Como voy a hablar del proyecto de parque central que se presentó el pasado lunes en Alicante, primero les tengo que advertir de algo. Nací en San Blas, en la calle Bono Guarner, fronteriza con las vías férreas. Mi padre aún vive allí. Es decir, que soy parte interesada. Estas cosas conviene indicarlas, porque luego pasa el tiempo, te ocupas en rellenar todos los párrafos y al final se te olvidan. Como se olvida incluir un paquete de estropajos en la lista de la compra, un buen par de calcetines en la maleta por si llueve o una comisión de servicio de tu mujer que aflora justo cuando alcanzas un cargo de relevancia. Son olvidos fáciles de explicar, pero casi imposibles de justificar, la verdad. A lo que íbamos. Que el parque central que han pactado Gobierno, Generalitat y Ayuntamiento me afecta personalmente. Que ya me dejé la objetividad en una pieza para mi nave nodriza. Y que ahora me toca arremeter con toda la subjetividad. Resumo: no lo veo claro.
Del acto que protagonizaron el ministro Óscar Puente, el alcalde Luis Barcala y el president Juanfran Pérez Llorca en el Salón Azul del Ayuntamiento les dejo primero una anécdota. Un conocido empresario se hizo hueco entre quienes le precedían a codazos, para poder sentarse en fila relevante y que se le viera bien en las fotos de prensa. Literal. No les voy a decir quién es, pero presumo que le interesan los usos turísticos de alguna parcela. Vayamos al grano. Me llamó muchísimo la atención que los tres espadas del festejo se empeñaran en remarcar que habían logrado llegar a un entendimiento. Que habían soslayado sus diferencias partidistas para alcanzar un acuerdo. Es cierto que la política actual se parece mucho al patio de mi colegio, con gente intercambiando cromos, otros robando bocadillos, cuatro chivatos y dos chavales escondiéndose en lugares apartados para enseñarse fotos prohibidas. Pero negociar, consensuar y conseguir beneficios para todos los ciudadanos es su trabajo. Son así, les gusta celebrar lo evidente. También me sorprendió que Puente advirtiera que nada de lo que íbamos a ver era definitivo, solo imágenes en 3D. “Primero, hay que firmarlo”, certificó. También les gusta anunciar con señales apaches y reunirse para convocar una reunión. Como al Frente Popular de Judea.
De lo conseguido, ningún plazo, poco más que un presupuesto y varias constataciones. El futuro pulmón verde de Alicante, sintagma que da un poquito de grima, por cierto, costará 420 millones de euros, ocupará 200.000 metros cuadrados, respetará la estación de tren histórica y el Puente Rojo y estará circundado de ladrillos. Muchos. Viviendas, hoteles, centros comerciales y oficinas. De centros sociales, dotación cultural y otros usos para el conjunto de la sociedad no habló nadie. Las vías, territorio de mi infancia, no se soterrarán, sino que se cubrirán con una cascada de terrazas a las que, con suerte, llegará algún tronco leñoso y mucho matorral bajo. Las asociaciones vecinales tienen la mosca detrás de la oreja; mi padre augura que no lo verán mis nietos. Y un amigo arquitecto, a quien no puedo mencionar porque no le he pedido permiso, vaticina que el tráfico peatonal entre San Blas y Benalúa, cuesta abajo, será mucho mayor que en sentido contrario, cuesta arriba: “Un espacio público en el que tienes que subir a la altura cubierta de la estación actual… El paseo de la Volvo no lo sube nadie y son diez peldaños, así que ya me dirás”. Pues eso, ya nos dirán.
@Faroimpostor