Joan es el rey del almuerzo

València

EL CALLEJERO
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Al girar la esquina de la calle de las Avellanas con Cabillers, hay un hombre inclinado que habla ante una cámara que ha colocado en una de las dos mesas altas que hay en la puerta trasera de La Bodeguita. Al lado de la cámara hay un plato con medio bocadillo y, en otro, un pincho de tortilla que se ve muy jugosa. El hombre que le habla a la cámara con una voz arenosa muy característica es Joan Ruiz, el experto más reputado en el mundo del almuerzo. Sus 59.000 seguidores en Instagram le avalan y eso conlleva un poder que él intenta manejar con honestidad.

Lo curioso es que el sabio del almuerzo en València no es de València sino de Mallorca. De allí vienen sus primeros recuerdos relacionados con la gastronomía. De aquellos sábados que iba con su madre, en un 600, al mercado de Santa Catalina, en Palma. "Era uno de los momentos más mágicos de la semana, cuando íbamos al Can Frau, un barecito que había allí dentro del mercado. Tenía las mesas entre la pared y la barra y pasaban los camareros por al lado. A mí eso me fascinaba porque era como estar metido dentro de la barra. También íbamos al Moka, que ya no existe pero que todavía me acuerdo del olor de la plancha. Siempre he sentido nostalgia por ese tipo de bares y preocupación para que no desaparezcan", rememora.  

Un día, establecido ya en València, después de conocer a su pareja en Madrid, en un curso de interpretación, buscó información sobre el almuerzo y lo que encontró no le satisfizo, así que se decidió a informar él sobre bares, almuerzos y comidas. Así nació @esmorzaret. Joan se levanta, entra en La Bodeguita y llama por su nombre a una mujer, Reyes, y le pide que saque un pincho de tortilla sin cebolla. El ‘instagramer’ se maneja como si estuviera en su casa. Las campanas de la Catedral anuncian que son las 11 y por las dos puertas del establecimiento han entrado, hombro con hombro, obreros polvorientos y oficinistas con chinos y camisa blanca. Dentro hay un bullicio tremendo con las conversaciones y ese ruido tan típico de las cucharillas contra las tazas de café.

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Joan recuerda que en su familia siempre hubo gusto por cocinar. Sus abuelos lo hacían y también sus padres. La familia se reunía para embotellar tomate y comer. O el ritual de los días de ‘matances’ y el jolgorio que formaban 30 ó 40 personas alrededor de la mesa. O coger un tomate de la mata para hacer una ensalada. Su olor. Su sabor. También los días que se subían a una barquita, pescaban algo y cómo limpiaban luego el pescado y lo preparaban para comer. 

El descubrimiento de los bocadillos

En 2010 empezó a salir con Eva, una chica de Aldaia que, como él, estaba estudiando Artes Escénicas en Madrid después de que Joan acabara harto de trabajar en la banca. Tres años después se mudaron a València. Primero a la calle Quart y después a la calle Cádiz, donde gestionaba un local de microteatro.

Al llegar a la ciudad, su pareja le llevaba a cenar de bocadillo y eso le sorprendía mucho. También le llamó la atención que en los bares de València metieran patatas dentro del pan. O que los bocadillos tuvieran nombre: brascada, chivito, Almussafes… “Me gustó esa cultura gastronómica que tenía un componente social muy chulo”. Un sábado un amigo le invitó a almorzar y se lo llevó al bar del Mercado de Ruzafa. Allí miró la carta y pidió un Blanquito. “Llevaba de todo, hasta huevo frito. Y allí, dentro del mercado, sentí una especie de flechazo con el almuerzo”, recuerda. 

Cinco años después, en agosto de 2018, empezó a crear contenido para las redes sociales. Un día iba en el coche, con sus suegros, camino de Teruel y pararon en Casa La Abuela. Almorzaron, Joan hizo cuatro fotos con el móvil y por la noche escribió su primer post intentando transmitir lo que había sentido. "La cuenta fue cogiéndose poco a poco y la gente me daba las gracias por las recomendaciones. Desde entonces digo que Esmorzaret me ha dado un lugar en València, que es la tierra que me ha acogido". 

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Joan recuerda que durante aquellos inicios, él trabajaba en Cul de Sac y que la agencia creativa decidió apostar por potenciar su marca y dotarla de identidad. Aquello empezó a ir bien y le hicieron su primera entrevista en ‘Traveler’. Ahora le da la risa cuando recuerda su primer ‘story’. "Nadie seguía la cuenta y yo me moría de vergüenza en Casa La Abuela. Aquel ‘story’ no lo vio nadie en 24 horas. Pero ahora hay algunos vídeos que tienen 600.000 visualizaciones".

Un gran poder conlleva una gran responsabilidad, dice Spiderman. Joan no es, ni tampoco Esmorzaret, ningún superhéroe, pero sabe que sus opiniones pueden encumbrar a un bar, arruinarlo o creer que le va a ir mejor y convertirlo en un lugar desbordado que ha perdido su encanto. "Yo tengo una premisa: nunca hablo mal de nadie. Si no lo hago en mi vida personal, por qué iba a hacerlo con una audiencia de miles de personas. Siempre pienso que hay un trabajo detrás de cada proyecto y que hay días, semanas o meses que pueden salir mal las cosas. Yo he ido a sitios que no me han molado y la gente me ha insistido en que tengo que volver y resulta que tenían razón. Todos podemos tener un mal día y que el pan esa mañana no esté tan bien como siempre, o que al cocinero se le haya ido la mano una vez tirando la sal, o cualquier cosa. Así que tomé la determinación de no escribir nada de aquellos lugares que no me han gustado. Bastantes veces no escribo nada porque no me ha gustado. Pero no me ha gustado a mí en esa hora que estuve yo. No subo todo el contenido que requiere una plataforma como la mía, pero me da igual. A mí me da pena cuando cierra un bar o una panadería de toda la vida porque creo que culturalmente salimos perdiendo".

