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EL CALLEJERO

Zhu, el gran shaolin de València

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Qi Hui Zhu está contento porque se avecina el año nuevo chino (17 de febrero) y entrará en el año del caballo. “Es un animal fuerte y eso quiere decir que será un buen año”. Zhu tiene un aspecto curioso, con las sienes rapadas y una melena larga y oscura peinada hacia atrás. Este maestro de artes marciales tiene 50 años y un aspecto envidiable. Por algo es un shaolin, un antiguo alumno del monasterio de Shaolin, en la provincia de Henan, al este de China, convertido en Patrimonio de la Humanidad desde 2010.

Allí, como en las películas, llevaba una vida monacal, repartida entre los duros entrenamientos y la educación en el colegio que había al lado. En el templo se levantaba de madrugada y, sin importarles el frío del invierno, con el terreno nevado, se entregaban al aprendizaje de las artes marciales, del ‘wushu’, que engloba diferentes variantes. Zhu dejó ese centro mítico a los 18 años y empezó a ganarse la vida con espectáculos circenses con los que recorrió el mundo.

Luego se vino a España por amor y abrió el Centro Shaolin, primero en el centro, y después en la calle Fray Pedro Vives, entre Zaidía y Orriols, donde transmite, junto a otro profesores, diferentes conocimientos: artes marciales, clases de chino, cursos de caligrafía con caracteres chinos…

  • Foto: KIKE TABERNER

A este shaolin la gente le llama Zhu porque casi nadie se aclaraba con su nombre, Qi Hui, y estaba harto de que le llamarán kiwi, como la fruta. Zhu nació en Chongqing, una provincia con cerca de 30 millones de habitantes, más que en Camerún, Venezuela o Australia. Una megalópolis famosa por sus rascacielos de más de 350 y hasta 400 metros de alto. Él se crio allí y de niño empezó a recibir la influencia de su padre, Cheng Gui Zhu, que también fue maestro de artes marciales. A los cinco años ya empezó a practicar con su progenitor en mitad de la montaña. “Eran entrenamientos muy duros porque al principio es muy difícil. Tenía que practicar muchas horas”.

A los ocho años ingresó en el famoso monasterio Shaolin, un templo budista donde se enseñan las artes marciales y, al mismo tiempo, se educa en el principio de ‘Áhimsa’ (la no violencia). Un lugar místico construido al lado de un bosque con decenas de pagodas milenarias. “Allí el entrenamiento era muy duro. Cada día te levantabas a las cuatro y media, entonces tenías que salir a correr por la montaña, hacer un calentamiento y practicar las artes marciales. Después íbamos a desayunar y a estudiar. Allí desayunabas mucho pan chino, sopa de arroz, tofu, ensalada…  Y al acabar salías para ir al colegio. A la tarde volvías para aprender más cosas como meditación o budismo”.

Salió en varias películas

De pequeño le costó un poco, pero al final se acabó acostumbrando. Allí convivió con dos tipos de monjes: los budistas y los expertos en artes marciales. Su maestro fue un famoso monje de guerreros llamado Shi De Yang, de la trigésimo primera generación del Templo Shaolin. No eran muchos alumnos y las temperaturas endurecían los entrenamientos. “En verano hacía mucho calor y en invierno mucho frío y con nieve. Era igual que en las películas. El sitio es muy bonito”, recuerda.

A los 18 años decidió que ya quería vivir su vida. “Yo quería salir fuera y hacer otras cosas. Me fui al sur, a Hong Kong, y empecé a rodar películas de artes marciales sin necesidad de recurrir a un sustituto en las escenas de acción. Las hacía yo mismo, como Jackie Chan”. Zhu hizo un curso de arte dramático y estuvo un tiempo vinculado al cine. Después comenzó a meterse en espectáculos que le llevaron por todo el mundo.

Un día ingresó en el Circo Mundial y gracias a eso conoció España y actuó por diferentes ciudades. “Ahí hacía un espectáculo con armas y con algunas acrobacias”. En 2007 se vino a vivir a València. No quiere contar el motivo concreto, pero al final concede que fue por amor y porque le gustó la ciudad. 

