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GASTRONOMÍAS DE BARRIO

La milla de oro del producto, comer por la zona de Aragón

La avenida de Aragón se presenta como una arteria de paso sin mucha personalidad ni demasiado encanto...

Por | 10/06/2016

No parece tener mucha historia, no cuenta con edificios de arquitectura admirables ni tampoco es una zona por la que a uno le apetezca darse un paseo. Es más bien una vía cuya principal misión es conectar el viejo cauce del Turia con los barrios universitarios. El camino que recorren los estudiantes que se saltan las clases para retozar en el río.El tránsito del deber al placer. Es también la antesala para escaparse hacia el norte cuando uno está harto de Valencia, pero, de igual forma, siempre que volvemos, nos recibe con los brazos abiertos y la promesa de que esta es una gran ciudad.

Su funcionalidad le impide demostrar las historias que circulan por esta gran avenida. Crónicas de ilusión y decepción colectivas, con cada título ganado o cada gol fallado en Mestalla; noches de pasión y excesos, los de cada pareja que se ha conocido y enamorado en cualquiera de sus bares a altas horas de la madrugada; tardes de sueños y dulce evasión que nos brindaron las salas en penumbra de los Babel; instantes de estremecimiento, los generados por cada nota que emerge del escenario del Black Note; y por supuesto,los momentos que se tejen en torno a cualquiera de las muchas mesas con que cuenta la zona. 

En la Avenida de Aragón se concentran, en pocos metros cuadrados, una cantidad notable de buenos restaurantes.Tantos que cuesta decidirse. La mayoría de ellos tienen algo en común, un producto de primera que saben cómo tratar. Empecemos por Askua, mi favorito. A este santuario del producto iría a comer todas las semanas.Lo que ofrecen en su carta es lo mejor de lo mejor: unas alcachofitas enanas que solo cultiva un agricultor en la Comunidad, unas croquetas de rabo de toro perfectas, un montadito de steaktartare sublime, una chistorra de Lasarte, con morcilla y blanquet de Onil a la brasa que son puro vicio, las mismas kokotxas que sirven en Elkano en Getaria… y una carne roja gallega a la brasa que parece de otro mundo. Y además está él, Ricardo Gadea, el responsable de conseguir esta materia prima y cuya presencia es tan importante como la propia comida. Conversar con él un rato sobre cualquier tema, pero sobre todo de gastronomía, alimenta el espíritu tanto como la chuleta de lomo alto que sirven en su local.

A menos de tres minutos andando, abrió hace algo más de un año Gran Azul, un acogedor restaurante especializado en arroces, productos del mar y carnes a la brasa. De nuevo, la excelente materia prima es su mejor carta de presentación. En cuanto cruzas la puerta, uno puede contemplar los pescados y mariscos frescos que reposan en el mostrador. Entre sus arroces, algunos tradicionales y otros más atrevidos, como la estupenda paella de mero salvaje y gamba rayada (qué gambas, señores), o la de rodaballo salvaje con almejas. Para empezar, unas ortiguillas en tempura o un pulpo a la brasa son buenas elecciones. Abraham Brández está al frente del Gran Azul. Es joven, pero está sobradamente preparado. Primero en la arrocería Duna, luego en Lienzo. Abraham y Gran Azul van camino de convertirse en uno de esos sitios imprescindibles donde comer bien, y acertar siempre con el arroz, que no se crean que es nada fácil a juzgar por las paellas que se encuentran por ahí.

Si lo que les gusta es la informalidad de las barras, pero no están dispuestos a renunciar a  la calidad, pueden elegir entre Aragón 58 o su hermana pequeña La Principal. Ambas dos excelentes opciones para comer sentado en un taburete mientras se intercambian ideas con el camarero o con el vecino de al lado. Si se prefiere algo más sosegado,  siempre se puede optar por una mesa de la sala. En Aragón 58, hay que probar su maravillosa sepia con mayonesa y si van en esta época del año, no se pierdan los pulpitos a la plancha. Solo duran uno o dos meses y están espectaculares. Muchos de los platos son comunes en las cartas de Aragón 58 y La Principal. La quisquilla cocida, las croquetas,  los chipirones, la puntilla o el calamar. Todo está bien cocinado. No falta ni sobra nada.  Una solo desea tener más tiempo para poder probarlo todo.

Cambiamos de tercio. Asia también está presente en esta parte de la ciudad. En la actualidad, Valencia cuentas con opciones sobresalientes en lo que a japos se refiere, pero no siempre fue así. Tastem fue el primero, el que marcó la senda de hacia dónde había que dirigirse.  Solo un apunte, su chef Yoshi Yanome, fue elegido mejor sushiman de España para participar en la final del Sushi Challenge, algo así como el campeonato mundial del sushi. Sus credenciales lo dicen todo. Cruzando Aragón y recorriendo la planta pentagonal del Hotel Westin encontramos Komori, un oasis de pura felicidad donde Andrés Pereda fusiona los sabores asiáticos con los mediterráneos de forma magistral. Déjense aconsejar por ellos, pero pidan sus nigiris. Nunca han probado nada semejante. De steak tartar, de pez mantequilla con paté de trufa blanca, de gamba roja de Denia o de sardina con aceite de humo. Son impresionantes. En Komori aprendí lo que era el buen sushi. Hasta entonces, me parecía algo soso, con poca gracia. Aquí vi la luz y me convertí. Sin abandonar el continente asiático, nos topamos con Green Papaya, auténtica comida tailandesa con una relación calidad precio estupenda. Entre semana, tiene un menú por menos de 10 euros. El de degustación son 18,50 €. El servicio es atento y el local bonito.

Para una cocina creativa, sin demasiadas estridencias y a buen precio, uno puede elegir entre tres locales de concepto similar. Bar Tonyina, en la calle Chile, The Book, a solo tres minutos de allí o Julio Verne, algo más apartado, cerca de la Alameda.  En los tres se ofrecen diferentes menús que no suelen exceder los 20 euros con propuestas muy atractivas. Una muestra, la coca d’oli con titainadel Bar Tonyina,  el tuétano a la brasa con carpaccio de picaña y berenjena a la llama de Julio Verne o los rollitos de pato encebollados con confitura de tomate de The Book.

Por último, para los que buscan nuevas experiencias y ya están cansados de lo de siempre, (tartares, huevos a baja temperatura, mobiliario de Ikea y camareros sin chispa), está Samsha. Prohibido para mentes poco atrevidas, porque Samsha no es solo un restaurante, sino un “espectáculo gastronómico”, como lo califica Víctor Rodrigo,  su cocinero/creador.  No hay mesas ni vajilla al uso, los platos se confeccionan delante del comensal, hay luces fosforescentes, humo y música de los Chemical Brothers. Y hasta aquí puedo leer. 

Antes de abandonar la zona, uno puede echar un vistazo a la cartelera de los cines Babel o los resucitados cines Aragón. Seguro que encontrará alguna joyita de esas difíciles de visionar. Si hemos terminado de cenar, podemos rememorar viejos tiempos en Gasoil, que todavía pervive, y antes de acostarnos, tomarnos la penúltima en uno de los clubes de música en directo con más historia de la ciudad, Black Note mientras vemos un concierto y brindamos por el fútbol, el amor, la música o la buena gastronomía. 

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