La cocinera llega al expositor con una tortilla de patata imponente. Bajo el cristal ya están las croquetas y el morro. Toni Abizanda no para. Es imposible sentarlo a una mesa para charlar en condiciones. Es la hora del almuerzo y no está quieto ni un segundo. Lo mismo hace un bocadillo, que abre un par de botellines de cerveza o cambia el café de la cafetera a golpes, con ese ruido tan molesto que repiten todos los camareros de España. Al menos no hay máquina tragaperras para redondear la banda sonora del bar. Aunque lo suyo no es un bar: es una bodega, la mítica Bodega Valero. A sus espaldas, las de Toni y su hermano, Javi, 39 años de historia. Un tótem del barrio.
El lugar es pintoresco. La bodega es uno de esos sitios repletos de recuerdos: billetes de medio mundo, botellas de diferentes marcas de cerveza, sifones, carteles de estos cachondos tipo ‘Gilipollas no lleva tilde, pero se acentúa con el tiempo’. Al fondo, en una especie de saloncito, un panel lleno de fotos descoloridas del décimo aniversario (1987-1997). Aunque nada es comparable con la fauna que trajina por allí a diario. No hay clientela más singular que la de Bodegas Valero. Especialmente por la tarde, cuando se acercan por allí hombres y mujeres que parecen como se hubieran quedado atrapados en el tiempo y regresaran ahora de la Ruta del Bakalao. Muchos clientes entran y le vacilan, en broma, a Toni. El hombre, 62 años y famoso por su carácter, sabe a quién pasarle un chascarrillo y a quien pararle los pies. A los suyos, sin esbozar ni media sonrisa, socarrón, les responde con otra pulla.

- Foto: KIKE TABERNER
Los hermanos -Javi tiene 59 años- abrieron en 1987. Toni es donostiarra. Nació en San Sebastián, aunque solo vivió dos años cerca de La Concha. Luego se vinieron a València, de donde es su madre y donde nació su hermano. “Hemos ido mucho de aquí para allá -Donosti, Barcelona, Segovia, València…- y eso creo que ha hecho que nos guste la gente y que a mi hermano y a mí nos llene la hostelería. El último lugar donde vivíamos fue en Segovia, luego ya nos volvimos aquí y decidimos montar un bar. Aquí se traspasaba una bodega y nos gustó. Aquel bar se llamaba Casa Valero, pero en realidad era una bodega y nosotros le pusimos Bodega Valero. La familia que lo llevaba vivía dentro de la bodega. Esto era su casa y el comedor, el espacio que hay tras ese marco de puerta -comenta mientras señala hacia el frente- tenía una televisión, una mesa y unas mecedoras. Allí corrían la cortina y comían y ahí, después, dormíamos mi hermano y yo. Si venías y querías mear, te dejaban entrar en su casa”.
Hicieron conciertos
Toni no para de entrar y salir de la barra. Primero saca un bocadillo a la terraza y después recoge los platos y los vasos de una mesa de dentro, del saloncito donde, en una pared, tiene colgado el retrato de los grupos que han tocado allí, en una esquina, frente a unos pocos espectadores: Los pájaros del folk, Licor de fardacho, Lo tumbao… En una de esas fotos sale Tonino, el ¿cómico? De fondo se escucha a Toni hablar con los clientes. A uno le está diciendo que le va a poner un chupito porque el carajillo le ha parecido que era un poco flojo. Todo el mundo parece estar a gusto. A otro le gasta una broma: “Ve y siéntate, ya te lo llevo yo, que estás hecho un fósil”.
A Toni le apetece contar ahora que su momento favorito del día es a la una o la una y cuarto, que es cuando aparece por la puerta su madre, que tiene 91 años. “Entonces se para todo porque yo grito: ¡Atención! Ha llegado la madre que me parió, Rocío Gómez Moragón. ¡Firmes! Y entonces la gente piensa que estoy como un cencerro… Pero a mí me gusta verla. Ya no puede venir andando y cada día un amigo la trae en coche. Mis padres siempre nos apoyaron cuando Javi y yo decidimos abrir el bar, nos dieron un millón y medio de las antiguas pesetas, que, en 1987, era mucho dinero”.

- Foto: KIKE TABERNER
Durante años le pagaron un alquiler a la viuda de Valero. Cuando murió la mujer, los hijos decidieron mantener el precio del alquiler y eso mantuvo con vida la bodega. “Y el año que viene cumpliremos 40 años y ahí, igual, cada uno tomamos un camino. Mi hermano dice que aguantará un poco. Después nos gustaría encontrar a alguien que mantenga esto igual, que es nuestro legado. Si son españoles, mejor, y si son chinos y lo hacen bien, pues me da igual”.
Detrás de Toni hay tres barriles. Uno es de vermú, otro es de Pedro Ximénez y el tercero, de mistela. En la barra hay un mechero atado a una correa enganchada a un hueso de vete tú a saber qué. Toni vuelve a marcharse para calentar unas albóndigas. Toni se ocupa de las mañanas desde los tiempos en los que Javi le pidió que le cubriera esas horas para poder estudiar una carrera. Su hermano, a cambio, está por las tardes y las noches. Luego, los sábados, se turnan.
Recuerdos de juventud
Los dos están contentos con el negocio y Toni presume de que, en 2024, les dieron un Solete Repsol. El bodeguero añora, eso sí, los viejos tiempos. “La gente era más feliz. Ahora es diferente. Todo el mundo está más cansado y sale menos. Antes salíamos más y estábamos menos estresados. Esa es mi teoría”, expone.

