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Rausell, crónica desde la resistencia

Hacer fácil lo difícil, ser fiel a sí mismos y saber escuchar. Saberse pequeños y tratar de mejorar (cada día) el mundo con una sonrisa. Se llama Rausell.

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¿Por dónde empezamos a reconstruir València? ¿Qué hacemos con esta ciudad herida, taciturna y luminosa; tan capaz de todo y tan entregada a la nada? Yo lo tengo claro: por Rausell. Por su belleza, memoria, musicalidad, calidez y por cada sonrisa tras esa barra desde donde es tan fácil creer. Esta es la Valencia que quiero. Esta es.

Dice un buen amigo que los buenos restaurantes dan de comer, pero solo los grandes restaurantes dan esperanza. Rausell lo es. Y lo es (también) porque tras cada tarde en este faro a la memoria en el barrio de Arrancapins el mundo parece mejor construido. Más bonito. Y es que yo aprendí a amar la gastronomía en casas como Rausell; aprendí a amar la liturgia del servicio, a oler la trufa (a respirar la comida), pasar la yema de los dedos sobre la cubertería y respetar la musicalidad —la vida, que sucede— entre las mesas. Aprendí a venerar la sobremesa como el acto supremo de amistad y encuentro y a no separar nunca más gastronomía y vida.

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