València

José, un transformista que cantaba como la Pantoja

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La calle de San Miguel, en el Carmen, siempre está ambientada por un par de terrazas triunfadoras. Una de ellas es la del Dorita, donde espera José Benet mientras se toma pacientemente un café del tiempo y reniega del calor. Este artista valenciano tiene 64 años y parece que vive en calma. La fauna del barrio pasa por allí, una calle llena de balcones con banderas de Palestina. El cantante siempre ha transitado el barrio, aunque ahora vive en casa de un amigo. Él se ganó la vida con su voz y el toque exótico que lograba actuando como un transformista: vestido de mujer y caracterizado como Isabel Pantoja, Rocío Jurado o cualquiera de las folclóricas del momento.

Su padre era un conductor de autobús que cubría la ruta entre Teruel y Calamocha, y su madre provenía de una familia de artistas itinerantes. “Era titiriteros y la película ‘El viaje a ninguna parte’ parece estar escrita para contar su historia. Mis abuelos, Los Calero, tenían un teatro ambulante y después de la guerra se lo quemaron todo. Y de ahí me viene a mí la farándula”, explica José, que va tocado con una gorra morada con un corazón amarillo. La familia de su madre eran seis hermanos y tres hermanas. José, por su parte, es el pequeño de cuatro hermanos. Los otros nacieron en La Mancha, pero luego se vinieron a vivir a València y José creció en Benicalap.

A los 13 años dejó los estudios y se puso a trabajar de lo que le salía. Primero de carpintero y después en la céntrica Ferretería Beaumont. “Pero también he sido camarero o peluquero. He hecho de todo”.

Hasta que llegó el espectáculo y se decantó por el transformismo. José es gay y nunca, a pesar de los tiempos que le tocó vivir, lo ocultó. Ni en casa ni fuera. Su elección artística no vino por pertenecer al colectivo ‘queer’ sino porque le pareció “mágico” que un hombre pudiera parecer una mujer. Hasta que en 1994 dejó los disfraces y el maquillaje y se lanzó a defender su proyecto personal como cantante. Enterró a Thais, su alter ego, y dejó que creciera José Benet. “El primero que me escuchó cantar fue Antonio Amaya -bailarín y cantante de copla-, que tenía un local en la calle Baja que se llamaba El Anticuario. Le llegó el rumor de que había un chaval que cantaba sus canciones y vino a verme. Yo estaba actuando y vi que todo el público se ponía en pie. Pensé que era por mí, pero entonces vi que se acercaba Antonio Amaya. Se subió al escenario, me dio dos besos y dijo que tenia su consentimiento para seguir cantando sus canciones”.

  • Foto: KIKE TABERNER

Después se centró en actuar vestido de mujer, que era lo que le daba dinero. Así que iba al local de València que le había contratado, actuaba como transformista y después se quitaba el maquillaje y seguía el espectáculo cantando por Raphael o las baladas que se llevaban entonces. De Sara Montiel, o quien tocara esa noche, a José Benet. El cantante se sintió en la necesidad de ponerse un nombre artístico y eligió el de la hija de Sarita Montiel, Thais. “Al principio necesitaba un personaje que me diera popularidad y entonces elegí a Betty Misiego -una cantante nacida en Perú que había llevado a España a la segunda posición del Festival de Eurovisión-. El representante que la llevaba a ella, me llevaba a mí también. Y el hombre decía que había días que no sabía si llevaba al original o a la copia. Pero el personaje se apoderó de la persona y un día, en 1994, me harté. Tenía que ir arriba y abajo con las maletas, las pelucas, tres horas de preparación…”.

Tres mil pesetas por noche

Atrás quedaron los años trabajando en el Balkis y en muchos de los clubes que había en Valencia que ofrecían este tipo de espectáculos: Caballo Blanco, Barro, Covarrubias, Hans, Opium, Papillon… “Había muchísimos. Casi que uno para cada artista. Ya no queda nada de eso”. Hasta que se cansó y se dejó crecer la barba. “Luego llegaron las televisiones y empezaron a llamarme otra vez. Hasta 2004 o 2005, que ya se acabó del todo ese tipo de espectáculos y entonces me centré en las baladas de los 60 y los 70 siendo yo. Tengo grabados dos discos”. Cuenta esto y luego presume de haber sido telonero, en los 90, de Regina Do Santos, Silvia Pantoja, Cantores de Híspalis, Chiquetete… 

José tuvo claro desde pequeño que le gustaban los hombres. “Pero ni me gustaban las muñecas, ni vestirme de mujer. Mis jefes, cuando me contratan, me decían que era muy poco femenino. Una vez tuve una bronca en Canet porque un jefe decía que no hacía bien el maricón. Como si vestirme de mujer no fuera suficientemente femenino”. En aquella época había diferentes categorías y cobrabas en función de tu estatus. “Yo ganaba 3.000 pesetas por noche. Pero eran todas las noches. Me recorrí toda España. En el año 80, Florinda Chico me vio trabajar en Balkis en los Jueves de los Famosos y me aconsejó que saliera de València porque aquí nunca iban a reconocer mi talento. Ojalá le hubiera hecho caso, pero no conocía a nadie en Madrid. Pasaron los años y la gente de Madrid empezó a hablarme de un personaje que se llamaba Thais, que era yo, y venían a verme a València. Una vez canté en Madrid en el Día del Orgullo y tuve un éxito que no me lo esperaba. Las Supremas de Móstoles me tuvieron que bajar del escenario. Yo no entendía qué estaba pasando”.

