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tribuna libre / OPINIÓN

Verano, supongo

Foto: RAFA MOLINA
6/08/2022 - 

Hace poco vi una foto de un grafiti que decía “I hate summer”. No entendí al principio la intención y supuse que el artista despreciaba algún aspecto del verano, que quizá cuando era niño había sufrido insolaciones, picaduras de mosquitos a lo bestia y que la paella mixta de ese chiringuito infecto contenía trozos rotos de la cáscara de un mejillón junto a la carne de un pollastre hervido tras la muerte natural. Es posible que el artista de los botes de colores se encontrara en una playa rodeado de sombrillas, con los muslos no buscados de un señor no depilado, o que dos o tres medusas le rozaron los tobillos la mañana de aquel día de final de fútbol siete. Los artistas son coquetos, ya se sabe. Sobre todo se camelan a la gente con el rollo de epatar que nunca falla. 

Yo lo entiendo y lo defiendo, pero ese odio al verano, ¿por qué? ¿Una novia le hizo ghosting en la cita de las dunas? ¿O quizá fue en una fiesta donde solo había garrafón? Pobre artista que ahora oculta un trauma de la infancia en su excentricidad, y los traumas y las fobias, y las malas experiencias de los bichos, del calor, o del arroz-con-cosas no son más que eso, elementos puntuales. Una pena que el artista se olvidara del concepto, que es lo que hace grande a la estación, más allá de un día o de un instante.

No lo hice yo, pero en contestación al grafitero, alguien escribió en esa pared al día siguiente: “You hate hot sangría”. Esa contraparte me había leído el pensamiento. No por nada, sino por aquello que el verano representa -que lo es todo-, mucho más que playa o que montaña, mucho más que el sol o rebequitas por la tarde cuando cae la noche, mucho más que sunsets o Negronis, que las gotas y el salitre y ejercer de Burt Lancaster en la playa con las olas. El verano es el concepto de la vida sin esperas -nunca hay tiempo, ya no existe-, es remar cuando otros piensan, despertar con el aroma del café, enfrentarse al día a día sin barreras, descalzarse, olvidar los prejuicios, olvidarse incluso de uno mismo y encontrarse cuando cae la noche, cuando nada -ni la brisa, ni las sombras, ni siquiera las estrellas- son capaces de alterar el algoritmo no buscado. 

Foto: KIKE TABERNER

El verano es aplicarse en olvidar toda venganza, en denostar las inquietudes. Es dejar de lado lo que te sobra, es soltar el lastre para siempre -o intentarlo en todo caso-, es hablar y perdonar, y hasta entenderse, es incluso aquello que dudabas que una vez sucedería, tiene magia, no hay apego, porque solo recuperas la memoria allá en septiembre y hasta entonces todo es luz, un oráculo infinito. No hay etapas ni cabida para frases hechas, no hay apenas nombres, no los sabes ni siquiera pronunciar y da lo mismo, todo es igual, porque ya te has dado cuenta del absurdo que se adueña de lo estricto, del rigor y lo pautado. “I hate summer”, pobre iluso. Si cambiase al menos dos palabras, si inventase al menos un eslogan. “No al verano. Sí a las lentes de contacto”. Por lo menos que defiendan la lectura, que es lo mismo que decir que la abstracción es el concepto en el que fluye la anarquía. La anarquía como forma de esperanza, claro está.  

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