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SILLÓN OREJERO

Viñetas del cerco de Leningrado

31/12/2018 - 

VALÈNCIA. Recientemente, pude visitar el Museo Ruso de Málaga donde hasta febrero de 2019 hay expuesta la colección Radiante porvenir. El arte del realismo socialista. Son cuadros políticos, retratos de Stalin, por ejemplo; hay imágenes de propaganda, como mujeres soviéticas obreras y trabajadores del metal con miradas llenas de fuerza y dignidad, y también óleos que sustituían a la fotografía, como los relativos a la reconstrucción de las ciudades. Durante la visita, mi guía, ante un cuadro sobre Leningrado, me explicó que para muchos historiadores fue ahí donde los nazis perdieron la guerra, en lugar de en Stalingrado.

Es curioso que el sitio a esta ciudad, en el que murieron casi dos millones de personas, haya tenido una presencia limitada en la cultura popular. Fue el mayor asedio de la era moderna, 900 días, hasta que el de Sarajevo superó los 1000.

Lucha en do mayor fue un cómic publicado en España por Planeta Cómics en 2012. El guión era del francés Céka (Erick Lasnel) y el dibujo de Borris (Boris Joy-Erard). Su dibujo era difícil de olvidar, pues recurrió al recurso de humanizar animales, el acierto de Art Spiegelman en Maus, y todos los personajes eran representados como cerdos.

La historia se centraba en la famosa Sinfonía de Leningrado de Dimitri Shostakovich. Una interpretación histórica porque elevó la moral de los ciudadanos sitiados y también porque fue ejecutada por músicos que estaban al borde de la inanición y que apenas podían sostener sus instrumentos, como refleja una de las viñetas, con un anciano violinista que ha dejado caer sus brazos y su instrumento incapaz de seguir el ritmo.

El punto fuerte de la historia, no obstante, está al principio, cuando mueren todos los miembros del comando que se han lanzado en paracaídas para introducir la partitura en la ciudad. Cuando la reciben los militares a cargo de la defensa de la ciudad uno de ellos grita contrariado: "Le pido refuerzos, munición, alimentos... ¡y me envían una partitura!".

Pese a las licencias poéticas de convertir la música en un arma defensiva, Céka se toma demasiadas libertades a la hora de aventurar las reacciones de los militares, hijos de las purgas de los años 30, al recibir una orden de Stalin. Ocurre lo mismo con otra de las protagonistas, que se queja del sistema delante de los músicos de la orquesta. Sucesos altamente improbables.

En otras viñetas se muestra en toda su crudeza la lucha por la supervivencia. Los ciudadanos de Leningrado se vieron obligados a comerse a sus animales domésticos. La cartilla de racionamiento oficial no daba para mantener a una persona viva. A partir de su trozo de pan diario, solo les quedaba audacia, imaginación y pocos reparos y escrúpulos relacionados con el asco.

Hay una doble vertiente de este aspecto, del hambre, que se trata de una forma un poco perversa. Sabido es que los sitiados se comieron a sus gatos. Así lo reveló, entre otras muchas fuentes, el diario de Lena Mujina, "la Ana Frank de Leningrado" (Ediciones B, 2013) sin grandes reparos:

"Hoy hemos tomado una sopa deliciosa con carne y macarrones. Aún tenemos carne de gato suficiente para dos veces, y para tres veces de la americana, después no se sabe qué ocurrirá. Estaría bien conseguir en algún sitio otro gato, así volveríamos a tener suficiente para un tiempo. Sí, nunca pensé que la carne de gato sería tan sabrosa, tan tierna (...)Si no hubiéramos matado a nuestro gato, Aka habría muerto antes y ahora no tendríamos esa cartilla de más que ahora a su vez es nuestra salvación. Sí, gracias a nuestro gato que nos dio de comer durante diez días. Todo ese tiempo un solo gato sustentó nuestra existencia"

Los autores del cómic no solo muestran reparos para contar esta realidad, es que sitúan a los protagonistas cazando ratas con la ayuda de los gatos, a los que quieren mucho y acarician. Cuando una de ellas se entera de que un amigo suyo se ha comido a su gato, se indigna. Es absurdo moralizar este hecho, pero lo es más hacerlo en un contexto en el que se muestra después, en una sobrecogedora escena, que muchos ciudadanos ya habían recurrido al canibalismo.

El cerco de Manfred Sommer

En 1980, se publicó en Comix Internacional una historieta de Sommer sobre el cerco de Leningrado también digna de ser reseñada. Era un número cuyo editorial ahora haría llorar al niño Jesús. Se quejaba el editor de que las revistas de cómics en España estaban tirando entre 20.000 y 40.000 copias, cifras cuya media "no llega ni a un tercio de lo que imprimen revistas semejantes en Francia e Italia, donde los editores se quejan de estar sumidos en una dura crisis".

Sommer, el catalán-alemán-andaluz-apátrida-espíritu volátil, como lo define Toutain en la revista, y nacido en San Sebastián, era un dibujante fuertemente impresionado por las guerras del siglo XX. Se había iniciado en el dibujo, como tantos otros, gracias a una convalecencia, en este caso, tifus. Fue dibujante de historietas románticas y bélicas en París y Bélgica hasta que regresó a España como ilustrador. Estuvo veinte años sin tocar las viñetas hasta que en el boom del cómic adulto creó a su personaje Frank Cappa, un reportero, como Tintín, pero en los conflictos más violentos. Un hito del cómic español de los 80.

En este número, sin embargo, dibujó Karelia. Una historia bélica, arquetípica, donde en las inmediaciones de la ciudad, en una contraofensiva soviética, dos soldados, uno de cada bando, se encuentran en un agujero. La gracia del relato es que ambos soldados son músicos de profesión. El discurso ácrata y pacifista estaba presente todo el rato, como cuando el alemán decía apesadumbrado: "Soy alemán, como podría ser ruso o polaco, yo no le debo nada a mi país, en cambio mi país sí que me debe mucho a mí. Me debe el que yo esté aquí, metido en el barro ruso, malgastando mi vida y arriesgándola constantemente". El final, igual. Estaba cargado de mensaje.

En Hazañas bélicas

En los años 50, el catalán Guillermo Sánchez Boix también se vio seducido por el cerco de Leningrado. Aunque, en su caso, a quienes situó allí fue a las tropas de la División Azul. Ante tanto horror como el descrito y el documentado en Leningrado, es importante que sepamos en España que voluntarios y voluntarios forzosos de nuestro país participaron en el cerco.

En la historieta, dos soldados españoles intentaban rescatar a los posibles supervivientes de un Heinkel que había sido derribado. "Por muy remotas que sean las posibilidades de hallar a alguno con vida, vale la pena intentar el rescate, un herido abandonado entre las líneas corre el peligro de ser atacado por los perros hambrientos que pululan por la tierra de nadie". El contraste con nuestro tiempo es que se mostraba a los soldados soviéticos como "famosos por su crueldad" por registrar a los cadáveres y apoderarse de lo "aprovechable" sin enterrarlos, dejándolos a merced de los perros. Al final, los protagonistas se conforman con darles "cristiana sepultura". Nosotros, en aquella época, a lo nuestro.

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