Adela, la mujer que cierra su histórica mercería de Ciudad Jardín pero deja listo el relevo

València

EL CALLEJERO
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VALÈNCIA. La tienda de Adela Hernández huele a productos de limpieza. ¿Y a qué huelen los productos de limpieza? Pues pretenden oler como un bosque, a limón o a flores silvestres, pero simplemente huelen a limpio. Aún así, lo mejor de esta pequeña droguería, modesta, sin grandes alardes, no es el aroma, ni la ubicación, ni la decoración: lo mejor es el trato. Adela habla a todos sus clientes con mucho cariño y en cuanto pasan unos cuantos frente a la caja registradora, es fácil apreciar que el amor es recíproco. Pero esta mujer tiene ya 67 años y quiere jubilarse. Lo hará en cuanto pasen sus vacaciones y este verano infernal.

Ella nació en València de carambola. Sus padres son del Valle de Cofrentes. Su madre, Enriqueta, de Jalance, y él, Enrique, apicultor y agricultor, de Jarafuel. “Ella era la típica mujerona que se ocupaba de las tareas difíciles del hogar. Porque allí, en aquella época, se criaban dos cerdos al año. Y además de todo eso tenía que criar a sus cuatro hijos, que nacieron en solo cinco años”. Cuando Adela cumplió los cinco años, la familia se mudó a València pese al dolor en el alma de su padre, que era un apasionado de la apicultura y tuvo que readaptarse como encargado del mantenimiento de una empresa de confección.

  • Adela Hernández. -

Los Hernández no vivían en la abundancia y Adela se puso a trabajar a los 14 años. A aquella adolescente le costaba mucho estudiar y prefirió irse al mundo laboral. Su primer empleo fue en la misma empresa que su padre, donde pasó siete años. “Era un trabajo que no me gustaba nada. Un trabajo en cadena muy duro y muy desagradable. Y encima nos tenían muy controlados, no podías ni hablar o ir al baño más de una vez”.

Una mujer entra en la tienda. Adela la llama cariño y la clienta también a ella. Luego se interesa por las vacaciones de la dueña de la droguería y esta le cuenta que irá de aquí para allá. Se despiden afectuosamente y antes de salir por la puerta, Adela da un último adiós. “Ciao, ciao, cariño”.

  • Adela Hernández. -

A los 21 años, en la flor de la vida, se hartó y dejó su empleo en la empresa textil. Ese año, en 1980, abrió su tienda, a mitad camino entre una droguería y una mercería, en Ciudad Jardín. La tienda de Adela, le puso. Sin complicaciones. El negocio que se ha mantenido en pie, un faro dentro del barrio, siempre repartiendo dulzura, durante 46 años. Al principio se centró en droguería y pintura. Adela lo repartía todo bien por la planta baja para que no pareciera que estaba muy vacía. Nada que ver con lo de ahora. Allí uno tiene al alcance de la mano bragas, calcetines de hilo de Escocia, carretes con hilos Gütermann, cintas de colores que bailan bajo el ventilador, una burra con pijamas y vestidos ligeros, cremalleras, botones…

Clientes que son amigos

El barrio tampoco tenía nada que ver con este conjunto de calles bullicioso que es ahora. “Entonces no había nada prácticamente. Aquí estaba la Isla Perdida, que es un núcleo de viviendas que hay junto a Blasco Ibáñez, y poco más. La avenida Blasco Ibáñez, ojo, aún no estaba hecha. Aún me acuerdo de un año que llovió muchísimo y se formó un charco tan grande que la gente no podía cruzar. Había mucha huerta todavía. Y aquí mismo no había gran cosa. Recuerdo una especie de hamburguesería que se llamaba El Calcetín donde se reunían los moteros”.

