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LA VANGUARDIA EN MEDIO AGUACATE

Yo también te quiero, Maurizio

Todos los días desayuno una tostada con tomate, un zumo de naranja y un café con leche.

| 05/05/2017 | 4 min, 29 seg

Cuando voy de viaje y el desayuno está incluido, desplegado en forma de orgiástico buffet, se me hace la boca agua, me lo comería todo en orden cromático ascendente. Me acabo comiendo una tostada con tomate, un zumo de naranja y un café con leche.

Erik Satie decía que si algo te aburre, hazlo de nuevo, si te sigue aburriendo, hazlo otra vez, si te sigue aburriendo, una vez más. Así hasta que deje de aburrirte.

El personaje de la última novela de Vila Matas, Mac, desarrolla toda una filosofía de la repetición, una magia que consiste en conectar el pasado con el presente, Mac y su contratiempo.

Yo creo que cualquiera que haya tenido relaciones, al menos de las clasificadas de implosión, tipo madre-hijo o pareja-pareja, sabe perfectamente que el relato de la cotidianeidad se vuelve infinito, proustiano, que la pequeña puerta de la rutina da directamente al universo así en bruto, con sus galaxias, sus estrellas fulgentes y sus agujeros negros. Es decir a la totalidad del espacio y tiempo, ahí es nada.

Que el mundo se contiene en un grano de arena, que diría Blake.

También en un grano de maíz o de arroz.

Todo esto viene a cuenta de una crítica negativa que leí el otro día de Mugaritz, el restaurante probablemente más vanguardista de España, incluso de Europa, incluso del mundo, que cabe en un grano de arena. El comensal aseguraba, un tanto disgustado, no haber entendido el discurso allí planteado (y sí, de un tiempo a esta parte, se cocina desde púlpitos y no desde fogones). Se mostraba decepcionado por un menú que a tenor de sus comentarios, yo me atrevería a calificar de áspero, híspido y hasta ríspido.

No he estado nunca en el susodicho restaurante (¿por qué cuelga siempre una sospecha de la palabra susodicho?) pero su crítica me llevó a imaginar un lugar donde servían abstracciones de jugo de remolacha y performances de cabezas de merluza. Vislumbré incluso el momento cumbre de la noche, un camarero sirviendo el plato estrella, la elaboración más conceptual, la propuesta más depurada y condensada: el vacío sobre plato blanco.

¿A qué sabría el vacío universal?

Internet me chivó que el menú nada tenía que ver con mis delirios, por descontado. Que incluía Ideas amargas de terciopelo, sí, pero también merluza en blanco Doburoku, anchoas sufladas, beso helado de ostras, brioche de aceitunas y flor de jerez, buñuelo cremoso de azafrán o civet de sangacho entre otros platos, que ellos llaman creaciones.

Y de repente apareció. Solitario en el centro del menú: medio aguacate sobre fondo blanco. Sin más, sin elaboración, sin aliño, como dejado caer sobre el plato. Medio aguacate. Inquietante. Espeluznante me atrevería a decir.

Cerré la página con estupor mientras asaltaban mi cabeza Maurizio Cattelan y su troupe en aquella bienal de arte caribeña donde no se expuso ni una sola obra. En las paredes de su sede no colgó nada. En las piscinas del complejo de lujo flotaron en cambio una selección de artistas borrachos seleccionados por Cattalan que acudieron ligeros de equipaje, sin obra física alguna. En eso consistía la bienal, en pasarlo bien. En otra ocasión, Cattalan decidió presentar en Amsterdam una serie de obras de un artista que había robado la noche anterior en la galería de al lado, lo que le llevó a ser detenido. Y otra más: el día de la inauguración de una de sus esperadas exposiciones, el artista colgó su obra en forma de mensaje en la puerta: Vuelvo pronto.

Sin dejar de reconocer la potencia metafórica de ese discurso metartístico, la crítica guasona al mercado del arte desde dentro, empezó a darme miedo el hecho de que todo estuviera siendo reducido a mero discurso, a puro blablablá.

 ¿Acaso porque es justo lo que vendo yo?

Me pregunté si la comida debía ser necesariamente agradable al paladar, cumplir con la función del placer o era lícito que provocara emociones negativas con tal de provocar emociones. Si podía equipararse ese buen sabor con el concepto de belleza griega, hoy teóricamente rebasado por el arte. Si la originalidad es un valor absoluto, indispensable en toda obra de creación, o por el contrario existe un punto, un punto exacto en que la creación empieza a perder valor fagocitada por ese voraz afán de originalidad.

Si en todas los disciplinas son necesarias las vanguardias que abren camino nuevos desde la trinchera  aunque a veces disparen a inocentes. Si medio aguacate podía considerarse una bala perdida.

Mientras desayunaba mis sempiternas tostadas con tomate, mi zumo de naranja y mi café con leche, me entraron de pronto unas ganas locas de probar Mugaritz, de arrojarme a los brazos de las nuevas experiencias, de arriesgar mi integridad a cambio de emociones.

En la cumbre de su carrera, Maurizio Cattelan decidió retirarse aduciendo que no quería convertirse en  una copia de sí mismo.

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