València

EL CALLEJERO

Goya, una vida de lucha por Orriols

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  • Goya Meca.
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Sobre la mesa de centro del salón de Goya Meca, en Orriols, con unas vistas magníficas desde un piso 11, la Calderona por una ventanal y el Miguelete por otra, reposa un ejemplar del libro titulado ‘Cómo hacer que te pasen cosas buenas’ (Espasa), de Marian Rojas Estapé. Porque Goya, que está a punto de cumplir 85 años, nunca ha sido de esperar sentada. Ella ha sido una activista desde los tiempos del franquismo y, desde el primer día que piso su barrio, arrimó el hombro para mejorarlo y dotarlo de los servicios que necesita cualquier barrio: un centro de salud, un colegio público, seguridad…

Goya llegó a València como tantos otros españoles que migraron desde los molinos quijotescos de La Mancha hasta las cálidas playas del mal llamado Levante. Aquí se forjaron una nueva vida y muchos la comenzaron en barrios obreros como el de Orriols. Una zona en la periferia de València que durante algunos años, ya en la época reciente, estuvo marcada por la inseguridad y la delincuencia. Organizaciones como ‘Orriols en lucha’ pelearon por acabar por aquel ambiente, más propio del hampa, y ahora mismo la tranquilidad reina en aquellas calles. 

Esta mujer es feliz en Orriols y, ya en 2026, hace una radiografía de la barriada. “Ya no hay todas aquellas trifulcas que sufríamos, pero el Ayuntamiento sigue sin hacer algunas intervenciones que hay pendientes y seguimos con algunas carencias importantes”. Ahora es su barrio, como de niña su tierra fue Campo de Criptana, en Ciudad Real, donde se crio a la sombra de sus abuelos, Juan Manuel y Natividad, porque su madre, se pasaba el día trabajando en el campo después de que el padre de Goya les dejara a su suerte. “Mi padre nos abandonó y luego me reconoció en el testamento cuando se murió. Mi madre trabajaba en el campo con mi abuelo, que era labrador. Tengo un recuerdo maravilloso de él, de mi abuelo Juan Manuel, porque él y mi abuela, me lo dieron todo y me dejaron libre. Cuando me vine a València con mi novio no me pusieron pegas. Era una familia abierta y tengo un recuerdo maravilloso”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Esta migrante nunca olvidó su pasado y cuando Orriols se llenó de vecinos venidos de otras tierras y otras culturas, los miró y los recibió como a iguales. “Yo ya había migrado de joven. Eso fue después de aprender un oficio, con la máquina de tricotar, que le permitió ganarse la vida cuando llegó muy joven al piso de unos amigos de su suegra en el centro del Carmen. Allí vivieron su marido y ella dos años. Hasta que un compañero de Gregorio les ofreció una casita muy modesta en Orriols y se la quedaron en 1964. 

La vivienda era pequeña y tenía lo justo. Había un váter pero no un baño. Goya tenía 23 años y toda la energía y la ilusión del mundo, así que daba igual las comodidades de aquel hogar que ahora recuerda con cariño. “Cuando llegamos al barrio, cambiaba mucho de la parte de dentro, donde vivían los gitanos y las casas no estaban en condiciones, a la de fuera. Aunque ahora me da más miedo entrar que en el 64. Aunque ha mejorado mucho en materia de seguridad. Yo aquí estoy súper a gusto”.

Cortaron la carretera de Barcelona

En aquella época empezaron los movimientos vecinales para reclamar todo lo que le faltaba a aquel barrio que hasta 1882 había sido independiente de València. La gente había dejado el campo para instalarse en las ciudades en busca de la comodidad y la modernidad. Por eso se construyeron las casas Barona, unas construcciones muy rudimentarias en unas calles sin alcantarillado ni asfaltado. Esa población obrera, con una economía muy justa, necesitaba una educación pública que no había en Orriols. Así que esa fue la primera reivindicación.

