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Los rebeldes que desafiaron a la Falange

Hace más de un siglo que el espíritu Scout llegó a España. Tras la Guerra Civil estuvieron a punto de desaparecer ante un régimen que desconfiaba de sus valores democráticos y la defensa del valenciano. Emili Beüt, al frente del Clan Drac Alat, supo mantener sus ideales en la Comunitat

18/07/2017 - 

VALÈNCIA.— Eran tiempos de dictadura, toque de queda y control absolutista. El general Francisco Franco era el Jefe del Estado y la sociedad en su conjunto comenzaba una nueva etapa. También la Asociación Nacional de los Exploradores de España (actuales Scouts) que prácticamente estaba desintegrada tras la Guerra Civil, cuyo estallido en julio de 1936 pilló por sorpresa a muchos jóvenes que por esos días celebraban el campamento de verano. Más aún después de que el movimiento surgido en Inglaterra en agosto de 1907 de la mano de Robert Baden-Powell recibiera la peor de las noticias: el 22 de abril de 1940 se decretaba «la suspensión de actividades de la Asociación Nacional de los Exploradores de España».

De esta manera y casi treinta años después de su constitución en España (30 de julio de 1912) la Dictadura ponía fin a la Asociación, cuya singladura nunca fue fácil. En sus inicios fueron vistos con recelo por la Iglesia debido al elevado grado de militarización y fundamentalmente porque su fundador, Baden-Powell, era protestante. José Ignacio Cruz Orozco, profesor del departamento de Historia de la Educación de la Universitat de València y gran conocedor del movimiento, explica que el escultismo «nació para cubrir una necesidad en la formación de los jóvenes en la que existía un gran vacío en aquel momento y en España se ve en el movimiento inglés la posibilidad de que la población estuviera mejor preparada».

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Los exploradores fueron absorbidos por la Organización Juvenil de la Falange Española Tradicionalista y de las JONS — en 1940 pasa a llamarse Frente de Juventudes—. Quedaba, por tanto, prohibido el escultismo —movimiento Scout— y con él los campamentos, las excursiones por la montaña, la celebración de Sant Jordi (patrón de los Scouts) y las reuniones en el local; los uniformes y pañoletas quedaron arrinconados en el cajón. «Era un modelo autoritario y totalitario que no permitía otro tipo de organizaciones. El escultismo ya estaba paralizado por la Guerra Civil y con esto termina por desmontarse salvo en dos núcleos —el catalán y el valenciano—», explica Cruz Orozco.

Beüt lidera el grupo

Uno de los máximos referentes de los Exploradores en Valencia por entonces era Emili Beüt (1902-1993), quien se negó a dejar caer en el olvido los ideales de Baden-Powell y mantuvo viva la llama del escultismo desde la clandestinidad. No estuvo solo en la tarea, le acompañaron entre otros Juan Molins, José Pérez, Antonio Sahuquillo y Vicente Gonzalves que también habían sido exploradores y mantuvieron encuentros esporádicos y tertulias para rememorar viejas batallitas. Su actividad fue muy escasa y no fue hasta la celebración del Sant Jordi de 1943 cuando se acomete la creación de los Boy Scouts del País Valencià (BSPV). El regreso de la actividad coincide con un hecho histórico de relevancia: las fuerzas del Eje tuvieron ese año sus primeros reveses, lo que podía presagiar una derrota de Alemania, Italia y Japón. «En ese contexto los Scouts piensan que el escultismo podía seguir funcionando y el grupo de los más mayores se organiza y empieza a retomar sus actividades», relata el historiador Cruz Orozco.

Sin embargo, se toparían con una realidad de la época: el Frente de Juventudes realizaba sus propios campamentos, a los que invitaba a todos los jóvenes para que participasen en sus actividades. De aquello se acuerda bien el escritor y excursionista valenciano José Soler Carnicer, que por aquella época formaba parte del centro excursionista de Valencia (fundado en 1946): «En aquellos campamentos las tiendas se montaban según la tradición militar, se rezaba tanto al amanecer como al anochecer y se gritaba ¡Viva Franco!, ¡Arriba España!».

En conflicto con el Frente

Según explica, algunos jóvenes no compartían la ideología pero acudían a esos campamentos porque «el Frente de Juventudes tenía mucho dinero y podía comprar material (mosquetones, cuerdas…) así que si estabas dentro podías conseguir una mochila gratis o comprarla a bajo precio». Privilegio que no tenían ni los miembros del centro excursionista ni del grupo Scout de Beüt —se llamó Clan Drac Alat—, que apenas disponían de recursos económicos y se fabricaban su propio material. Por ejemplo, las tiendas de campaña se elaboraban con las telas pesadas de la agricultura que «eran tan buenas que ni nos mojábamos» mientras que los sacos de dormir «los hacíamos con una gabardina a la que le cortábamos las mangas y la cosíamos», recuerda Soler Carnicer sobre un material de montañismo que nada tiene que ver con el actual. 

Con la realización de aquellos campamentos, además, comenzó un tira y afloja entre Emili Beüt y el Frente de Juventudes. Soler Carnicer explica que «empezó siendo un enfrentamiento limpio y honesto, pero si podían, le hacían la puñeta a Beüt». De hecho, Soler relata un hecho que hoy le parece más que asombroso: «Teníamos que organizar una conferencia y, como era habitual en aquella época, debíamos pedir permiso a Gobierno Civil y explicar quién iba a asistir. Al decir que uno de los asistentes era el señor Emili Beüt nos pusieron pegas».

