EL CABECICUBO DE DOCUS, SERIES Y TV  

Vivir en plazas de garaje: la serie distópica 'The Architect' mejor que no dé ideas

Premiada en el Festival de Berlín, la serie noruega protagonizada por Eli Harboe (Succession) plantea un escenario distópico en el que parte de la población ha empezado a ocupar parkings para vivir en las plazas de aparcamiento con unas cortinas como tabiques. Las empresas pronto le verán potencial al negocio y tratarán de vender cada plaza como estudio simulando luz solar con iluminación artificial. Una distopía para un futuro no muy lejano...

26/08/2023 - 

VALÈNCIA. Hay un hecho en los procesos de gentrificación que es incuestionable. Todas las promesas que se realicen sobre las bondades de una reforma urbana, como puedan ser las tan necesarias peatonalizaciones, son para los que lleguen después. En cuanto se mete un euro en una zona, ese euro va directo al precio que pagan los locales si no son propietarios. El otro principio incuestionable es que el dinero constantemente está buscando rentabilidades potenciales y, si hay algo que le motiva, es lo que es gratis. 

Al hilo de esto, me resultaba gracioso ver en redes sociales cómo estadounidenses se quejaban, al pisar Europa, de que su cultura es una gran estafa. Solo pueden ir en coche a cualquier sitio, las ciudades ni están pensadas para andar ni permiten peatones en muchos tramos. El coche es un dinero, pero la falta de ejercicio también. Luego para moverse tienen que pagar gimnasios. En las ciudades europeas, sin embargo, se puede ir andando o en bicicleta en muchas de ellas, no es necesario que cojas el coche para irte a un sitio a pasear. Al verlo, lo usuarios de visita en Europa se quejaban de que en Estados Unidos se las han arreglado para que gastes dinero para existir. Ría, pero a esto también vamos nosotros.

La serie noruega The Architect explora esa idea desde las tripas de la bestia. La protagonista, Julie (Eli Harboe, la actriz que interpreta a la asistente del inversor europeo que compra Waystar Royco en Succession) es becaria en un estudio de arquitectura que explora nuevas formas de negocio. Como Julie, que acaba de llegar a Oslo a trabajar, va muy justa, le han denegado una hipoteca para comprar un piso, solo puede alquilar en el mercado negro una plaza de garaje en un parking abandonado. 

En un futuro sin coches, o en el que solo pueden tener coche los bolsillos más pudientes, lo primero que se liberaría es espacio, sobre todo subterráneo. La ciudad está perforada por todas partes para albergar plazas de aparcamiento. En esta distopía situada en Oslo se parte de la base de que hay parkings vacíos, en desuso, y se están alquilando como viviendas. La idea no tiene nada de descabellado, siempre se han alquilado espacios sin cédula de habitabilidad, ya sea en antiguas fábricas, locales, oficinas o almacenes. 

El problema que plantea The Architect surge cuando quien tiene que vivir ahí abajo no es una persona sin hogar o una trabajadora mal remunerada. Otra de las ideas escalofriantes de la distopía es que las tiendas de ropa de lujo tienen maniquíes humanos en los escaparates, personas que luego se tienen que ir a vivir bajo tierra porque no les llega para más. Sin embargo, cuando quien pone un pie en la vivienda subterránea es una licenciada, empieza a cavilar la rentabilidad que tiene todo ese tinglado. 

La serie es inquietante porque el escenario distópico no parece futurista, sino de pasado mañana, de dentro de cuatro días. No por casualidad, la inspiración a los guionistas, Kristian Kilde y Nora Landsrød, les llegó cuando buscaban un piso y descubrieron que solo podían permitirse una plaza de garaje. Del mismo modo, las condiciones penosas de la becaria en el estudio de arquitectura, también estaban tomadas al natural. Parte del equipo de producción es noruego y parte danés, cuando fueron a ver cómo funcionaban este tipo de empresas, encontraron que en Dinamarca, donde los sindicatos han perdido fuelle, muchos arquitectos jóvenes trabajaban gratis o por muy poco dinero. En Noruega, en cambio, los sindicatos seguían siendo fuertes y se cobraba desde el principio. En ese punto, tomaron la vía danesa e imaginaron un futuro sin sindicatos en el que, como corresponde, buena parte de los trabajadores no son ni remunerados. 

Es de agradecer también que The Architect tenga un humor negro corrosivo que la aleje del tono lastimero que ha imperado en la crítica social de los últimos quince años. Lo que es extraño es su división en cuatro capítulos, cuando perfectamente podría ser un mediometraje. Si por algo tiene potencial la televisión es por poder albergar ideas locas con presupuestos modestos, especialmente ficciones que aborden la realidad y la actualidad en la que vivimos de forma inmediata. La Unión Europea a través de Arte u otros proyectos con capital público podría intentar servir de soporte para fomentar que pudiéramos tener un The Architect semanal con la musculatura de todo el talento y la industria europea detrás, pero por ahora no hay suerte. A nadie se le enciende la bombilla.

Quizá la explicación pueda encontrarse en la gran conclusión que se desprende de la serie. Aquí no se piensa en perspectiva ni a largo plazo por el bien común, esto es un todos contra todos. La solidaridad solo existe cuando a uno le va mal, cuando a uno le va bien, la felicidad mira a la desgracia con la mayor indiferencia.