La lectura de los datos de voto de la primera vuelta de las elecciones —excelentemente descritos en este mismo medio por Jesús Lorda y Lucía Insa— podría sugerir que Juan Luis Gandía parte con ventaja para convertirse en el próximo rector de la Universitat de València. La lectura politológica, sin embargo, requiere algún matiz adicional: la elección sigue muy abierta si se observa la combinación de sistema electoral, niveles desiguales de participación, asignación de preferencias y redistribución imperfecta del voto huérfano.
La literatura sugiere que en las segundas vueltas suele imponerse el candidato que quedó primero (Gandía). Sin embargo, también apunta a que, en organizaciones jerárquicas como las universidades, tienen ventaja las candidaturas percibidas como más estables o integradas en el sistema institucional (Ángeles Solanes).
En estos comicios en la UV, sin embargo, continuidad, estabilidad y cambio no coinciden de forma perfectamente lineal en las dos candidaturas finalistas: Gandía, que representaría el cambio, traslada un discurso de gobernabilidad y “rigor en la gestión”, es el que llega como más votado a la segunda vuelta (primera anomalía). Y Solanes, que podría representar la continuidad en tanto en cuanto estaba en el equipo de Mestre, enarbola un discurso de “transformación responsable” (por tanto, de cambio) y llega como segunda (segunda anomalía).
Esto supone una inversión interesante de la lógica de ventaja de continuidad institucional que, en la historia reciente de la UV, parecía favorecer a los candidatos vinculados al equipo rectoral saliente. En este caso ocurre lo contrario. Aunque tampoco conviene olvidar el precedente reciente de la Universitat Politècnica de València, donde José Capilla remontó en segunda vuelta. No le vendría mal al equipo de Solanes observar qué claves permitieron esa remontada.
Esta segunda vuelta es, por tanto, más real de lo que parece. En primer lugar, porque no se debe olvidar que los que votaron a Gandía y a Solanes deben volver a hacerlo. Y una vez lo hagan, se activará otro escenario: el de las agregaciones de segunda vuelta. Una segunda vuelta en general, y universitaria en particular, no se hereda: se reconstruye.
Conviene no perder de vista tampoco que, en términos de voto ponderado, Gandía aventaja a Solanes en 3,76 puntos. Pero si se observa el resultado bruto, sin los efectos de la ponderación, la distancia entre ambos fue mínima. Esto obliga a recordar algo elemental en ciencia política: el factor más decisivo de cualquier sistema electoral sigue siendo, antes que la regla, el comportamiento de los votantes (su voto).
La primera clave es institucional
La literatura comparada sobre segundas vueltas nos dice también que, en elecciones generales, el comportamiento del electorado huérfano —los votantes de candidaturas eliminadas— suele depender sobre todo de la proximidad ideológica y de la articulación partidista. Pero esa regla no se traslada fácilmente a una elección universitaria.
En unos comicios universitarios, pese a tener similitudes con una elección presidencialista, parecen pesar más las redes académicas, las culturas de facultad, las relaciones personales y la percepción de gobernabilidad dentro de la institución, amén de un factor determinante en elecciones con baja información relativa: la cognoscibilidad de los candidatos, que suele jugar a favor entre los votantes más desinformados e indecisos. Entre estos votantes, quizás Gandía salga reforzado de la primera vuelta al haber dado la sorpresa inicial. Ahora es más conocido que antes entre los menos informados. Y lo es, además, por algo muy importante: por haber ganado el primer asalto.
La segunda clave es el comportamiento del voto huérfano
Este escenario convierte la neutralidad explícita de Carles Padilla, y la implícita de Ródenas, en un contexto políticamente relevante. De hecho, neutralidad explícita o implícita no significa que el electorado de estos dos candidatos desaparezca. Significa algo más complejo: desaparece la posibilidad de una transferencia disciplinada. Pero siguen siendo relevantes.
Este posicionamiento (o la ausencia del mismo en el caso de Ródenas) introduce una incertidumbre evidente en el resultado por falta, por un lado, de literatura específica sobre el efecto de neutralidad explícita de candidaturas eliminadas en contextos universitarios y, por otro, por ausencia de claves públicas que permitan ordenar mínimamente a sus electorados. Ahora la rumorología podría jugar un gran partido.
La gran pregunta ahora ya no es solo hacia quién se inclinarán esos votantes, sino cuántos de ellos volverán a votar en segunda vuelta. En sistemas de doble vuelta, el principal contrapeso de la neutralidad de otros candidatos no siempre está en la persuasión, sino en la movilización. Sin movilización de estos electores, la ventaja inicial de Gandía será difícil de revertir. Y, si una parte significativa de ese voto se moviliza hacia él, su posición quedará aún más reforzada.
La literatura politológica ha descrito bien algunos de los comportamientos que pueden darse en este punto: desde el llamado voto negativo —movilizado más por evitar a un candidato que por apoyar a otro— hasta el voto estratégico de segunda vuelta, donde el elector reordena sus preferencias ante un escenario reducido.
En este contexto, lo razonable es asumir que el voto eliminado no se moverá únicamente por eje ideológico. Se moverá también por percepción de proyecto, por lógica anti-rival, por redes académicas y por la evaluación que hagan los votantes sobre quién parece más capaz de gobernar una institución compleja. Podría existir también un voto negativo hacia la gestión del equipo rectoral saliente que, para bien o para mal, parte del electorado podría asociar con la candidatura de Solanes. Pero esto es solo una hipótesis.
La tercera clave es territorial
La Universitat de València no es electoralmente homogénea. Funciona más bien como un conjunto de comunidades académicas con culturas políticas distintas con bastiones que quedan señalados tras la primera vuelta. Pero las segundas vueltas rara vez se deciden en los bastiones. En análisis electorales comparados es habitual observar que los resultados finales se resuelven en territorios competitivos o de equilibrio relativo —lo que podríamos llamar facultades bisagra, por analogía con los conocidos swing states en elecciones presidenciales—, donde pequeños desplazamientos del voto pueden alterar el resultado agregado.
A la vista de los datos disponibles, entre las facultades que hoy aparecen como más sensibles a la recomposición electoral aparecen con especial interés Matemáticas, Física, la Escuela Técnica Superior de Ingeniería, Psicología y Ciencias Sociales. Estas facultades no decidirán la elección por sí solas, pero sí pueden indicar hacia dónde se mueve la recomposición electoral y, por tanto, algunas claves de la victoria.
Si Gandía quiere convertir su ventaja estructural en mayoría, necesitará blindar sus espacios fuertes y ampliar su legitimidad en aquellas facultades donde el equilibrio sigue siendo inestable. Si Solanes quiere remontar, necesitará ordenar parte del voto huérfano y penetrar, aunque sea parcialmente, en sectores del PDI donde hoy parte con desventaja.
Quien logre tender esos puentes en las facultades bisagra tendrá muchas más probabilidades de dirigir la Universitat de València en los próximos años.
En política universitaria, como en cualquier otra, la segunda vuelta no premia solo a quien llega primero, sino a quien entiende mejor qué mayoría necesita construir.
Fernando Ntutumu es profesor de Ciencia Política y de la Administración Pública en la Universitat de València