El Centro Shaolin lo abrió en 2009, primero en el centro, en la calle San Vicente, después se trasladó a Benimaclet, al lado de la horchatería Els Sariers. “Luego volví al centro y de allí, después de la pandemia, ya me vine aquí, a la calle Fray Pedro Vives, donde llevo cuatro años”. En España siguió vinculado esporádicamente al cine y fue uno de los actores de la película ‘Anacleto, agente secreto’ (2015), que ganó el Goya a los mejores efectos especiales. “Ahí hacía un papel de malo. A mí, en España, siempre me ponen papeles de malo. En China hacía de bueno y de malo, pero aquí no”, cuenta Zhu mientras se ríe a carcajadas. También participó en la serie ‘Sin identidad’ y a otros les ha dicho que no porque está un poco harto de ser el villano de las películas.

El hábito del deporte no lo ha perdido y todos los días, aunque ahora tiene que dirigir su centro, hace algo. “Si no me muevo un poquito cada día, me parece que me falta algo”, explica. Zhu tiene más de cien alumnos. No todos van a aprender el Kung fu, el gimnasio también se ha convertido en un centro que enseña la cultura china. Esto lo explica Zhu mientras se entrega a la ceremonia del té frente a una fuente de madera con un pequeño buda que cambia de color cuando es bañado con agua caliente. El shaolin presume de la calidad del té mientras lo sirve en unos pequeños cuencos. Cada vez que le añade agua, el sabor el más intenso y también un poco más amargo.

Una trifulca en Fallas

Zhu, vestido con el Tangzhuang, una chaqueta tradicional china, prepara el té en una estancia donde hay dos de esas cabezas que siempre se ven en los desfiles chinos. Una cabeza de león y otra de dragón con su cola y todo. A un lado, silenciosa, sin abrir la boca, está su mujer, una chica de Corea del Sur que practica el taekwondo. Aunque allí, en el centro, van por otro lado y en una esquina hay una especie de burra de la que cuelgan varios sables y un bastón. Detrás hay unas lanzas metálicas. Zhu las coge y se ve al instante que las maneja con mucha habilidad y seguridad. Se mete en el papel de inmediato, se coloca en una postura llamativa y dispone las armas al gusto del fotógrafo, que se regodea ante el espectáculo.

“El conjunto se conoce como las 18 armas. Tenemos el palo, el sable, espadas, lanzas… Pero hay otras armas flexibles, otras largas, otras cortas… También se usan como armas herramientas de trabajo como una escoba, una pala o un bastón, lo que una persona puede tener a mano para defenderse”. A Zhu, que no le gusta la violencia, solo le ha tocado una vez recurrir a sus conocimientos en la calle. Fue en València, el primer año que estuvo durante las Fallas. En mitad de un tumulto, un turista grande, bebido y con un gran barriga, empezó a hablarle y a cogerle de un asa de la mochila para arrastrarlo. Zhu le preguntó varias veces qué estaba haciendo. El hombre, burlándose de él, al ver que era más pequeño, le embestía con su panza. A la tercera, el shaolin se hizo a un lado, aprovechó su fuerza y lo trabó con el pie para tumbarlo en el suelo. Ahí se acabó la broma.

  • Foto: KIKE TABERNER

Casi todos los años vuelve al China y visita el templo Shaolin. A veces se lleva a algunos amigos y alumnos de su centro para que lo conozcan. “El año pasado fuimos dos veces”. Allí y aquí le gusta ir vestido con la ropa tradicional. Su centro está lleno de detalles que evocan a su país. En una pared tiene un pequeño altar budista. Zhu habla un castellano muy correcto. No fue fácil. Al principio le costó porque el profesor de la Escuela Oficial de Idiomas iba “demasiado rápido”. Encontró la solución en su centro con una alumna. “Le propuse un intercambio: yo te enseño Kung fu y tú, español”. Algunos fines de semana le gusta ir a comer a los restaurantes de la calle Pelayo y dice que su favorito es uno que se llama Min Dou. Zhu sigue echando té en los cuencos y después de tres o cuatro hay que decirle que pare. Es un hombre muy atento y muy discreto. Nadie diría que es un gran luchador.

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