- Foto: KIKE TABERNER
“Rosa, ¿un cortadito?”, pregunta Toni en cuanto ve a una mujer entrar por la puerta y acercarse a la barra, donde dos hombres de 60 años negocian cómo pagar. “Yo pago estos dos quintos y unas croquetas”, suelta uno. Otro cuenta que hace albóndigas de carne de caballo muy buenas. Un cliente entra y pide un americano. Toni le dice que allí son más de soviéticos, que si le da igual. Detrás, al lado de los barriles, hay una foto en blanco y negro de cuando los hermanos eran jóvenes. Es de los años 90. “Nuestro amigo Nacho nos hizo 12 o 14 y elegimos esta. Ahí aún llevábamos el pelo largo y parecemos dos jipis”. Junto a la foto hay también un ordenador abierto y en la pantalla se ve una lista de reproducción. Suena música jazz muy bajita.
Uno ve a los jóvenes de la foto de los 90 trabajando en una bodega y es fácil pensar en una vida de desenfreno. “Hemos tenido algún problema con el tema de la fiesta. Nos metíamos en los garitos de noche y salíamos de día. Mi hermano y yo íbamos mucho a la zona de Blasco Ibáñez, a un pub que llevaban dos hermanas donde éramos felices y bailábamos y cantábamos. Luego vino la época de Spook y Puzzle. Él iba más que yo, que prefería ir a los garitos rockeros del Carmen. A mí hermano le gustaba la música mákina, luego ya le fue gustando más el rock e íbamos al Zeppelin -por allí pasaron Lagartija Nick, La Polla Records, Los Ilegales…, o grupos valencianos como Ciudadano López y Doctor Divago-, en la calle Pepita, o al Pequeño Diablo, que marcó una época en Ruzafa, en la calle Dénia. Era un antro pero ponían muy buena música”.

- Foto: KIKE TABERNER
En una pared hay también dos fotos con la fecha en la que nacieron y murieron dos amigos de la casa. Uno fue José Miñarro, hijo de Paco Miñarro, un socialista amigo de Tierno Galván. “Un chaval acojonante que murió por un cáncer. Aquí hizo una vez un cochinillo y lo partió con el plato y todo”. Al lado hay otro amigo con una Vespa. “Es Amadeo, otro gran colega nuestro del barrio que venía aquí y nos recomendaba la homeopatía. Este murió de un cáncer de pulmón y no hubo manera. Su hija me trajo la foto de la Vespa”.
No le gusta el fútbol
Por la Bodega Valero siempre ha pasado una fauna variopinta, “gente con unas pintas rarísimas”. Toni dice que es de cuando hicieron los conciertos de la Valero durante siete u ocho años. “Fuimos pioneros”. Por allí también trasegaban los rockabillys de los 80. Los hermanos Abizanda los contentaban poniendo la música de Stray Cats. A los dueños les gustaba escuchar la obra del primer Extremoduro o el rock sureño de Stevie Ray Vaughan. El volumen de la música les provocó algún problema con el Ayuntamiento. Allí siempre sonaron buenos grupos y los músicos valencianos solían pasar por allí.
Toni hace otro parón. Tiene que cobrar dos medios bocadillos y las bebidas a unos chicos que elogian la tortilla. El dueño les da las gracias. Luego vuelve y cuenta que cuando cerraban, en vacaciones, les gustaba viajar a sitios como Tailandia, Polonia, Cuba… Después tenían que volver. Les esperaba una clientela fiel. Muchos iban a beber, otros a comer, también a escuchar música. Con lo que nunca han transigido es con el fútbol. Jamás han puesto un partido en la tele. “Somos anti-fútbol y cuando venía alguien a decirnos que pusiéramos el partido, lo mandábamos al bar de al lado. Había uno que se iba cabreado y cuando marcaba el Valencia, venía corriendo a gritar gol aquí dentro. Mi hermano cogió y le tiró un vaso de agua a la cara”.

- Foto: KIKE TABERNER
Su ojito derecho era una banda valenciana de rock que se llamaba Licor de fardacho. También tocó allí Santi Campillo, guitarrista de M-Clan, Rebeldes o Revólver. Algunos músicos cenan en la bodega antes de tocar en el Loco Club. La bodega, sin la cocina, debe tener cerca de 30 metros cuadrados y un aforo máximo de 45 personas. Aún se acuerda de cuando dormían allí dentro y por la mañana salían del porticón, corrían la barra y se metían en el baño para asearse. Al principio hacían macarrones y unas sopas de ajo que se hicieron famosas. Luego se buscaron un cocinero y poco a poco fueron ampliando la oferta.
Otro cliente se acerca a la barra de madera. “Toni, un carajillete, si te quedan”. Luego el bodeguero reanuda la charla para contar que hace 15 años su hermano le dijo un día que quería dejar el negocio porque había aprobado una oposición y le había salido trabajo como profesor de Historia. Toni le miró a los ojos y le dijo: “Si tú te vas, yo cierro”. El hombre corta de repente el relato. Se ha enternecido y, disimuladamente, se esconde detrás de la cafetera. “Me emociono porque mi hermano me preguntó que a dónde iba a ir y yo le dije que de camarero en cualquier parte. Y entonces me dijo que no, que se quedaba conmigo hasta que yo me jubilara… Y esa es la historia, que se quedó conmigo por ayudarme, por hacerme un favor”.