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MISIÓN SECRETA DEL EJÉRCITO ESPAÑOL

Vietnam, 'la millor terreta del món'

Entre 1966 y 1971 cerca de 50 médicos y ATS del ejército español sirvieron en el Delta del Mekong bajo la bandera americana. El régimen de Franco mantuvo un discreto silencio sobre este episodio apenas conocido

15/03/2018 - 

VALÈNCIA.- «¿Idealistas? Yo no vi a ninguno. Allí estábamos o por dinero o por hacer carrera, pero por idealismo te aseguro que no fue nadie», explica Antonio Gálvez (Córdoba, 1942), urólogo del Hospital Virgen del Consuelo de València. Gálvez podría estar jubilado, pero sigue atendiendo a sus pacientes cada día. Que siga yendo a su consulta pudiendo quedarse en casa llama mucho la atención en un país como España, donde no se estila eso de trabajar de más, pero hay un dato todavía más curioso en su biografía: fue uno de los 50 militares españoles que sirvieron en Vietnam durante lo que los locales llamaron Guerra de Resistencia contra América y que se prolongó entre noviembre de 1955 y abril de 1975.

La participación española en la que quizás sea la guerra más cinematográfica de la historia es una curiosa anécdota; secreta en su día y hoy casi olvidada. Tuvo lugar entre 1966 y 1971 y, durante este tiempo, algo más de medio centenar de médicos y ATS del ejército español atendieron en un hospital de Gó-Gông, una pequeña ciudad del río Mekong, ubicada a escasos 45 kilómetros de Saigón, un trayecto que requería casi tres horas de jeep. Gálvez fue uno de ellos.

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Este galeno tenía 27 años cuando tomó la decisión de irse a más de 10.000 kilómetros a una zona a la que media España aún conocía como 'la Conchinchina', donde las tropas españolas y las francesas había luchado codo con codo a mediados del XIX. No fue el ardor guerrero lo que le llevó hasta el sudeste asiático; tampoco su deseo de frenar el comunismo. Aunque algunos acudieron para viajar o vivir aventuras, sus motivos fueron más prosaicos.

«En el ejército, para poder hacer cirugía, tenías que esperar dos años y yo ya llevaba ocho meses en El Aaiún (Sahara español) y estaba hasta el gorro de tanto polvo, así que lo de irme a Vietnam tampoco me pareció tan mala idea mientras pasaba ese tiempo», explica. Además, «había una diferencia bestial de sueldo, porque el complemento de destino lo pagaban los americanos. Yo era teniente médico recién salido de la academia y cobraba 13.000 pesetas, que aumentaron a 24.000 por estar destinado en El Aaiún. En Vietnam había que sumar otros mil dólares que pagaban los americanos en una época en laque la divisa se pagaba a 70 pesetas», confiesa este médico que llegó al país asiático en mayo de 1971.

«Nos dijeron que nos pagarían dietas dobles de extranjeros pero no cumplieron»

Juan Pérez Gómez (Albacete, 1942) era ATS y tenía apenas 24 años cuando decidió dar el ‘sí quiero’. Estaba destinado en Palma de Mallorca cuando un superior se lo ofreció y dijo inmediatamente que quería ir. «Al verme tan dispuesto me dijo que no había prisa, que lo consultara en casa, con mi padre, pero le dije que no, que si se lo preguntaba no me iban a dejar». La conversación tuvo lugar en enero; en septiembre formó parte de la primera promoción de españoles —conocida como los 12 de la fama— que aterrizaba en Saigón en un avión de la TWA con «cuatro médicos, otros seis ATS y uno de intendencia que se pasaba el día viajando porque su papá era general». Así comenzó una etapa que marcaría su vida.

«La primera noche —recuerda— teníamos mucho miedo porque en la ciudad se oían tiros y se veían las balas trazadoras pero, como éramos españoles, acabamos yéndonos a un bar y, curiosamente, al poco de entrar sonaba Bésame mucho, que estaba muy de moda». Ese día durmieron en una residencia para el personal americano; luego, durante un año, su hogar sería una mansión colonial francesa adjunta al Hospital de Gó-Gông, con más de 150 camas (a veces con dos inquilinos) para la población local (unas 60.000 personas).

«Lo que me impulsó a ir era ver mundo y la verdad que no me arrepiento. Además, creo que nunca me he sentido más útil», añade. Como el resto de los españoles que pisaron Vietnam, «hicimos lo que pudimos, a veces sin medios, pero trabajábamos mucho y los vietnamitas nos querían mucho y nos lo agradecían». Sobre el dinero, apunta un dato que hasta ahora no se conocía: «Nos dijeron que nos pagarían dietas dobles de extranjeros pero no cumplieron. Cuando volví, al cabo de un tiempo, recibí la llamada de un abogado que quería organizarnos para reclamarlo pero preferí dejarlo como estaba».