  • Foto: KIKE TABERNER

Entonces se crearon las ‘escoletas’. El Ayuntamiento pagaba una parte y los padres aportaban el resto de sus bolsillos. Orriols iba cogiendo carácter. “Aquí no tardamos en descubrir que si no era luchando no íbamos a conseguir nada. La primera manifestación que hicimos fue porque no había semáforos”, rememora Goya en relación a la protesta que protagonizaron en 1975 después de un accidente en el que murió una niña atropellada. “Entonces salimos y cortamos la carretera. Aún recuerdo que mi amiga Inma, antes de eso, me dijo que las cosas había que pensarlas antes de hacerlas. Yo le dije que no, que primero había que sentirlas. Luego ella me dio la razón. Nos lanzamos la gente del barrio para reclamar que pusieran semáforos. Tampoco había escuelas y conseguimos que hicieran una en San Miguel de los Reyes. Allí estudiaron mis dos hijos”.

Uno de ellos, el mayor, murió de un cáncer a los 47 años. Un palo. El pequeño dejó el barrio y cruzó la ronda para instalarse con su familia en Alboraya. Goya recuerda la muerte de su hijo y de su marido con un mohín de tristeza. La mujer va bien abrigada y ha encendido la estufa de butano para que caldee la estancia con paredes forradas de gotelé. La vida confortable que se ha ganado a pulso una luchadora de 84 años. “Insistimos mucho en que afianzaran lo de las ‘escoletas’ antes de que llegara la Rita (Barberá, alcaldesa de València entre 1991 y 2015) porque sabíamos que se lo querría cargar”. Pero eso fue más adelante. Primero se produjo la esperada llegada de la democracia a España tras la muerte del dictador en 1975. Décadas de partirse el pecho en la calle para pedir un mínimo de decencia para Orriols. "El mayor recuerdo que tengo del final del franquismo fue que al fin podíamos ir al Ayuntamiento y plantearles las necesidades que había. Eso antes era impensable. Y fuimos viendo que íbamos consiguiendo lo que habíamos pedido desde siempre”. Una vez, incluso, llegaron a dormir dentro del Ayuntamiento de València en señal de protesta por la falta de escuelas públicas. “También recuerdo que al fin pudimos salir a la calle y el primer carnaval que celebramos nos vestimos con unas túnicas negras en la que cada uno llevaba una letra del lema ‘OTAN no’. Fueron momentos muy satisfactorios; ahora vemos que como democracia estamos en retroceso…”.

Escondió a un activista

Otra gran lucha fue por el centro de salud. No había ninguno en el barrio y los vecinos tenían que irse hasta la calle Sagunto para que les atendiera el médico. Por eso, los activistas se echaron otra vez a la calle. Iban casa por casa para que la gente firmara la petición. O la cooperativa de consumo, que se constituyó para dar un servicio más barato a los vecinos en una época en la que tampoco abundaban los supermercados. “La cooperativa de consumo, en Padre Viñas, se creo en los 60 porque no había mucha oferta y porque necesitamos abaratar los productos que se vendían. Me propusieron para trabajar en la cooperativa. Allí vendíamos de todo menos fruta. La verdad es que funcionó. Ahí empezaron ya las protestas”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Muchos activistas dieron la cara en el barrio en aquella época. Cada uno a su manera. Goya recuerda la existencia de una librería que vendía novelas y ensayos que el franquismo no permitía. El régimen fue detrás de aquel librero y Goya, al verlo tan angustiado, acorralado, decidió esconderlo en su casa. Lo cuenta ahora, décadas después, y aún lo hace con cierto reparo. “Luego lo pensaba y fui muy atrevida porque iban detrás de él y mis hijos eran pequeños. Era una librería demasiado progresista y querían cerrarla”.

A Goya, de 84 años, se le ilumina la cara recordando a toda aquella gente “tan cañera”. Esta activista nacida en Campo de Criptana recuerda aquellos años con orgullo. “Cada conquista supuso una gran satisfacción, pero costó mucho. Ahora menos mal que tenemos a Mari Carmen”, dice en alusión a la mujer que lidera actualmente la lucha por las conquistas que aún están pendientes desde aquellos tiempos. “A mí me encanta mi barrio. Lo que más me gusta es que hay gente muy buena, gente trabajadora. Hemos luchado mucho para que fuera un barrio en condiciones. No me iría nunca de aquí”.

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