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la nave de los locos / OPINIÓN

Canallas admirables

¿Se puede ser un canalla y un genio del arte o la interpretación? Se puede, por supuesto. Mirad a Kevin Spacey. Al menos la mitad de la historia del pensamiento y la cultura está protagonizada por personas de dudosa catadura moral. Entre ellas hay usureros, pederastas, asesinos y maltratadores. A menudo el talento esté reñido con la virtud

20/11/2017 - 

Dentro de poco, si nadie lo remedia, veremos a Kevin Spacey pidiendo trabajo en algún microteatro de Ruzafa en València. Desde que supo que había acosado a personas de su mismo sexo, preferiblemente de edad tierna, se ha convertido en un apestado. “Depredador” le ha llamado la prensa sensacionalista con la escasa originalidad que le caracteriza. Nadie quiere cuentas con él, ni Netflix ni Ridley Scott, por cuya última película, todo hay que decirlo, no tenemos especial interés. 

A Kevin —permitidme que emplee este tono coloquial sin haberlo conocido en persona— lo descubrí en L.A. Confidential, basada en la novela homónima de ese furibundo defensor del capitalismo llamado James Ellroy. La película la vi en el desaparecido cine Artis. Volví a constatar su talento interpretativo en America beauty, con la que obtuvo el Óscar al mejor actor en 1999, y en Margin Call, una de las mejores películas que Estados Unidos rodó sobre El Gran Engaño, al que los economistas se siguen refiriendo como la Gran Recesión. Y de Margin Call no pasé porque, al ser pobre y alimentarme sólo de televisión generalista con mis raciones diarias de detritus, no pude permitirme seguir su éxito en la serie House of Cards.

Con su conducta intolerable, Kevin Spacey se ha convertido en el payaso de las bofetadas de Hollywood, el famoso que la industria necesitaba para exculparse de tantos abusos. El mundo descubre hoy, cínicamente, que Hollywood es machista. Y así comienzan a proliferar las denuncias de actrices que sufrieron acoso sexual hace veinte o treinta años. Ellas están en su derecho de hacerlo público si así sirve para combatir la violencia contra las mujeres, pero ese largo silencio es sospechoso. Parece una actitud oportunista. Habría que preguntar por aquellas actrices que dejaron su profesión al no transigir con los deseos de un productor o un director y que, de haber tenido talento, tal vez hubiesen triunfado como Meryl Streep. Este era el peaje que muchas actrices, y algunos actores, tuvieron que pagar por ser estrellas. Ahora, siendo ya famosos y ricos, lo recuerdan con llamativa indignación.

Buenas personas y malos novelistas

El caso de Kevin Spacey ha reabierto el debate sobre si los vicios de un artista o de cualquier creador, sea músico, escritor o pintor, cuestionan su talento y acaban por ensombrecer su obra. En este tiempo gobernado por el pensamiento blando y correcto, una mayoría diría que sí; yo me sitúo, como siempre, con la minoría. A mi juicio, la virtud y el talento son realidades separadas. Es más, la virtud no presupone el talento. Ya escribió André Gide que con buenas intenciones sólo se hace mala literatura. Cabe recordar a novelistas de gran corazón, muy queridos en vida, como José Luis Sampedro —a quien entreviste en su casa de Cea Bermúdez en Madrid hace un millón de años—, de los que casi nadie ya se acuerda.

El mundo descubre hoy, cínicamente, que Hollywood es machista. Proliferan las denuncias de actrices que sufrieron abusos hace 30 años 

Si se aceptase la vara de medir a los artistas por su moralidad, más de la mitad de la historia del pensamiento, la cultura y el arte quedaría borrada. Pensemos en Picasso y en su comportamiento con las mujeres, en el misógino y homófobo Quevedo, en el delator Cela, en el colaboracionista Céline, en el estalinista Alberti, en el usurero Voltaire, en el esclavista Rimbaud, en el asesino de Althusser y en tantos otros representantes destacados de la cultura que se comportaron, en algún momento de sus vidas, como canallas. Eso no resta ni un ápice de grandeza a sus obras. Aquellas personas despreciables pasaron pero sus obras permanecen. Eso es lo importante.

El bien y el mal —que existen, se diga lo que se diga, y que están mezclados en todos nosotros— son categorías inútiles para ponderar el arte. Al artista, al creador, se le juzga por su pericia para hablarnos de nosotros y del mundo, casi siempre desde una posición amoral y necesariamente ambigua como ambigua es la naturaleza humana. Es normal que esto no lo entiendan los nuevos catequistas que, a diferencia de los antiguos, no pretenden que practiquemos los Diez Mandamientos. Están empeñados, eso sí, en que abracemos alguna causa de las consideradas justas —la solidaridad con el Tercer Mundo, la lucha en favor las minorías, la igualdad de género, etc.— en estas semanas previas a las ominosas Navidades. Cuando los veo venir suelo cambiarme de acera. 

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