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CARTAS DESDE BOLONIA

Yo soy tu fake. Los escritores que resucitan en Twitter

¿Por qué triunfan los montajes en internet? ¿Por qué se atribuyen textos, se retocan imágenes o se habla en nombre de otro? Entre risas y provocaciones, la cultura de la distorsión penetra también en el campo literario

20/06/2016 - 

BOLONIA. Circulaba hace algún tiempo por los muros de Facebook una cursilada en el nombre de Neruda: “Muere lentamente quien no viaja, / quien no lee, / quien no oye música”, y hasta aquí puedo leer. Neruda y cursilada, de nuevo, unidos pueden. Este texto se reproducía sucesivamente en montajes con música, citas a cuento de nada, collages con el rostro del poeta mirando la playa de Isla Negra, o fumándose una pipa, o redondeando su perfil sobre fondo blanco. Pero estos versos en realidad pertenecían (o pertenecen, al parecer) a la poeta brasileña Martha Medeiros. Somos carne de Power Point.

Peor fue lo de García Márquez, al que le atribuyeron un poema titulado “La marioneta” en el que invocaba a Dios, a Serrat y a Benedetti aunque no por este orden. “Si por un instante Dios se olvidara / de que soy una marioneta de trapo / y me regalara un trozo de vida, / posiblemente no diría todo lo que pienso, / pero en definitiva pensaría todo lo que digo. / Daría valor a las cosas, no por lo que valen, / sino por lo que significan. / Dormiría poco, soñaría más...”. Basta. Pido perdón.

La era de la comunicación, al mismo tiempo que ha proporcionado nuevas plataformas de visibilidad para los creadores, ha multiplicado la capacidad de propagación de todo tipo de fakes. Walter Benjamin constataba ya en los años treinta, a partir de la fotografía, del cine, de los periódicos y demás artilugios modernos, la pérdida de aura de la obra artística dada la reproductibilidad de la imagen y la circulación de copias. Se perdía así, en opinión de Benjamin, la exclusividad de la emoción con el original, la epifanía o el encuentro con la obra artística en mayúsculas.

En este sentido, extremando la capacidad tecnológica, internet supone un desarrollo exponencial hacia la pérdida del aura; pero más allá del distanciamiento y la presencia de cada vez más mediadores entre obra y espectador, se agranda un problema fundamental para nuestra cultura: la detección de la verdad. Con la comunicación masiva, se hace cada vez más complicado rastrear el original de Courbet en una galería de imágenes de Google, detectar el tamaño o el color, comprobar tal o cual detalle del Entierro en Ornans. Paradójicamente, cuanta mayor visibilidad en la red, mayor inestabilidad de la idea de verdad; trasladando esta idea a otros ámbitos, a nadie se le escapa ya que la sobreinformación es una sutil estrategia de despiste de la opinión pública. Por ejemplo.

La conquista de la verdad siempre provocó asedios, insidias y engaños. Jacques-Louis David pintando la muerte de Marat frente al ordenador, o Rowan Atkinson poniendo caras a cuadros de Leonardo Da Vinci o Gilbert Stuart gracias a la intervención de Rodney Pike. Más que cultura de la sospecha, la nuestra es una cultura de la distorsión. Hoy un fake es creíble porque hemos autorizado la multiplicación de imágenes y (felizmente) hemos dado carta de credibilidad a agentes más allá del Museo del Louvre o la Enciclopedia Británica. La democratización era esto: perder aristocracia a base de guillotina, conquistar la libertad y el libertinaje, que es la palabra sexual para referirse a la confusión o al divertimento.

Yo soy tu fake

Cuando en plena juventud Mario Vargas Llosa cumplió ochenta años, el Presidente (ya en funciones) Mariano Rajoy se aprestó a felicitarle por Twitter, dejando incluso su breve pero elegante firma: MR. Entonces una de las más de veinte cuentas fake del escritor reprochó al Presidente que llamara “español” al Nobel cuando en realidad es peruano. Dicho sea de paso, Vargas Llosa tiene doble nacionalidad, pero el revuelo de la supuesta metedura de pata no se hizo esperar.

¿Tiene cuenta de Twitter Mario Vargas Llosa? No. Pero hay quien se divierte imaginando lo contrario. Y sobre todo, hay quien está dispuesto a creerse cada tuit.