Sobre ese ‘enfrentamiento’ hacia Beüt y el escultismo, Cruz Orozco apunta que el movimiento era clandestino pero «sin persecución» pues realmente a quienes perseguían era a los comunistas, libertarios o socialistas pero destaca que los Scouts «tuvieron algún problema azuzados por los falangistas, que tenían el monopolio de la política de juventud así que no les gustaba que los otros tuvieran actividad». Igualmente, remarca que el grupo mantuvo la esencia que desde 1927 había caracterizado al escultismo en Valencia bajo el liderazgo de Beüt: se dio prioridad a las actividades más lúdicas, formativas y en contacto con la naturaleza y se caracterizaron por «un suave regionalismo sin llegar al nacionalismo» pues apuestan por el valenciano, el compromiso con el medio ambiente y se preocupan por el territorio.

La detención en la Font Roja

Para evitar tener problemas los Scouts mantuvieron su actividad extremando las precauciones: las reuniones las hacían en una fábrica de cerámica de Burjassot (propiedad de la familia de Juan Molins), donde se encontraban seguros de no ser descubiertos por la Policía o sus confidentes. Acudían con sus familias y en sus mochilas llevaban escondida su pañoleta. El uniforme se lo ponían cuando se sentían a salvo, y cuando lo hacían, colocaban vigías para avisar con tiempo suficiente a sus compañeros y así no tener problemas. La postura del líder era mucho más desafiante: «El señor Beüt salía de excursión con el Centro Excursionista de Valencia con su uniforme Scout —pantalón corto, camisa corta y el sombrero de ala ancha y banda de piel—», recuerda con cariño Soler Carnicer. 

En su afán por mantenerse al corriente de lo que se acontecía en el movimiento de Baden-Powell, Beüt permaneció en contacto con otras organizaciones internacionales de escultismo y para ello contó con la colaboración y complicidad de Peter Riley (cónsul de Gran Bretaña en Valencia), cuyo hijo era miembro de los Boy Scouts del País Valencià. Para evitar la censura del régimen y la represión de la Policía las comunicaciones se debían realizar por medio de valija diplomática, evitando así el control y la censura de la dictadura. Además y para una mayor seguridad, las cartas estaban escritas en clave para que solo los destinatarios supieran de qué se trataba. 

En verano de 1945 los BSPV decidieron seguir tentando su suerte y organizaron un campamento. El 17 de agosto acudieron a la Font Roja (Alcoi) —lugar al que ya habían ido antes de la Guerra Civil— donde las actividades se fueron desarrollando con normalidad hasta el quinto día, cuando la Guardia Civil detuvo al grupo. Emili Beüt se alzó como el máximo responsable del campamento, así que los agentes dejaron marchar al resto de integrantes. Fue trasladado a comisaría de Alcoi y solo mediante la intervención de un amigo Scout (el comandante Víctor José Jiménez Malo de Molina), recién llegado de la División Azul y condecorado por Hitler, se libró de una condena más larga que tres días. Eso sí, les fue requisada toda la literatura escultista que llevaban. 

Los Scouts en la actualidad

Aquel año, las actividades y reuniones se intensificaron pero el grupo nunca llegó a alcanzar el centenar de miembros. Sin embargo, en Cataluña la presencia de los minyons —único grupo escultista activo en aquellas fechas— era cada vez mayor así que los Boys Scouts del País Valencià buscaron su apoyo para propiciar la reconstrucción del escultismo en España. 

Juntos formaron la Federación Ibérica de Escultismo (1946) y Orozco señala que se encontraron con los problemas de la época: a la falta de recursos se añadía la prohibición del escultismo, por lo que la correspondencia entre ambas asociaciones se hacía a través de algún conocido que viajaba a Valencia o Barcelona. Las contestaciones podían tardar hasta cuatro meses. Pese a ello, ambas asociaciones lograron realizar campamentos federales en plena posguerra, como el de Altafulla (1950), Santo Espíritu (1951) y Poblet (1953). 

Esa alianza significaría también el fin de los BSPV pues en 1948 gran parte de ellos —trece miembros— se marcharon. Juan Molins lidera esa nueva corriente más próxima a la Iglesia y Beüt termina por distanciarse del escultismo. Ello, además, coincide con que los años cincuenta traen cierta tolerancia por parte del régimen franquista y la Iglesia recupera su protagonismo en la educación infantil y en el escultismo. Por ende, el escultismo católico acabó convergiendo en el Moviment Escolta de València (MEV) —aglutina a 5.300 jóvenes en la Comunitat Valenciana— y en paralelo y tras varios procesos de fragmentación y fusión, los Scouts Valencians forman hoy la otra gran agrupación, de inspiración laica, aunque también con presencia en parroquias.

Hoy el movimiento Scout no se enfrenta a una dictadura sino que lucha por mantener su espacio en una sociedad cada vez más tecnológica y saturada de ofertas de ocio para los más jóvenes. Pese a esa nueva realidad, en julio y agosto más de siete mil jóvenes en la Comunitat Valenciana harán sus mochilas, se calzarán sus botas y se colgarán su pañoleta para disfrutar del campamento de verano. Lo harán siguiendo los pasos de aquellos veinte muchachos que participaron en el campamento organizado en la isla de Brownsea (Inglaterra) en 1907. De aquel campamento organizado por Baden-Powell ya han pasado 110 años pero sus últimas palabras tienen la misma vigencia: «Trata de dejar a este mundo en mejores condiciones de como lo encontraste». 

* Este artículo se publicó originalmente en el número 33 (julio/2017) de la revista Plaza

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