Más de 50.000 personas mayores viven solas en València, con especial incidencia en Algirós y L'Eixample

València

  • Foto: KIKE TABERNER
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VALÈNCIA. En una ciudad como València, que roza los 860.000 habitantes, 50.069 personas mayores de 65 años viven solas. La televisión encendida como único murmullo de fondo es la realidad de miles de hogares de la ciudad y un fenómeno que crece acompasado por el envejecimiento poblacional.

Según cifras del padrón municipal que recoge el Ayuntamiento de València, un 5,83% de la población total de la ciudad son personas mayores de 65 años que viven solas.El fenómeno, adquiere más intensidad en barrios históricos y en las zonas con mayor arraigo residencial.

De hecho, Algirós se sitúa a la cabeza de toda València en densidad de soledad sénior: un 7,21% de sus vecinos son personas de 65 o más años que habitan en viviendas unipersonales, sumando 2.658 residentes. Muy cerca se posiciona L'Eixample, donde el porcentaje alcanza el 7,16% de su censo total (3.300 personas solas), seguido por Extramurs con un 6,99% (3.668 vecinos).

En la otra cara de la moneda se encuentran las pedanías y los distritos de expansión más reciente o con perfiles demográficos más jóvenes, como Benicalap (4,51%), Pobles de l'Oest (4,58%), Pobles del Nord (4,61%) y Rascanya (4,61%), donde la proporción sobre el censo total es menor.

Más allá del porcentaje sobre el conjunto de la población, el sesgo de género constituye la brecha más visible de esta radiografía social. La soledad entre los mayores valencianos tiene rostro femenino: de las 50.069 personas que viven solas en la ciudad, 36.877 son mujeres (el 73,65%) frente a apenas 13.192 hombres (el 26,35%). Esta acusada feminización de la soledad, ligada a la mayor esperanza de vida y al impacto de la viudedad, se acentúa lógicamente a medida que se escalan los tramos de edad.

Mientras entre los 65 y los 69 años las mujeres representan el 62,82% de quienes viven solos (6.396 de 10.181 personas), en la franja de 75 a 79 años la proporción escala al 74,85% (7.168 mujeres de 9.577 casos). Al cruzar el umbral de los 80 años, cuatro de cada cinco personas que habitan en soledad son mujeres (16.583 de un total de 20.694 residentes, el 80,13%).

La dimensión del reto se evidencia al analizar la composición interna de las viviendas donde habita el colectivo de mayor edad. De los 80.591 hogares registrados en València en los que reside al menos una persona de 65 años o más, más de seis de cada diez (el 62,13%) están ocupados por una única persona. Las parejas compuestas por un hombre y una mujer representan el 35,88% de los casos (28.914 hogares), mientras que el resto responde a convivencias entre dos mujeres (897 hogares) u otras situaciones convivenciales.

Esta concentración de hogares unipersonales es mayor en el corazón histórico y en los ensanches tradicionales de la capital. En Ciutat Vella, el 71,08% de todos los hogares con personas mayores son viviendas de una sola persona (1.991 de 2.801 hogares registrados). Cifras que se repiten en L'Eixample, donde la soledad representa el 67,80% de los hogares sénior (3.300 de 4.867), Extramurs con el 66,65% (3.668 de 5.503), L'Olivereta con el 66,17% (3.317 de 5.013) y La Saïdia con el 64,12% (3.210 de 5.006).

Por su parte, en términos absolutos de volumen de personas, Quatre Carreres, por ser el distrito más grande y con más habitantes es  también el que acumula un mayor número de personas mayores solas en número, con 4.446 residentes en esta situación (3.257 mujeres y 1.189 hombres).

El reto de la soledad no deseada de la generación del 'baby boom'

El análisis de los datos exige distinguir los matices vitales que esconde la estadística. No es lo mismo la situación de un vecino de 65 años recién jubilado que conserva plena autonomía que la de una persona de más de 90 años —un colectivo que suma 5.375 hogares unipersonales en la ciudad—, del mismo modo que residir sin compañía no equivale automáticamente a padecer una soledad no deseada.

Sin embargo, prevenir la falta de red afectiva y de cuidados sigue siendo un reto inaplazable para las administraciones y la sociedad. Una exigencia que aumentará de escala a medida que la nutrida generación del baby boom alcance la etapa de la jubilación, tensionando la pirámide poblacional de una València que deberá adaptar a ritmo acelerado sus servicios públicos, su tejido comunitario y sus políticas asistenciales.

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