VALÈNCIA. El Saler, el pueblo, es un lugar peculiar. Si uno, por casualidad, cae por allí a mitad mañana de un día laborable, acabará replanteándose qué está haciendo con su vida. A las diez y media pasan por allí los ciclistas que paran a almorzar en Ca Pepe, extranjeros despistados, algún jubilado con el perrete y caminantes vestidos de licra. La pregunta es inevitable: ¿Nadie trabaja? Pues sí, algunos sí. Como Jaime Ferrer, el hombre que lleva el kiosco que resiste en el cruce, entre el colegio, Ca Pepe y la Bounty. Allí aguanta, contra viento, marea e incendios intempestivos, el único kiosco que queda ya hasta Luis Oliag, en València ciudad.
Este negocio poco tiene que ver ya con el que regentaba su madre, María. Los periódicos no se ven, aunque están, y ahora lo que mandan son las chuches, las revistas con la cara de Leonor en la portada, una extensa colección de coches en miniatura de Hot Wheels, cupones, fascículos, pasatiempos y hasta una cafetera que casi casi que es la base del kiosco para Jaime ahora mismo. La clientela es un goteo constante que se acerca y pide un café con leche. Muy pocos se van de allí con el periódico doblado.
En una esquina de la caseta verde llama la atención un espejo como el que hay a la salida de los garajes. “Es para que la gente no me robe los regalitos que traen las revistas, que hay gente muy cutre”, explica Jaime, que esta mañana está acompañado por su tío, que no abre la boca, y por una perrita, Mila, de Milagritos, que tampoco dice ni mu porque duerme plácidamente al sol.

- Foto: KIKE TABERNER
Jaime tiene 53 años y unas patillas largas. Hace 40 que empezó a trabajar allí con su madre y su tía. Era otro kiosco, claro, más antiguo, pero orientado a la carretera, y se vendía más, mucho más. La familia vivía en El Saler, en el pueblo, y muchas mañanas Jaime, cuando todavía era un adolescente, cogía la bicicleta y se iba hacia Gavines, donde están las torres de apartamentos, a repartir la prensa. Ahora su horario lo marca el colegio que tiene justo delante. “Cuando cierra el colegio, me voy a mi casa. Yo me levanto cada día a las cuatro o cuatro y media, recojo la prensa, hago el reparto y a las seis o seis y media abro”. Luego, a las dos, se va a comer a casa. Cada día se da el lujo de recoger a sus hijos, que salen del colegio, y con eso ya se siente afortunado. Jaime tuvo dos hijos que ya son mayores con otra mujer y con estos dos, que son pequeños, de siete años, quiere aprovechar el tiempo y estar a su lado lo máximo posible.
Factura menos que su madre
Por eso sigue, no porque el kiosco sea un negocio especialmente rentable. Lo fue, pero ya no. “Ahora mismo los kioscos de acera somos mobiliario urbano”, critica antes de exponer la realidad del sector. “Al final de la historia, la prensa muere, las revistas mueren, y nosotros, pues lo mismo… Yo tengo la gran suerte de que tengo al lado un instituto y un colegio, pero en verano, me muero del asco. La suerte es que mi mujer curra y por eso tengo calidad de vida y puedo gestionar la crianza de mis hijos”.
Los pequeños, Hugo y Sofía, pasan muchos ratos con él en el kiosco, como le ocurría a Jaime con su madre. “Nos tiramos todo el verano jugando al pilla pilla…”. Luego, en septiembre, el negocio remonta. El colegio y el instituto vuelven a abrir, se va el calor y la gente vuelve a aparecer por las mañanas en El Saler como si nadie tuviera que trabajar. “Ls diferencia es abismal. Yo he vendido más cafés y más coca-colas en una semana que en todo el verano”, señala Jaime, que en verano tira con un pequeño ventilador y en invierno, con una pequeña estufa. “Aquí es raro que haga mucho frío, así que te cierras y ya está”.

- Foto: KIKE TABERNER
Jaime cuenta que el kiosco, para él, es como el comedor de su casa. “El día que me enfado con mi mujer, alargo el horario y a volar”, cuenta entre risas. “Lo que sí he aprendido es que si estás más tiempo abierto, vendes más, pero que para lo que vendes no conviene alargar mucho”. El kiosquero parece feliz con su vida, pero tiene claro que este negocio es una sombra de lo que era. “Si mi madre facturaba 100, yo ahora facturo 20. La diferencia es brutal. Antes de aquí vivían dos familias. Se vendían muchos periódicos. Un domingo podías vender mil ejemplares de ‘Las Provincias’. ¡Mil! Yo venía de niño al kiosco y mi madre me daba una pesetas por cada periódico que encartaba. Ahora hay días que te llegan los periódicos a las doce y cuarto de la mañana. Ya me contarás. Cuando yo, con 14 años, cogía la bicicleta y a primera hora, atravesando la Devesa por un camino, me iba con mi hermano, Patricio, a repartir los periódicos por Gavines”.
Jaime acabó el instituto y se puso a estudiar ingeniería industrial. “Terminé la carrera y me puse a trabajar. Pasé por mil sitios, pero entonces ocurrió una desgracia y mi hermano, Patricio, que era camionero, murió en un accidente. Se estrelló y se mató. Tenía 30 añitos. Mi padres, como es lógico, acusaron el golpe y yo, que estaba trabajando en el Sidi Saler, me pedí una excedencia, me vine aquí con ellos y ya me quedé para siempre”.
“Nos tratan como mobiliario urbano”
Un joven se acerca y compra un paquete de Doritos. Luego viene una mujer, pide un café con leche y le paga el de hoy y el de ayer, que no llevaba dinero. Una señora compra una revista, abre el monedero y le paga con un montón de monedas de céntimos. Un jubilado pide el ‘ABC’ y se lo lleva debajo del brazo mientras el perro tira de él hacia la playa. La mujer de Jaime aparece a mitad mañana y en una mesa de picnic se pone a hacer unos bocadillos con fiambre. El olor parece despertar a Mila, una perra que ya tiene 16 años y menea el rabo al ver a la familia. El kiosco está rodeado de pinos y a lado tiene una palmera muy alta.
El Ayuntamiento le ha dado una última concesión de 10 años. Jaime ha hecho cálculos y cree que a los 60 se podrá jubilar. “Aún me dará tiempo a cuidar de mis pequeños y vivir algo la vida”. El kiosco de su madre media 3x4 metros. “Era enorme y encima estaba enfocado hacia la carretera, que te daba una visibilidad brutal, no como ahora, que nos han puesto de espaldas. Estos kioscos puestos así están muy bonitos, pero el que los hizo no ha trabajado en un kiosco en su vida… Los anuncios que hay por fuera, durante 20 años los cobró el Ayuntamiento y quizá por eso están montados así, para que lo que se vea sea la propaganda. Ahora la estoy cobrando yo. No es mucho dinero, pero algo es algo. Pero tengo claro que para el Ayuntamiento no somos un kiosco, somos mobiliario urbano. Nos tratan igual que a una parada de autobús”.

