien la ciudad. Al menos la nuestra.
Creo que València es una tensión constante entre lo reaccionario y lo moderno. Entre la València del poder tradicional o tradicionalista y la de pulsión transformadora.
La primera es sumisa a los intereses de sectores extractivos sobre la ciudad. Léase el ladrillo, eventos ruinosos o turismo masivo. Concibe la ciudad como el lugar donde ganar más dinero y más rápido. Aunque solo unos pocos lo consigan y otras tantos, muchos más, solo aspiren.
La segunda, reclama su modernidad a cada tiempo, pero siempre piensa en la ciudad como una casa común, propone un aggiornamento, una recualificación, como escribía Vicent Soler en su artículo del libro a Sorribes. Persigue la ciudad como el lugar donde vivir mejor.
Y creo que las dos Valèncias son posibles.
No comparto la tesis de algunos colegas, cuando afirman que esta es una ciudad conservadora. No lo es. Bromeando, comento con alguno de ellos que ya basta de ser tan pesimista, que esta ciudad es mejor de lo que a veces vota.
Hay una València bajo la piel de la que parece casi siempre imponerse. Está llena de gente que aspira a reconocerse en su ella. Pero que también necesita hacerlo en la propuesta de alternativa. En esa ciudad en el horizonte que se plantee.
Por eso creo que esta otra València, la que aspira a esa idea de modernidad, no puede dejarse arrastrar tampoco al terreno del pensamiento vacío. Que también tiene deberes pendientes. Siempre los tiene.
Y aquí debemos entonar el segundo mea culpa. Que es más una obligación de futuro.
Decía Carles Coscollà, hace unos días en un artículo, que los primeros gobiernos de izquierdas valencianos escribían mucho. Ponían letra a lo que luego iban a hacer y, por tanto, lo reflexionaban y edificaban ideas, que duran más que los propios edificios o las decisiones puntuales. Y lo decía echando en falta que, entre ese momento y el de ahora, se haya abandonado esa obligación de escribir. Que se haya impuesto una cierta somnolencia digestiva, en palabras de Fuster.
Creo que cada primavera debe tener quienes le escriban. Debemos aspirar a la nuestra.
Y no es el trabajo de ninguna institución concreta, tampoco de ningún partido político. Ha de ser plural, flexible y alejarse del rédito propio. Pero sí que debe servir para nutrir de propuestas a una alternativa que ojalá y sea compartida, al menos en gran parte, por muchos diferentes. Aspirar si no a representar, al menos sí a motivar, a quienes no militan en la ciudad reaccionaria. Nostálgicos de futuro. Ávidos de una València moderna.
Debe ser un compromiso generacional, entendiendo por generación todas las edades que comparten este tiempo.
Y yo no soy quién para delimitar ni el espacio, ni responder a quiénes. Se me ocurren algunos y algunas, pero seguro que me faltan. Afortunadamente.
A lo único que me atrevo es a señalar que hace falta un manifiesto a favor de llenar el pensamiento, para ganar al pretendidamente pensamiento vacío de la ciudad reaccionaria.
Tal y como se hizo en los mejores momentos de la ciudad, tal y como hicieron gente que se convirtieron en referencia. No sólo por quienes eran o lo que hicieron, sino por unas ideas que, pasado el tiempo, acabaron siendo ciudad. Incluso para quienes nunca las habrían apoyado. Valga por ejemplo el río verde. Tiene muchos que reclaman su autoría y nadie que lo critique, pese a que todos podríamos identificar fácilmente que habría opinada cada uno en ese momento histórico.
Vivimos tiempos de tribulación, pero no necesariamente de pesimismo. Y como escribió Sorribes, en tiempos de tribulación repensar la ciudad.
Es necesario escribir, a muchas manos, una nueva València imaginada.