CRÓNICAS DE UNA MADRE ANUNCIADA 

Yo nunca he… con Pocoyo

22/04/2023 - 

VALÈNCIA. Me parece fascinante la capacidad que tenemos la mujeres para contarnos toda nuestra vida en lo que dura una botella de vino.  Porque hablar, hablamos las que pertenecemos al género femenino. 

Estoy de cena con un grupo de amigas en un conocido restaurante de “picaeta” valenciano. Durante el transcurso de la misma un Rioja aceptable corre abundantemente por nuestras copas.  

Las conversaciones saltan de tema en tema, se mezclan, suben de volumen y se pausan brevemente mientras unas salen y un par de cigarrillos consumen.  A la que no le da tiempo a opinar se le pasa el turno, las risas no fallan y los silencios no existen ¿Silencio? Sí. Somos ese tipo de clase de amigas.  

Cuando surge el tema del amor todas escuchamos atentas el relato.  Es el único momento de la velada en el que ritmo de nuestra disparatada cháchara se frena. Cada detalle importa para entender cada historia.  Y nos ponemos profundas. Culpo a la segunda botella de nuestra intensidad y euforia.  Pero ahí estamos una noche más arreglando el mundo hasta que una lanza la pregunta del millón : “¿Cada cuánto tenéis relaciones?”. 

“Mi vida sexual se ha complicado desde la llegada de los niños”, confiesa una de forma rotunda. Otra amiga asiente y comparte que entre el trabajo y el poco tiempo libre que le queda lo dedica a criar con pocas fuerzas para copular.  La parte soltera de la mesa se lleva las manos a la cabeza: “ ¿Habláis en serio? Pero si eso nunca debería dar pereza”, exclaman preocupadas. 

“No seáis exageradas, la cosa es encontrar el momento. A nosotros el otro día nos dio el apretón, le pusimos Pocoyo y pasamos a la acción”, suelta otra con sonrisa traviesa ante nuestra mirada atónita. “¡Venga! No me digáis que nunca lo habéis pensado. Si la cosa se pone caliente, los dibujos animados son tu mejor aliado”, prosigue retadora. 

Otra amiga nos cuenta a modo confidencial que ella y su pareja de años tienen un calendario para evitar caer en la monotonía. Saca el móvil y nos lo muestra: “Mañana me toca”, dice. “¿Y si no te apetece?”, preguntamos. Nos revela que aunque a veces cuesta mentalizarse, le ha cogido el gusto al sexo programado y que tiene su morbo saber el día y la hora de un placer pactado.  

Y entonces sale una nueva experiencia a escena: “Yo no creo que sea cuestión de cantidad, sino de calidad, así que no cunda el pánico las que hayáis perdido cierta regularidad”. Y se explica la protagonista: “Es cierto que estamos más cansados pero a veces cuando la niña se va a dormir nos miramos cómplices y no desaprovechamos la oportunidad. Se da en pocas ocasiones pero es loco, desenfrenado y muy divertido”.

Tras su declaración, no puedo evitar imaginarme a esta pareja que conozco montándose una escenita improvisada de porno amateur por toda su casa y besándose sin tregua cual teenagers clandestinos mientras su dulce retoño duerme plácidamente. Y entonces se me viene a la mente, ¿hacían lo mismo nuestros padres o es solo algo de nuestra generación presente?

Por suerte me saca de mis pensamientos otra anécdota sin desperdicio. 

“Nosotros siempre tenemos a mano un sonajero, así que si se pone a llorar durante el salseo, además del meneo le damos a eso para calmarla”. Se hace un silencio generalizado. “Espera, espera ¿y eso no os distrae más?”, me atrevo a preguntar. “No, pero por lo visto a mis vecinos sí, que ya nos han preguntado si estamos aprendiendo a tocar un instrumento musical. La zambomba les digo yo”. Todas sin excepción estallamos a carcajadas. 

Llego a la conclusión que en la reglas del roce no hay nada escrito. Cada pareja, en su intimidad,  tiene sus gustos personales y esconde un universo privado para el goce. 

Ahora bien, si con niños de por medio cuesta encontrar un hueco, tengo claro tres cosas: las ventajas de una suscripción a un canal infantil, lo bien que se lo montan mis vecinos cada vez que escucho sonoros juguetes en horario matutino y que la pérdida de ganas son evidentemente un mito. 

Dicho esto nadie debería sentir nostalgia por la falta del hábito. Todo es cuestión de replantearse la nueva situación para hacer palpitar de nuevo la ley de la excitación. Y si ni con esas, un aquí te pillo aquí te mato de toda la vida. 

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