Por Twitter han aparecido Mariano José de Larra, Benito Pérez Galdós, Juan Valera, Pedro Antonio de Alarcón, Miguel de Cervantes o Emilia Pardo Bazán. Pero en tono medio jocoso, medio divulgativo. Sus cuentas no tienen largo recorrido ni muchos seguidores, pero algunas de sus pequeñas obras en 140 caracteres bien merecerían un RT.

La cultura del simulacro se une a la cultura del entretenimiento, donde autor, obra y contexto desaparecen en favor del puro juego. De la risa y de la burla. Nada más cervantino, por cierto. Con un poco de suerte, algunos de estos fakes se reconocen en otro tiempo y en otro espacio, y es entonces cuando encarnan en plena era virtual las disputas que llevaron a cabo en siglos pasados. Es delirante la pelea de barrio que Francisco de Quevedo y Luis de Góngora libran por Twitter. Las disputas estéticas y personales que mantuvieron los dos genios barrocos se reducen ahora a un intercambio de insultos y difamaciones no exentas de ingenio.

De otro modo: diríamos que actualizan el “Érase un hombre a una nariz pegado” o el famoso “Yo te untaré mis obras con tocino / porque no me las muerdas, Gongorilla, / perro de los ingenios de Castilla, / docto en pullas, cual mozo de camino”. Aunque admitamos que con menos técnica, pero no con menos gracia.

Sobre el gran fake de la Transición escribió Javier Cercas su última novela, El impostor. En ella cuenta la historia de Enric Marco, un falso superviviente de Mauthausen que se dedicaba a dar charlas y conferencias (entre ellas en el Congreso de los Diputados) relatando la experiencia concentracionaria que nunca había vivido. El historiador Benito Bermejo se encargó de desenmascararlo, y antes de que saltara el escándalo Marco tuvo que anular su participación a última hora en la ceremonia conmemorativa de los sesenta años de liberación del campo de Auschwitz. Santiago Fillol y Lucas Vermal le hicieron un documental, Ich bin Enric Marco. Y ahora Marco, agraviado por tanta acusación, se presenta a las presentaciones de Javier Cercas a tomarse la justicia por su mano y a increparle.

 El fake del fake es probablemente de los mejores de la historia de Twitter:

El autor como personaje propio

La semana pasada Milena Busquets colgaba en las redes sociales una foto tomada en un baño del aeropuerto de Qatar en la que aparecía un símbolo de mujer con burka y un letrero anunciando que era un lugar para el rezo de mujeres. Por esos días, Gabriela Ybarra retuiteaba una entrevista suya aparecida en el ABC en la que confesaba su admiración por Barbara Pym y Rosa Montero, comprometida con la causa animalista, felicitaba a Valencia por haber prohibido el bou embolat en Benimàmet y en el resto de la ciudad.

La búsqueda de una voz propia no se da hoy solamente en los libros, sino también en los perfiles de internet de cada escritora. Son numerosos los casos en los que las autoras no se limitan solo a hacer propaganda de sus libros, presentaciones o entrevistas, sino que intervienen activamente, responden y hablan de otras cosas. Arturo Pérez Reverte quedaba siempre con sus seguidores los domingos en lo que él llamaba “el bar de Lola”, es decir Twitter, y allí departía con ellos y repartía estopa a diestro y (sobre todo) siniestro.

Ferran Torrent comenta partidos de la selección española, de la Eurocopa de Francia o de la final de la ACB, mientras tuitea sobre Gay Talese o Antonio Soler. Quim Monzó retuitea comentarios desconcertantes y fotografías de Artur Mas, Francesc Homs, la CUP o los hooligans ingleses que montan altercados en Marsella. Javier Pérez Andújar completa su catálogo de cosas de pobres: firmar manifiestos es de pobres, evolucionar es de pobres, tener dinero es de pobres... y comparte canciones de Eskorbuto, de Lolita Flores o de Los inhumanos.

Atender los requerimientos de internet no solo significa estar en contacto con un público hiperconectado, sino que ayuda a marcar una personalidad o una identidad propia como escritor. Una identidad fake u honesta, fingida o auténtica. Me temo que de esa disyuntiva, y a esas alturas, ya nadie nos puede librar.

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