A Quique Medina, un hombre pegado a una gorra, le sorprende al final de la entrevista que el periodista no supiera mucho de él. No por darse importancia, que da la sensación de que no, sino porque hace tantas cosas relacionadas con la música en la ciudad que no le debe caber en la cabeza que alguien no pase por algunas de ellas. Quique es algo parecido a un promotor musical, aunque él dice que es algo más, que lo suyo también va relacionado con la comunicación -es periodista- y que el que mejor definió lo que hace fue su amigo Alfonso: “Tío, tú te has inventado tu profesión y tu profesión es ser Quique Medina”.
Quique era un niño bien de clase media-alta del barrio conocido como Cánovas. El hijo de un reputado médico que vivía con su familia numerosa -cuatro hermanos- en la calle Císcar y estudiaba en Maristas. Un chaval “perfecto”, dice en contraste con todo lo que vino después, al que todo le iba bien. Un niño alto, rubio, con los ojos azules que jugaba bien al fútbol y vestía la camiseta del Levante. Una vida idílica que se desmoronó el día que empezó a dolerle una pierna. Un médico poco avispado le dijo, con 15 años, tenía una rotura fibrilar. El descanso no le quitó el dolor y en las siguientes visitas llegó el guantazo del diagnóstico escrito en el rostro de estupor de los médicos y suavizado por un padre médico. “Quique, vas a tener que estar un tiempo sin jugar al fútbol”, le soltó a su hijo. Y el chico, desconcertado, preguntó cuánto tiempo. Cuando escuchó que un año, se quebró. “Me tuvieron que quitar media rodilla y medio fémur porque el cáncer a esa edad es muy violento. Nunca más volví a jugar al fútbol”.
La felicidad se tornó en un tormento. El niño que jugaba en el Levante y escuchaba el ‘Tubular Bells’ de Mike Olfield en el coche de de la familia feliz se vio condenado a pasar por el quirófano tres veces al año. Operaciones y más operaciones que no resolvían nada. Por aquella época, Quique empezó a ver las fotografías y los vídeos de los atletas paralímpicos que lucían sus prótesis sin complejos. Una bombilla se encendió y desde entonces, cada vez que iban a la consulta de un traumatólogo, él pregunta: ¿Y amputar la pierna? “Siempre me decían que no, que era mejor ser conservador. Hay que entender que eran otros tiempos y que las prótesis de entonces no eran las de ahora. Antes, cuando un niño veía a una persona con un brazo postizo estaba viendo a un monstruo y eso ahora creo que ha cambiado”.
Las secuelas de la amputación
Del cáncer se curó, pero vinieron años durísimos. “Fue traumático. Desde los 16 que me operé hasta los 36 que me decidí amputar lo pasé muy mal. Luego tuve la amputación y nació mi primer hijo. Fue todo muy épico”. Atrás quedaban más de 30 operaciones y dos años la pierna recta, sin poderla doblar ni para entrar en un coche. Un tormento. Y los médicos insistiendo en que era mejor no amputar. Hasta el 20 de octubre de 2016. Ese día, en Pamplona, después de una infección, accedieron a cortarle la pierna hasta la rodilla. “Desde entonces no he vuelto a pasar por un quirófano”, explica mientras se sube la manga y muestra un tatuaje con la silueta del grupo de amigos que fueron a verle por sorpresa al día siguiente. Una imagen, un gesto, que nunca olvidará.

- Foto: KIKE TABERNER
A partir de ese momento, Quique Medina ha tenido muy claro que quiere visualizar lo que le pasó y le encanta salir a la calle en pantalones cortos que dejan a la vista la prótesis que lleva en la pierna. Habla sin tapujos y se deja retratar y grabar por quien sea. Pero uno es el personaje que obedece a lo que podríamos llamar una causa y otra es el hombre que en casa, en la intimidad, aún hoy, diez años después, se sigue sintiendo vulnerable. Aquí no hay capas sino un promotor musical, padre de tres hijos, que ha aprendido a vivir con lo suyo.
Y luego hay días y días. “A veces estás más cansado, o tienes que hacer un movimiento rápido y te cuesta, o te duele la otra pierna, que sufre mucho… Si me lesiono, estoy condenado a una silla de ruedas. Te sientes frágil y te intentas tapar. Es una debilidad que no la muestras pero que, de puertas para adentro, existe. El piropo más grande que me dice mi gente es que se olvidan de lo que tengo, pero a veces les tengo que decir que no vayan tan rápido, que yo gasto más calorías que ellos o que he engordado y me cuesta más”.
Sus hijos no han conocido a un padre con una pierna natural. Ellos solo conocen al hombre con una “pierna de robot” de la que presumen en el cole. Una normalidad que ha llegado después de mucho desgaste. “Yo estoy bien ahora, pero esto ha llevado un proceso que no ha sido fácil. Hay que asumirlo, mirarte en el espejo y aceptarlo. Yo voy a la piscina a nadar, que nado mucho, y no le doy importancia a quitarme la prótesis, pero debo dársela porque a la gente le impresiona. Esto tiene un impacto físico y psicológico. Yo aún sigo durmiendo mal algunas noches porque me sigue doliendo la pierna que no tengo. Estoy mejor con la prótesis puesta porque el cerebro está viendo dos piernas. Tu cabeza no asume que te falte una pierna. Yo cuando me quito la prótesis estoy intranquilo porque tienes un cuerpo inacabado”.
Sus primeras entrevistas
Quique Medina estudió Periodismo y chapoteó en la profesión en los primeros años de la crisis, cuando muchos medios ya habían dejado de pagar a los becarios o a los redactores que empezaban. Él encontró otras satisfacciones y la principal fue conseguir que le dejaran entrevistar a las bandas que le gustaban. Aquel chaval con patillas y boina iba a las pequeñas salas de conciertos donde actuaban ante 200 personas y entrevistaba Vetusta Morla, Love of Lesbian, Lori Meyers… Grupos que entonces no conocían en los periódicos y que ahora son ‘mainstream’. “Luego monté un periódico digital, el primero dedicado a la música que había en la Comunitat Valenciana, que se llamaba Vinilo Valencia. También lo hice programa de radio. Y hasta promotora para llevar a los grupos a sitios infectos. En el curro, en 2004, aprovechaba e imprimía los carteles en la fotocopiadora, que esto ya se puede contar”.

