En cuanto Pepe sale de las casas de los pescadores, en el Perellonet, y el aire apenas le ha rozado la cara, suelta: “Hoy sopla de poniente y como pare el viento va a calfar de valent”. Aquello es su territorio y se lo conoce como la palma de su mano. Merodea por allí desde niño. “Yo iba por aquí desnudito, cuando no había ni un apartamento y eran todo montañas enormes de arena. Te subías y caías rodando desde allá arriba”. Sus palabras desprenden una añoranza comedida. Le gustaba más aquel Perellonet de su infancia, salvaje y auténtico, pero no se fustiga por ello. Pepe carga al hombro con un saco de tela. Dentro lleva un par de redes, de ralls, que ha hecho él mismo, como lleva haciendo toda su vida. Es un aparejo que también es del terreno, que se utiliza para ‘rallar’, para pescar la llisa (el mújol) y el llobarro (la lubina) desde hace décadas. Un arte en retroceso.
Esto no pretende ser un tratado sobre la pesca al rall. Esta es la historia de Pepe Lorente, un hombre de 81 años que ha vivido de la pesca, del cultivo del arroz y de cualquier trabajo que le proporcionase unas monedas. Su vida siempre fue austera y recuerda entre risas que al principio vivían en una modesta barraca en mitad de la playa y que bajo ese techo de paja comían y dormían sus padres, sus siete hermanos, él, tres bueyes y una jaca. Apretados, pero felices. O que su madre iba al horno y le debía todo a la Tía Ramona porque no tenía para pagar el pan.