¿Muertos? No gracias

En agosto de 1964, un incidente de ‘falsa bandera’ en el golfo de Tonkin —un inexistente ataque norvietnamita al destructor USS Maddox— permitió al presidente Lyndon B. Johnson obtener luz verde del Congreso para desplegar al ejército americano en Vietnam. Hasta entonces, solo había observadores. Un año más tarde, empezaron a llegar los primeros soldados y, a principios de 1966, ya eran cerca de 185.000. Países como Corea del Sur, Filipinas o Australia ayudaron a los norteamericanos en el esfuerzo bélico coordinados en la llamada Oficina de Asistencia Militar del Mundo Libre, conocido como el Free World.

«Como se suele hacer, recordemos Irak, uno de los objetivos del gobierno americano fue internacionalizar el conflicto», explica José Luis Rodríguez Jímenez, profesor de Historia en la Universidad Rey Juan Carlos y autor del libro Salvando vidas en el delta del Mekong, editado por el ministerio de Defensa en 2013. «Pero —añade— la invitación no llegó en el mejor momento y eso que las relaciones con Estados Unidos ya se habían normalizado en 1953 con el pacto de Madrid e incluso se podía decir que eran buenas».

Para Franco, la idea de enviar militares a Vietnam solo podía traerle problemas. Como explica este historiador, todavía estaba muy presente la Guerra de Ifni (Marruecos), que se prolongó entre noviembre de 1957 y 1958, y que oficialmente se saldó con 198 muertos, cifra que las asociaciones de veteranos aumentan hasta los 386, 574 heridos y 80 desaparecidos. «No había pasado ni una década desde la debacle por la que se perdió parte de los territorios del Sahara así que lo que menos necesitaba Franco en aquella época eran más muertos», añade Rodríguez Jiménez. 

«Evidentemente, Franco no podía dar la espalda a un aliado, así que, como otros países, se ofreció a enviar médicos», asegura Rodríguez Jiménez

Otro factor que influyó en la decisión de Franco fue el poder de los medios de comunicación falangistas que, con el tiempo libre que les daba estar a la espera de que se materializara la revolución pendiente, se habían mostrado muy críticos con la Guerra de Vietnam. «La Falange siempre jugó la carta del antiimperialismo y, en ese sentido, era muy crítica con EEUU, al que no veía como un aliado sino como un adversario y un enemigo. Para ellos, las bases militares que se estaban implantando en España eran una auténtica colonización», explica el historiador.

«Evidentemente, Franco no podía dar la espalda a un aliado, así que, como otros países, se ofreció a enviar médicos. La República Federal Alemana, por ejemplo, envió un barco-hospital. De hecho, estamos ante la primera misión humanitaria del ejército español», añade. En todo caso, hay que precisar que es cierto que el presidente de EEUU pidió ayuda, pero en ningún momento concretó de qué tipo.

Un dato muy curioso, y que aún sorprende, es que en respuesta a Johnson, Franco habló del líder del Vietcong en términos muy elogiosos, pese a ser comunista. «No conozco a Ho Chi Mingh, pero su historia y sus empeños por expulsar a los japoneses primero, a los chinos después y a los franceses más tarde hemos de conferirle un crédito de patriota (…). Podría ser sin duda el hombre de esta hora, el que Vietnam necesita», escribió el dictador.

Además (y en eso acertó) vaticinó las dificultades a las que se enfrentarían los americanos para ganar una guerra de guerrillas en la que los indígenas, «con muy pocos efectivos, pueden mantener en jaque a contingentes de tropas muy superiores». Juan Pérez reconoce que el análisis de Franco fue muy acertado: «El Vietcong le echaba muchos güevos y se enfrentaron a un enemigo mucho más poderoso, casi sin medios, pero es lo que pasa cuando unos luchan por su país y otros por lo que sea».

Más que secreto, reservado

«No fue una misión secreta estrictamente —insiste Rodríguez Jiménez— pero todas las comunicaciones llevaban el sello de Confidencial. El proceso fue muy hermético: El Estado Mayor Central de Madrid mandaba cartas a las capitanías generales, y de ahí a los acuartelamientos. A veces, la información que llegaba al voluntario era simplemente oral: y se le decía que si no estaba casado y estaba disponible, se suponía que iba a ser voluntario. De eso ya en el primer equipo hubo dos. Otros recibieron un papel o se enteraron y se presentaron».

