Luna tiene un disco, dos colores en el pelo y 23 años recién cumplidos. Tiempo suficiente para haber puesto en marcha un montón de proyectos culturales en la ciudad de València y no darse ni una pizca de mérito por ello. “Yo no siento que sea multidisciplinar”, advierte. “Multidisciplinar es mi amiga Serena, que todo lo que hace lo hace bien”. Ella también tiene un nombre curioso: Luna Valls Valle, pero prefiere acompañar su nombre del apellido materno. También le gusta utilizar siempre el género femenino, y eso, cuando alguien no está acostumbrado, provoca algún que otro colapso, como cuando habla de que solo le queda una de sus cuatro abuelas.
A la promotora cultural le da vergüenza pedirse una caña cuando ve que solo hay una Coca-Cola en la mesa. Primero duda, pero luego se lanza, pide la cerveza y se coloca unas llamativas gafas para protegerse del sol que ha ido buscando en la terraza de La més cabuda, en la calle Adressadors, donde vive su abuela. Su abuela te salta cuando llamas a Luna y no responde. Entonces se escucha un mensaje muy divertido de esta mujer a la que, al contrario que a todo el mundo, no le hace ninguna gracia. En la terraza huele a tortilla de patata, hay un naranjo de esos bordes y se escucha de fondo el tráfico de la avenida del Oeste.
Luna tiene una forma de contar las cosas muy divertida. Como cuando explica que esa misma tarde se va a Milán con sus padres, su tía y su hermano porque a su padre y su tía Laura les encanta la ópera, pero que solo han comprado entradas en la Scala para los adultos, las adultas, y ella y su hermano, tres años más pequeño, se tendrán que quedar en el hotel. No le apetece mucho el viaje. “A mí me gusta estar en casa”. Pero recuerda que en otro viaje así, su hermano se abrió y le contó cosas muy interesantes. “Así que nunca sabes. Igual no te apetece un viaje y luego pasan cosas chulas”.

- Foto: DANIEL GARCÍA-SALA
Su padre, Rafa Valls, es conocido en València por dos comercios: primero, el Mancini, un bar mítico, y luego el Puesto Uno del Mercado Central, que nació como casa de comidas para llevar y derivó en una suerte de ultramarinos pijo. No sabe, en cambio, contestar qué es su madre. Dice que cuando iba al instituto, ella le decía que contestara que es empresaria para no dar más detalles. Detalles que Luna nunca ha tenido demasiado claros. Luna, a quien, por cierto, no le interesa nada el histórico viaje de la nave espacial que ha rodeado el satélite. “No me llama la atención”, dice. “De la Luna solo me interesa una Luna que me regaló mi tío Nacho y que me ha obsesionado desde pequeña. Y que me encanta llamarme Luna, que me lo puso mi padre”.
Ha sacado un disco
Luna no tiene muy claro qué es su madre, pero tampoco sabe cómo definir lo que es ella. “Últimamente me siento muy identificada con esta idea de ser una trabajadora cultural, ¿sabes? Alguien que está como un poco poniendo sus manos y sus ideas y su trabajo para hacer algo siempre relativo a la cultura. Entonces es un poco el nombre de lo que creo que soy. Y luego las canciones y la música son para mí algo más importante que un hobby, pero no son exactamente mi vocación. Es más bien como algo muy pasional”.
Ahora acaba de sacar un disco -se le ilumina la cara diciendo disco- con un título desconcertante: ‘Cazador, te engañé’. Lo pronuncia y luego le entra algo parecido al rubor por las preguntas que acarrea este título. “Más bien es un intento de que los tíos no me perturben, que no me engañen ellos a mí. Es como una especie de profecía autocumplida porque no tengo una relación muy tranquila con los tíos: me cuesta relacionarme con los tíos, pero a la vez quiero. Siempre son relaciones conflictivas”.

