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CONVIENE SABER

Me niego a normalizar la violencia

Publicado: 17/03/2026 ·06:00
Actualizado: 17/03/2026 · 06:00
  • El expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero.
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En un momento político marcado por una crispación interesada, alimentada cada día por quienes creen que la democracia se debilita cuanto más ruido generan, escuchar voces como la del presidente José Luis Rodríguez Zapatero en el Senado te reconcilia con la política. Te recuerda que vale la pena la lucha. La lucha por la igualdad entre las personas, la lucha feminista y la lucha por una convivencia democrática basada en el respeto. Y te sitúa, casi de manera inevitable, en una reflexión íntima: cuando tomas una decisión ya sea en la esfera pública o la privada, intentar siempre imaginar cómo se lo explicarías a tus hijos. Así siempre acabas en el mismo lugar: en el lado correcto de la historia. En mi caso, en el lado de la socialdemocracia. En el lado del Partido Socialista Obrero Español. Y no por disciplina, sino por convicción vital.

El 8 de marzo, Día Internacional de las Mujeres Trabajadoras, sigue siendo necesario porque la igualdad real aún no ha llegado. Porque seguimos hablando de brecha salarial, de techos de cristal, de dobles jornadas invisibles, de violencia machista y de ataques constantes a las mujeres que ocupan espacios de poder. La igualdad formal, recogida en leyes y declaraciones institucionales, no se traduce automáticamente en igualdad material. Y eso obliga a mantener viva la reivindicación.

Si hoy las mujeres en España tenemos más derechos civiles y laborales es, en gran medida, gracias a la acción política del socialismo democrático. Desde la universalización de la educación y la sanidad hasta el reconocimiento de derechos laborales básicos, la igualdad ha sido siempre una bandera del PSOE. Durante los gobiernos de José Luis Rodríguez Zapatero se aprobaron normas que cambiaron la vida de millones de mujeres: la Ley Integral contra la Violencia de Género, la Ley de Igualdad efectiva entre mujeres y hombres, el impulso a la corresponsabilidad o el reconocimiento de nuevos derechos civiles que ampliaron la libertad de toda la sociedad.

Ese camino no se detuvo. Los gobiernos de Pedro Sánchez han continuado profundizando en esa senda con políticas que han tenido un impacto real en la vida de las mujeres. La subida histórica del salario mínimo, que ha beneficiado especialmente a trabajadoras jóvenes y con empleos precarios, la reforma laboral que ha reducido la temporalidad y ha dado estabilidad a millones de mujeres, la equiparación progresiva de los permisos de maternidad y paternidad para avanzar en corresponsabilidad, la revalorización de las pensiones conforme al IPC, clave para muchas mujeres de mayor edad, o la aprobación de leyes que refuerzan la libertad sexual y la igualdad en el ámbito laboral y social. Son avances concretos, tangibles, que demuestran que cuando gobierna la socialdemocracia, la igualdad deja de ser un eslogan y se convierte en derechos efectivos.

Frente a ello, la derecha española ha mantenido históricamente una posición abiertamente contraria. El Partido Popular, heredero político de Alianza Popular, ha recurrido o votado en contra de muchas de estas leyes mientras construía un discurso oportunista de defensa de la igualdad. Hoy esa contradicción se agrava con su dependencia de Vox, una fuerza que cuestiona abiertamente el feminismo, niega la violencia machista y propone retrocesos que creíamos superados. No es solo una cuestión ideológica: es una disputa sobre el modelo de sociedad que queremos.

La comparecencia de Zapatero en la comisión de investigación del Senado fue un ejemplo de política con mayúsculas. Acudió, como siempre, con su talante sereno y su disposición a dar explicaciones. En un contexto donde el principal partido de la oposición utiliza su mayoría absoluta en la Cámara Alta para convertirla en un instrumento de desgaste del Gobierno de España y de revisión interesada de la historia reciente, el expresidente ofreció una lección democrática. Recordó que un verdadero demócrata se demuestra cuando ejerce el poder, especialmente cuando dispone de mayorías absolutas. Fue también una reivindicación de la política como servicio público frente al uso partidista de las instituciones.

Desde 2023, el Partido Popular ha asumido como estrategia no construir alternativa, sino erosionar la confianza ciudadana en la política. La deslegitimación sistemática, la sospecha permanente y la fabricación de relatos buscan un objetivo claro: que la gente deje de creer en nada. Pero quienes defendemos la democracia sabemos que el descrédito generalizado solo beneficia a quienes pretenden recortar derechos.