Ahí fue mucho más feliz que en la empresa de confección. Desde el primer día. A Adela se le da bien relacionarse con las personas y eso, en un trabajo de cara al público, es fundamental. Y más si eso va a durar 46 años seguidos. Durante muchos ellos vivió junto a la clínica de La Salud, pero después se mudó a la huerta. Aunque Adela no es de esas personas que recuerda cada momento y su fecha. A ella le cuesta colocar cada acontecimiento en el tiempo. Sí sabe que ya podría haberse jubilado y que no lo ha hecho hasta ahora porque estaba “muy a gusto”.

  • Adela Hernández. -

Los tiempos han ido cambiando y ahora muchas tardes no abre. La clientela ya conoce sus tiempos y ella considera que tiene aquí, en Ciudad Jardín, a su familia “elegida”. Muchos de sus clientes se han convertido en amigos. “Yo me nutro mucho aquí. Yo en la tienda me siento cuidada, mimada, reconocida…”.

Pero Adela entiende que ha llegado el momento de pasar esta página y buscar la felicidad en otra parte. “Quiero buscar algo diferente y aún no sé qué haré exactamente. Sí sé que como nunca he estado muy puesta en los asuntos tecnológicos, y eso hace que me sienta muy ignorante, pues ha llegado el momento de ponerme al día para no acabar siendo una persona tecnológicamente dependiente”. También tiene claro que quiere hacer algún tipo de voluntariado. “Porque eso sí se me da bien”, apunta. 

Un éxito de Autèntik

Aunque ve difícil que todo lo que llegue pueda hacer olvidar sus 46 años de tendera en Ciudad Jardín. “Me da muchísima pena dejarlo”, admite. No ayuda que la inmensa mayoría de los que entran en su negocio sean ya conocidos. “A casi todos los conozco por su nombre, pero también te va enviando gente los dueños de otros negocios. Nos vamos mandando clientes. Hay un compañerismo muy chulo. Ya quedan muy pocas tiendas de este perfil”.

  • Adela Hernández. -

Su idea era vender o alquilar su planta baja y cerrar la carpeta de su droguería. Pero entonces se cruzó en su camino Autèntik, una organización liderada por Quim Morera que pretende poner en valor lo nuestro, los comercios locales y, además, hacer un esfuerzo para que los que vayan a cerrar encuentren antes un sucesor. Alguien les avisó de que La Tienda de Adela iba a cerrar y se pusieron en marcha para encontrar, y lo han logrado, una persona que mantenga el negocio. Alguien que, probablemente, no tendrá la dulzura y la sonrisa de Adela, pero mantendrá en pie una mercería de barrio con un dueño que acabará aprendiéndose el nombre de sus clientes y que, indirectamente, evitará que ese pequeño reducto con un suelo de diferentes materiales acabe convertido en otro apartamento turístico como el que hay al lado. “A mí ya me han propuesto comprármelo, pero este barco es mío y yo decido qué hacer con él. Tengo muy claro que no voy a permitir que se convierta en un apartamento turístico. Encontrar a varias personas dispuestas a coger el testigo y que sea yo quien decida a quién dárselo, me hace muy feliz. Para que luego digan de los jóvenes…”.

  • Adela Hernández. -

El nuevo propietario mantendrá el perfil de la tienda, pero luego le dará su toque. De él, o de ella, que aún no se ha desvelado la incógnita, dependerá si quiere seguir, como Adela, sin aceptar el pago con tarjeta de crédito ni con Bizum. “Yo estaré para ayudarle en lo que necesite, pero es importante que le dé su personalidad”. Su hijo, de 34 años, ni se lo ha planteado. Él se dedica a otra cosa y ya tiene claro su camino.

Ella dejará atrás su vida en la tienda y empezará con sus nuevos quehaceres. También seguirá con su pequeña huerta, con el conocimiento que heredó de su padre, cultivando lo que le gusta. Pero también le dio satisfacción plantar un árbol o dedicar una zona del terreno a las flores. Adela ya ha deshojado la margarita de su vida. Es tiempo de cambios y de dejar atrás, o casi, el barrio de Ciudad Jardín.

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