- Foto: KIKE TABERNER
El primer kiosco que tuvo la familia en El Saler hace décadas era de 1x1 metro. “Era muy chiquitito, como los de la ONCE. No tenía ni luz ni agua. Y en invierno, de eso hace 40 años, cogíamos leña de la pinada y hacíamos una hoguera en un cubo para calentarnos. Luego mi madre habló con el Ayuntamiento y le dejaron hacer uno de 1x3 metros. Y, finalmente, el de 3x4 metros, que era enorme. Este es de 3x2”.
Aunque, más que el tamaño, lo que le molesta a Jaime es la orientación del tinglado. “Si estás de cara a la carretera, te ven por narices. Así no saben si estás abierto o cerrado. Es más, a día de hoy, no saben ni lo que eres. Si ahora los padres pasan y les cuentan a los niños que estos es un kiosco. No saben lo que es”. Jaime, un hombre crítico, también cree que el entorno ha ido empeorando. El día del incendio de la Devesa, el kiosquero había cerrado a las dos. “Se les fue de las manos. Nos desalojaron y luego nos dejaron volver, pero imagínate esos días cuánta gente pasó por el kiosco. Estuve dos días seguidos cerrando a las 12”.
La Bounty y la Ruta del Bakalao
A su espalda, antes frente a ellos, siempre ha estado la Bounty, la mítica discoteca que superó los 50 años de historia. “Cerró hace un par de años, pero era buenísima. Yo no entré más de tres o cuatro veces porque no pagaba la entrada y bebía gratis. Era un tugurio, era mortal, lo máximo. Al final muere porque hoy la gente ya no puede salir de València por la noche con el coche. Pero esto era una puta locura. La Bounty era buenísima y cerraba a las seis de la mañana todos los domingos. Entonces pasaban por aquí y compraban de todo: tabaco, agua, periódicos… De todo”.
El kiosco también vio pasar la Ruta del Bakalao. Ellos estaban junto a la carretera CV-500 por la que desfilaban durante el fin de semana todos los jóvenes que iban y venían de las discotecas de moda: Barraca, Puzzle, Chocolate, Spook… “También nos compraban. Paraban y te pedían unas cocacolitas, tabaco, esto, lo otro… A mí me cogió en la edad de salir pero nunca me fueron las discotecas. Yo era más de currar de camata, de estudiar, de jugar al fútbol, hacía también artes marciales… He salido, claro que he salido, pero también era el más mayor del grupo y era el más responsable, el que conducía. No bebía y no me drogaba. Por eso los amigos me llamaban el vinagre”.

- Foto: KIKE TABERNER
De aquellos años apenas resisten un par de restaurantes como Ca Pepe o Ca Teresa. “Ca Pepe es mítico. Al principio estaba Pepe, luego Jorge, que era su hijo, y ahora Jorgito, el nieto del primero. Los demás, como el horno que había al lado, han ido cerrando. Al final la mayoría de la gente va a comprar a València”.
Después de tantos años, también ha habido malos tragos. Tres veces intentaron atracarles. La primera cayó presa del pánico cuando un delincuente le puso una navaja en el cuello. La última fue el atracador quien se marchó después de recibir un par de guantazos. “La primera te pillan cagando. Las otras ya no. Luego ya te da la risa, que no es que te rías, pero ya es otra cosa. La primera vez duele porque no te esperas que te pase eso. Después, como ya lo has vivido, reaccionas de otra forma. La segunda vez mi madre se fue detrás del atracador con un bate de béisbol. Y la tercera, ya te digo, le solté un par de leches y encima eres tú el malo”.
Jaime sospecha que con él cerrará el negocio familiar, el que heredó de su madre. Sus hijos mayores tienen 21 y 18 años, así que ya podrían empezar a poner un pie en el kiosco. “Pero soy yo el que no quiere que trabajen en esto. Adri va a ser fisio y Claudia empieza este año Psicología, que igual le viene para tratarme a mí… Peo yo a esto no le veo futuro. No descarto que acabemos convertidos en un punto de información. Pues, bueno”. La mañana, plácida y templada, avanza con toda esa gente que no se sabe si trabaja o vive de rentas. Jaime forma parte del paisaje. Un histórico en El Saler que quizá no sabe que, en cierto modo, es un privilegiado por trabajar en ese entorno.