«Lo cierto —explica Gálvez— es que allí no nos dejaron ni ponernos nuestros uniformes y llevábamos los de los americanos. De hecho, hasta la armas que llevábamos eran americanas; no había nada que nos distinguiera». Con el tiempo, la cabezonería se impuso y sí se bordaron en los uniformes el distintivo español. Juan Pérez recuerda que «en una ocasión íbamos a desfilar con todos los países del Free World, que es como se llamaba la entidad que agrupaba a los países colaboradores, con una bandera española en el jeep, pero a última hora nos lo prohibieron. ¡Se montó una! Durante meses hubo problemas para que nos llegara el dinero, pero al final todo se arregló».

En la prensa española, apenas hubo menciones a la presencia española en Vietnam. «Luis María Ansón, que estaba de luna de miel, creo, vino a vernos y se comió una paella con nosotros. Luego, mucho después, sacó algo en ABC, pero poco más hubo», recuerda Pérez Gómez. De hecho, el ejército no levantó el secreto hasta principios de los noventa. Pero para que la historia llegara al gran público hubo que esperar otros veinte años, cuando el canal Historia estrenó el documental escrito y dirigido por Manuel Alonso Navarro sobre la ‘guerra secreta’ de los españoles en Vietnam, en las mismas fechas —más o menos— en las que se publicó el libro de Rodríguez Jiménez.

En aquella época algunos militares acumularon más méritos en las cantinas que en las maniobras, por eso veían mal a los que fueron a Vietnam

Más allá del secretismo que impuso el régimen, hay otros motivos para explicar que esta misión cayera en el olvido. Algunos tienen poco misterio: apenas había contacto entre ellos. Al bajar del avión de vuelta, se dispersaban. A nadie se le ocurrió crear una asociación de excombatientes. Aunque hubo quien se reenganchó, la mayoría solo tuvo contacto con su quinta.

Por otra parte, la relación entre ellos no era buena, como reconoce Antonio Gálvez: «Entre los médicos nos llamábamos de usted y no había buena relación, salvo en casos concretos; con los ATS todos nos llevábamos mejor». Juan Pérez coincide: «como éramos ATS, nos miraban de otra forma pero entre los médicos había mucha rivalidad».

Por último, que hubiera españoles en Vietnam no sentó demasiado bien en un ejército que era más de rasgarse las vestiduras que de dar un paso al frente. Concluida la Guerra Civil, el único lugar en el que hacer méritos era el Sahara español, y no fueron tantos los voluntarios. De hecho, muchos acumularon más méritos en las cantinas que en las maniobras. A los que fueron a Vietnam —todos médicos— les dieron la Cruz al Mérito Militar con Distintivo Rojo. Quizás hubo más envidia que reconocimiento. 

¿Quién dijo miedo?

Aunque el conflicto en Gó-Gông no era tan intenso como en otras zonas, los bombardeos con morteros eran habituales, y en alguna ocasión alcanzaron incluso la casa en la que vivían los españoles. Aun así, la percepción del riesgo, entre los jóvenes, era otra. Cuando una bomba estalló junto a la residencia española, Juan Pérez se estaba duchando. La explosión casi le tiró al suelo pero no salió a buscar un lugar seguro sino una toalla: «No quería morir en pelotas, no me parecía serio», bromea.

Gálvez reconoce que pasó miedo los primeros quince días, luego se acostumbró. De hecho, el momento más tenso de su estancia no se lo debe al Vietcong sino al fuego amigo. Un día, de camino a Saigón, iban a atravesar los puentes de madera que surcaban el Mekong y en los que solía haber una torreta con vigilante. «Una vez me salté un control», cuenta el urólogo, «y el vigilante me puso un rifle en la cabeza. Peter J. Gallego, un americano que hacía de traductor me gritaba ‘no te muevas, no te muevas’ y yo le decía ‘pero si saben que somos amigos’. Y él insistía, ‘vale, vale, pero no te muevas que te pega un tiro».

La misión española en Vietnam se cerró en 1971. Para entonces, la guerra estaba ya más que perdida. En enero, los americanos dejaron incluso de usar Napalm y los esfuerzos por vietnamizar el conflicto —sacar a sus efectivos— se aceleraba día a día. En EEUU la oposición también aumentaba y, en mayo, Kissinger inició las negociaciones en secreto para acabar con la guerra. Si la primera misión española fue de doce personas, en la última eran solo ocho. Franco optó por la bomba de humo y, con la misma discreción que puso en marcha el programa, lo cerró. Hoy, con la mayoría de los 50 participantes muertos, hay cada vez menos posibilidades de recuperar este curioso episodio de nuestra historia.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 41 de la revista Plaza

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