Cada noche dedicaba tres horas a transformarse. Primero preparaba una base blanca sobre la que dibujaba los rasgos de cada personaje que quería imitar. “Yo cogía una fotocopia de un retrato mío y dibujaba encima la cara de Rocío Jurado o de quien fuera, y así veía si me quedaba bien o mal. No éramos bien recibidos en todas partes. Cuando empecé era la época de los Grises -un cuerpo represor de la policía franquista-, Fuerza Nueva, los Guerrilleros de Cristo Rey -un grupo paramilitar de extrema derecha-… Cuando cantabas tenías que tener un ojo en el público y otro en la puerta para ver quién entraba. Te podían pegar una paliza o ponerte una bomba. La ponían con retraso, para que estallara cuando no había nadie. Una vez volvimos al local y se había venido abajo. En el Napoleón hubo muertos porque se derrumbó el suelo de los que vivían arriba”.

Durante años vivió exclusivamente del espectáculo. Pero también lo compaginó con su trabajo como peluquero en la Peluquería Dallas, en Mislata. La última, Peluqueria José Benet, ya con su nombre, en Tres Forques. “Hubo años que llevaba la peluquería, el espectáculo y una orquesta. Primero la Orquesta Boston y luego la Orquesta Canaima. La última fue la Orquesta Colors, que ya era mía. Yo sobrevivía a base de cafés y Coca-Cola. Entraba en la peluquería a las 10 de la mañana, me recogían a las siete para irnos a trabajar a Madrid o a Cuenca, dormía lo justo y al día siguiente, lo mismo. O si tenía espectáculo, me levantaba a las nueve, iba a la peluquería, volvía a cenar, me acostaba hasta la 1, me afeitaba y me iba a trabajar a la sala de fiestas y me acostaba a las tantas. Hasta que no pude más”. José recuerda que eran 35 o 40 transformistas en València. “Y había trabajo para todos”, puntualiza. Una liberación tras la muerte de Franco. “Los mismos Grises que nos habían zurrado empezaron a contratarnos para sus fiestas privadas”.

Su oficio nunca fue bien visto en su casa. Su padre tragó, pero su madre, a pesar de venir del mundo del artisteo, no aceptaba que su hijo adolescente se vistiera de mujer para subirse a un escenario. José cogió la puerta a los 17 y ya no volvió. La ruptura con su madre fue definitiva. Nunca se reconciliaron y él aprendió a vivir sin ese cariño cálido que siempre da una madre. “Eso me ha marcado y con el paso de lo años me ha dejado huella. Y ahora el tema de la soledad lo llevo fatal”, se lamenta.

La ruptura con su madre

A cambio presume de que nunca tuvo que salir del armario, que él nunca escondió que era homosexual. “Por eso me dolía cuando mi madre ponía la tele y decía, cuando veía a uno, que a todos los maricones había que ahorcarlos o quemarlos. Y yo, con 11 años, pensaba: pues cuando se entere que yo soy maricón… Pero llegó un punto que yo ya me cansé de fingir y de esconderme. Un día cogí una foto de una actuación y la puse encima de la mesa. Mi madre se puso muy nerviosa y preguntó que quién era esa. Le dije que era yo, y ahí empezaron las hostias, la bronca, la maleta y a la calle”.

  • Foto: KIKE TABERNER

José Benet se buscó la vida en casa de su amigo Alfonso Fuster, un actor de la compañía de Alfonso Tamayo que vivía en la calle Bolsería. Otro amigo se dedicaba a ir corriendo a su madre a contarle todo lo que hacía su hijo. Un día fue y le comentó a José que quería volver a verle. “Me convenció y, cuando volví, mi madre me quería llevar a que me dieran las terapias de conversión. Y me negué, claro”. En el Carmen descubrió un nuevo mundo con garitos de ambiente como el Hans, el Mens o el Dakota. “Estaba en la plaza Margarita Borràs. Iba mucho porque, claro, entonces no había aplicaciones, móviles ni nada. Todo tenía que ser cara a cara”.

No solo trabajó en València. También estuvo unos meses en Alicante, actuando en el Piscis, o en Alicante, en el Jardineto. Y en Benidorm. Allí cantaba en todas las cafeterías de la avenida Mediterráneo, todas las tardes hacían espectáculos con orquestas, y entonces como yo era cantante, ahí sí que aproveché para hacer mis espectáculos en directo, que a la gente le chocaba. Como no tenía tiempo para cambiarme, iba de cafetería en cafetería con el traje colgándome de los brazos. Los guiris me veían y me seguían para ver a dónde iba. En una tarde podía pasar por cuatro o cinco, y luego una sala de fiesta y una discoteca. Me ganaba un dinero. Entonces se trabajaba mucho y se ganaba mucho”.

  • Foto: KIKE TABERNER

José se casó en 2023, pero lo dice como un murmullo. A los nueve meses se habían separado. Aún se acuerda que al día siguiente de la ruptura tenía un bolo para hacer un tributo a Raphael. Estaba todo vencido y él tuvo que tragarse la bilis, salir al escenario y dar lo mejor de sí mismo como artista. “Fue un día muy emocionante. La gente no se enteró de cómo estaba, que de eso se trata”.

Ahora, a los 64 años, asegura que no se arrepiente de nada de lo que ha hecho en su vida, y cuenta, feliz, que hace unos días le dieron un premio de un colectivo gay en Gandia y aplaude que estuvieron los representantes del PP y del PSOE. Solo le duele el desprecio de su madre. Y entonces cuenta que en su último día fue a despedirla al cementerio, pero que no derramó ni una lágrima. “Nunca me dio su apoyo, su cariño, ni nada, así que no pienso fingir”. José, un tipo muy educado y calmado, apura su café, estrecha la mano y se marcha en paz por esa calle tan animada del Carmen.

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