- Foto: DANIEL GARCÍA-SALA
Luna se siente más cómoda hablando de su disco que del título y le encanta contar que es una obra hecha por chicas y producido por Joje (significa melocotón en árabe), “una productora increíble”. El día 24 presentará su nuevo trabajo en el Teatro El Musical, un lugar donde, dice, siempre ha querido tocar.
La cultura es un desvío que ha tomado esta joven de 23 años después del chasco que supuso para ella la carrera de Periodismo. “Ha sido mayor decepción de mi vida”. Por eso tiró por otro lado. Uno de esos caminos se llama Catástrofe. Está claro que Luna es buena poniendo nombres. “El espacio se basa un poco en el nombre. La idea puede que salga bien o que salga mal. También se intenta burlar de esa idea tan pobre y tan patética de que el arte y los museos nos salvarán a todos. Este es un espacio cultural que no cambiará el mundo. Es un espacio que he heredado de mi madre. Un bajo esquinero, entre Carniceros y Arolas. No pago alquiler, solo los gastos, y eso me permite hacer lo que quiera y convertirlo en un espacio público que funciona por invasiones, por cualquier propuesta cultura o artística de cualquier persona. Lo único que pedimos en Catástrofe es un apoyo para los gastos, que a veces son 10 euros. O 15. Algo simbólico. Y está funcionando. Está yendo súper guay. No es necesario programar porque si tú quieres hacer algo allí eso significa que probablemente tendremos un ‘flow’ parecido y nos gusten las mismas cosas”.
Vio ‘Kill Bill’ con seis años
Por las mangas, en las muñecas, asoman un par de tatuajes muy sutiles, tatuajes que han traído arrepentimiento. Uno es la palabra calma y el otro es un símbolo amárico por la vinculación familiar con Etiopía. Su madre, Mercedes Valle, tiene una ONG que trabaja en este país, y su hermano es un niño etíope adoptado.
Luna ha escuchado todo lo que sonaba en casa. “El grupo favorito de mi madre es Radiohead, pero también escuchaba a Wilco, David Bowie, los Beatles, Foo Fighters… A mis padres les flipa y a mí me flipa. Pero es que mis padres son gente mega moderna. Me llevaron al Primavera Sound con 14 años a ver a Queens of the Storm Age. Es peña muy punky que me puso ‘Kill Bill’ en casa cuando tenía seis años”.

- Foto: DANIEL GARCÍA-SALA
Ahora, a los 23 años, Luna quiere conseguir monetizar sus proyectos, que aparte de ser unas ideas magníficas, como Okuparte, su asociación cultural, le den dinero. Avanza la conversación y no paran de salir más ocupaciones y proyectos de Luna. Su disco, Catástrofe, Okuparte, Ombligo… Ombligo son unos talleres de creación musical para mujeres músicas financiados por la SGAE. Ella pretende llevarse un porcentaje de lo que ingresa para poder vivir de sus proyectos. Pero no ha terminado de contar esto y arranca con una excusa que nadie le ha pedido pero que se nota que carga con ella como quien tiene un complejo. “Sueno súper hipócrita porque soy una tía de una familia mega privilegiada, vivo en la calle de la Paz, mi madre tiene dinero… Y si yo no consigo ese dinero, me lo va a dar mi madre. Yo tengo un conflicto con el dinero. Que mi madre tenga un bajo en el centro y me lo dé es una cosa muy loca. Me daba hasta vergüenza. Tengo un complejo de ‘nepo baby’ -una persona que ha conseguido sus oportunidades gracias a la influencia de sus padres- que flipas. Al menos puedo compartirlo con los demás, pero hablo desde la perspectiva de una persona económicamente privilegiada Y eso me da un poco de vergüenza Sí, me da vergüenza”.
Luna es muy expresiva. En una hora da tiempo a descubrir que es empática y que cuando conecta con los que dices, le nace cogerte de un brazo, pero cuando está a punto de hacerlo, se frena y se retrae. Son los tiempos que corren. Ya no está bien visto tocar. Cuando el tacto y el contacto también son formas de comunicarse y de mostrar cercanía. Pero esto va de Luna, la muchacha que hace de todo y piensa que no hace nada y que lo que hace le llueve del cielo.