Precios y contenidos

Hace unos días, en la presentación de su libro ‘Esmorzaret. Anatomía del almuerzo a la valenciana’, la periodista Marta Hortelano denunció que entre el furor por el almuerzo y el turismo, había empezado a ver bocadillos a 15 euros, y, por otra parte, también estaba empezando a ver ingredientes dentro de un bocadillo que jamás deberían estar dentro de un bocadillo. Joan escucha la reflexión, muestra su respeto por Hortelano y reconoce que el turismo está empujando los precios hacia arriba, "especialmente en determinadas zonas de la ciudad". Luego se muestra más abierto respecto a los ingredientes de un bocata. "Antes se cocinaba desde un lugar mucho más humilde, pero ahora las nuevas generaciones están aprendiendo técnicas nuevas que están empujando los límites del bocadillo. A mí me gusta la tradición, pero también me parece muy guay que haya innovaciones. Y sobre el precio veo que es imposible que el almuerzo siga valiendo 3,5 euros y que lo normal es que valga entre cinco y  ocho, pero entiendo que en Ricard Camarena, dentro del Mercado Central, te cueste 10 o 12".

Joan ahora mismo vive de Esmorzaret. Algunos pensarán que se gana la vida hinchándose a comer bocadillos, pero no es tan simple. Él genera contenido para alimentar su cuenta, pero también para promocionar colaboraciones con bares y restaurantes. Y también organiza eventos en Esmorzaret House, el local que tiene en Aldaia y que arrasó la Dana hace casi dos años. En su día también montó una agencia de comunicación gastronómica y llevaba las redes sociales de diferentes negocios. “Yo estudie Administración y Dirección de Empresas, estuve en una agencia de comunicación, una de eventos y me empapé bien. También hice un máster en Marketing Digital. Y vi que tenía las herramientas y la parte creativa para dar ese servicio. Primero llevé la agencia medio en secreto, luego ya la hice pública y me salieron más proyectos. Pero un día vi que todo eso afectaba a mi creatividad y a lo que a mí me hace vibrar, que es Esmorzaret”.

El recuerdo de la Dana

Su espacio fue uno de los que sucumbió aquel terrible 29 de octubre de 2024. "Nos quedamos literalmente con la ropa puesta. Salimos corriendo en Aldaia diez minutos antes de que llegara el agua. Al principio íbamos a casa de la hermana de mi mujer con los dos niños, pero el barranco ya se estaba desbordando y Eva pensó que era mejor ir a casa de su tía, que estaba lejos, pero llegamos corriendo y con el agua ya por las rodillas. Yo no había pasado tanto miedo nunca en mi vida. Recuerdo la sensación, y aún se me pone la piel de gallina, que si nuestra decisión no era acertada, nos podíamos morir todos. Porque ya habíamos visto las imágenes de lo que había pasado en Chiva. Sabíamos cómo venía el agua… Al día siguiente fuimos y el agua había subido hasta a un metro con ochenta. Se salvaron las cuatro cosas que guardábamos en un altillo. Fue un palo".

Otro mito que persigue a los creadores de contenido gastronómicos es que están todo el día pegándose comilonas. Pero no es así. Joan cuenta que hace deporte y que en casa tienen una dieta muy sana. "El día que voy de almuerzo, las otras comidas son mucho más suaves. O al día siguiente me regulo bastante”, explica Joan, que almuerza fuera de casa un par de veces por semana. “También he tenido alguna semana de cuatro almuerzos, pero eso a mí me destroza. Cuando empecé esto era de una forma y ahora ha evolucionado hacia determinados contenidos que sé que funcionarían muy bien pero que yo prefiero no hacer. Me gusta revisar lo que quiero contar y cómo lo quiero contar". 

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Llegados a este punto, Joan se pone nostálgico y se acuerda de su infancia y de los veranos que pasaba en Banyalbufar, en la Sierra de Tramontana, en la isla de Mallorca, y que un día su padre le llevó a un bar con un nombre muy curioso, Cas Batlle Negre -la casa del alcalde negro-, porque decía que hacían unas bravas muy buenas. "Y entre el nombre del sitio y descubrir que había unas patatas picantes, me imaginé un sitio muy especial. El primer viernes no encontramos mesa, así que reservamos para el siguiente, y eso aumentó más aún la expectación. Al final ibas, las bravas estaban buenísimas y todo hacía que la experiencia fuera mágica. Otro día mi tía me dijo que íbamos a ir a un sitio que llevaba una mujer que se llamaba Catalina y que, cuando te sentabas en el patio, te decía de malas maneras: ‘¿Qué quieres?’ A veces te decía que no se podía cenar, pero luego volvía y te decía que sí. Esos lugares, aunque no tuvieran la mejor comida del mundo, son muy especiales".

Joan entra en el bar desde la calle Cabillers a grabar unas imágenes y se deja en la mesa los restos de un pincho de una tortilla formidable y medio bocadillo con un mordisco marcado en un extremo. Se cae un mito. El rey del almuerzo no se acaba el almuerzo.

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