La lucha feminista es también una lucha por la calidad democrática. Así se puso de manifiesto en la jornada organizada por el Grupo Parlamentario Socialista en el Senado sobre bulos, desinformación y violencia digital contra las mujeres. Ana de Miguel, filósofa, lo expresó con claridad: el feminismo ha sido el factor determinante para que hombres y mujeres pasemos de vivir en espacios separados a ser compañeros en el espacio público. Gracias al feminismo, la razón se abrió paso frente a la tradición que confinaba a las mujeres al ámbito privado. Sin embargo, las redes sociales están generando nuevas formas de expulsión. La violencia mediática, la sexualización de la imagen o los ataques anónimos buscan silenciar voces femeninas y limitar su participación política.

La periodista Sarah Santaolalla también lo recordó: el feminismo está más vivo que nunca porque las mujeres detectamos el machismo y respondemos colectivamente. Esta lucha no va solo de mujeres, va de democracia. De rebelarse políticamente, mediáticamente y socialmente frente a quienes quieren devolvernos al pasado.

Y en esa lucha, las mujeres socialistas no solo estamos presentes: lideramos. En la Comunitat Valenciana contamos con referentes valientes que representan una forma distinta de hacer política, basada en el rigor, la cercanía y la defensa firme de los derechos. Mujeres como Diana Morant, Pilar Bernabé o tantas alcaldesas, concejalas y militantes anónimas que sostienen cada día el proyecto socialista. Ellas encarnan la esperanza de una política que no se resigna, que no se arrodilla ante el ruido y que demuestra que en el PSOE las mujeres no son cuota ni decorado: toman decisiones, marcan agenda y abren camino a las que vendrán.

Hasta aquí había escrito estas reflexiones hace dos semanas. No pude terminar el artículo porque, al salir de esa misma jornada, vivimos en primera persona aquello de lo que habíamos hablado en teoría. Acompañábamos a Sarah Santaolalla, cuando un conocido agitador profesional obsesionado con ella, convertido en instrumento útil de la ultraderecha para generar confrontación, la esperaba como una hiena espera a su presa para luego atacar en grupo. Este personaje vive de provocar situaciones de violencia verbal —y a veces física— para luego manipularlas y difundirlas en redes como si fueran pruebas de una supuesta conspiración.

Ese día no solo atacó a Sara. Nos atacó a todas. Varias compañeras y algún compañero nos interpusimos para protegerla. Yo puse mi cuerpo, y lo pondría una y mil veces más, porque lo que ella representa merece ser defendido: democracia, libertad, feminismo e igualdad. Frente a la falsa modernidad que encubre el fascismo, la xenofobia y el machismo, no vamos a retroceder.

Me niego a normalizar la violencia. Ni la verbal ni la física. Porque cuando alguien empuja, insulta o intimida, siempre hay quien trivializa: “no exageres”, “no ha sido para tanto”. Pero ¿dónde está el límite? ¿Cuándo y cómo se supone que debemos reaccionar? Mientras el provocador editaba su vídeo para alimentar el odio, algunas personas estaban siendo atendidas en urgencias. Para quien vive de generar conflictos, esto es rutina. Para quienes creemos en la convivencia, es inadmisible.

Ser feminista es también decir no a la guerra. No a la violencia en todas sus formas. No a los recortes de derechos laborales que vemos en otros lugares del mundo. No a las muertes que siguen sacudiendo países en conflicto. La igualdad y la paz forman parte de la misma aspiración humanista.

Basta de excusas. Basta de violencia. Y no, no todos somos iguales. Estoy orgullosa de mis orígenes en un barrio humilde, de una familia de trabajadores manchegos que emigraron buscando una vida mejor para sus hijas. Me enseñaron respeto, empatía y amor. Y esos mismos son los valores son los valores que sostienen el feminismo y la socialdemocracia.

La historia nos demuestra que los avances en derechos nunca han sido regalados. Han sido fruto de la lucha colectiva y de la acción política valiente. Hoy, más que nunca, debemos defenderlos. Porque la igualdad real aún está por conquistar. Y porque, frente al ruido y al odio, la respuesta sigue siendo la misma: más democracia, más feminismo y más justicia social.

Si las mujeres hemos llegado hasta aquí ha sido porque muchas no se resignaron antes. Y no nos resignaremos ahora.

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