- Foto: KIKE TABERNER
Ahora, convertido ya en un referente dentro de la industria, Quique recuerda la primera vez que se sintió pleno como periodista y fue el día que acudió con su grabadora para entrevistar a Costa Brava en el bar de al lado del Black Note. “A Nacho Vegas, Lori Meyers y gente así iba con mi grabadora y luego veía el concierto, al que iban cuarenta personas. Y en ese momento me sentía muy feliz”.
Siempre le gustó la música y ahora le gusta recordar que en su familia siempre hubo músicos. El primero de todos, su abuelo Juan, que tocaba el clarinete en la Banda del Empastre. “Una banda profesional de Catarroja formada por músicos humoristas. Tocaban mucho en los descansos de las plazas de toros. Mi abuelo se pasaba la mitad del año en las plazas de toros de América. Y mi tío Ángel ha sido director de sociedades musicales de la provincia de València”. Y él, que no es músico, ha consagrado su vida a la música, con la organización de eventos y hasta con la apertura de un bar de rockeros, el George Best, del que ya se ha bajado. Cosas de la edad de un hombre de 45 años. Esa vida noctámbula también trajo sus distracciones y las disputas con sus parejas. “No ha sido fácil vivir conmigo”, admite.
Un momento relevante en su vida fue la creación de València Vibrant. Pero eso llegó después de conocer a Vicent Molins, una de las mentes más lúcidas de la ciudad, cuando este le hizo una entrevista que acabó escribiendo unas líneas proféticas. “Decía algo así como que quería transformar la ciudad y que amenazaba con conseguirlo”. Tiempo después le llamó para reunirse con otros personajes inquietos: Eugenio Viñas, Ramón Marrades y César Gómez-Mora. De ahí nació València Vibrant, que pretendía poner en valor a la gente con talento que había decidido quedarse en València.

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Luego vinieron nuevos proyectos y una sociedad con Molins en una agencia llamada Agencia Districte. Dos tipos muy distintos que se complementaban como Albelda y Baraja. “Molins y yo somos muy diferentes. Yo era la noche, y él, el día. Yo nunca lo he visto después de las doce y yo he hecho muchos negocios por la noche. Él es muy tímido y yo soy todo lo contrario. Él es más intelectual. Pero nos entendimos”. Ahora, sin traumas ni anuncios, han separado sus caminos de manera orgánica. Ya hacía tiempo que cada uno tenía su sector y Quique Medina, padre de tres hijos de nueve (Quique) y siete años (Pepe), y una bebé de seis meses (Candela), hacía meses que había dejado de ir a trabajar a la oficina.
Música para todos los públicos
Atrás queda una gran amistad y una trayectoria profesional brillante. “Molins y yo salimos de Rambleta y entonces se nos encomendó la comunicación y dar visibilidad a la Marina de València. Aquello ya estaba vivo, pero sí descubrimos una Marina post Fórmula 1 y Copa América. Los conciertos de la Pérgola nace después de que un día nos encontramos allí una pérgola totalmente abandonada. ¿Por qué no hacer allí un concierto de pop? El primer concierto fue de Mujeres, un grupo muy importante para mí. Vinieron 200 personas un día de febrero que hacía frío. Ahora sería un fracaso porque vienen más de mil. La gente me llamaba por teléfono porque no sabía llegar. No fue fácil convencer a los patrocinadores de que había que crear una recurrencia, que hubiera un concierto cada sábado”.
Juntos crearon varios eventos para darle vida a la ciudad. Medina vive ahora centrado en tres proyectos: los conciertos de La Pérgola, Serial Parc y Jardín Electrònic, todos relacionados con la música en espacios públicos. “Ahora también voy a hacer algo en la Mostar de Cinema”, adelanta. Algunos ya se han convertido en fenómenos sociales dentro de la ciudad de València. Como la Pérgola. “Allí se juntan padres con niños que llegan a las nueve con gente poco dormida que llega de fiesta. Es un lugar insólito y algo único. Es la foto, con el puerto, esa luz… ¿Por qué no hacer un concierto antes de la paella? El vecindario sabe que nuestro público es gente de València que luego se queda a comer y deja algo de riqueza”.

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A este agitador cultural nunca le gustó llevar a sus hijos a un cantajuegos. Quique prefiere ponerle canciones de los Beatles, Los Planetas o The Smashing Pumkins. “Cuando escuchan una buena canción, los niños la reconoce, aunque sea una de The Cure o de quien sea. A mí, mi padre no me ponía los payasos de la tele. Y esto mismo pasa con los grupos que llevo del circuito independiente”. Sus hijos son una parte fundamental en su vida. Son la brújula que le ha señalado el norte a un hombre que vivía de noche. “Yo he tenido mis momentos peligrosos y nunca he sido niñero, pero ahora me flipa ser padre. Mi trabajo es muy divertido y mis hijos me hacen tener los pies en el suelo”. Se le nota que intenta disimular la emoción que le produce hablar de sus tres hijos, pero esa emoción está ahí, encima de la mesa y, en cierto modo, la abraza sin vergüenza. “He sido un desastre en muchas cosas, pero como padre no. Y me encanta este rol”.