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Marc Ros (Sidonie): "Los músicos estamos llenos de complejos"

12/10/2018 - 

VALÈNCIA. La humilde redactora de Cultur Plaza que suscribe este texto no osaría jamás contradecir a Carlos Gardel, pero lo cierto es que ese sobadísimo verso en el que afirma que “20 años no es nada” queda pulverizado al instante con solo echar un vistazo a la trayectoria de Sidonie. Y es que, el trío catalán ha logrado condensar en dos décadas suficientes experiencias como para llenar dos o tres vidas fructíferamente vividas. Ocho discos en el mercado, un kilometraje acumulado entre bolo y bolo que alcanza proporciones bíblicas y tres sitares (más dos habitaciones de hotel) destrozados forman parte del saldo que la banda acumula hasta ahora. También el traslado del inglés al castellano, una maleta sonora en la que caben por igual el rock psicodélico y el pop y la ingestión, según ellos mismos confiesan, de más de 50 kg de pulpo a feira. Su último trabajo hasta la fecha, El peor grupo del mundo (2016), se concibió como un gran canto de amor a la música y a quienes la crean, un homenaje a todos esos sonidos con los que Marc Ros, Jesús Serna y Axel Pi han disfrutado en algún momento de su existencia.

La banda sigue sumando citas en su calendario de actuaciones en vivo y celebra sus veinte años sobre los escenarios con el recopilatorio Lo más maravilloso de Sidonie, que saldrá a la venta antes de que acabe 2018. El próximo 27 de octubre, los responsables de Fascinado, Carreteras infinitas o Los olvidados aterrizarán en el Palau de la Música de València para repasar sus temas más emblemáticos. A modo de precalentamiento, hemos aprovechado para hablar con Ros -vocalista, guitarra y bajo del grupo- sobre el vértigo de subirse a un escenario, la experimentación sonora como motor existencial, el abismo de las drogas en la industria musical y los Beatles, siempre los Beatles.

-Uno de los rasgos que se destacan a menudo de Sidonie es vuestra capacidad para evolucionar, para no quedaros estancados en una fórmula concreta. ¿Creéis que esta actitud ha sido determinante en vuestra supervivencia como banda?
-En realidad, en este tiempo ha evolucionado nuestra música, pero también nuestra relación de amistad, porque si no, no se entienden tantos años juntos, recorriendo carreteras. Para mí ha sido la relación más larga que he tenido con otros seres humanos, dejando a un lado a mis padres y mi hermana. La transformación musical va pareja a este fenómeno, porque no paramos de jugar y descubrir nuevos hallazgos. Es parecido a lo que sucede con una pareja: a veces, para mantener viva la llama y evitar el aburrimiento hay que ir a buscar nuevas aventuras.

  

-¿Qué ha cambiado y qué queda de esos Sidonie que empezaron hace 20 años?
-Bueno, para empezar, ahora tenemos más surcos en la cara jajaja. Lo que sí que permanece es el hecho de que nosotros somos antes fans que músicos. Adoramos tanto la música que escuchamos, que nos dedicamos a reinterpretrarla de algún modo a homenajear a esos ídolos sonoros con los que crecimos. Eso sigue intacto desde el primer ensayo del primer día.

En cuanto a los cambios, personalmente, yo ahora disfruto mucho más de actuar sobre un escenario. Antes, sentía cierto  miedo al público que me llevaba a consumir grandes cantidades de alcohol para superar la timidez y poder actuar delante de centenares de personas. Ahora tengo mucho más control sobre lo que hago. Como cantante del grupo, me ha tocado el papel -no siempre agradable- de ejercer como maestro de ceremonias, y ahora estoy viviendo con alegría situaciones con las que antes sufría una barbaridad. Ahora nos cuidamos más, no salimos borrachos a los conciertos ni llegamos sin haber dormido, cosa que antes sí que sucedía.  En ese sentido, hemos aprendido y hemos alcanzado un mayor nivel de profesionalidad.

-Entonces, tras 20 años subiendo a los escenarios, tocar en directo no se ha convertido para vosotros en una rutina…
-Para nada, las cosas rutinarias no hacen que tenga que ir 50 veces al baño antes de salir. Me pongo nervioso porque hay un compromiso enorme con esa gente que ha pagado por verte y por el enorme respeto que sentimos hacia la música. Cada concierto es diferente y cada público también. Nunca he entendido a la gente que sube al escenario de forma automática o que se puede llegar a aburrir, no me entra en la cabeza. Quizás es porque nosotros no hacemos giras internacionales con cuatro conciertos a la semana, tampoco estamos un mes sin parar de tocar…No lo sé…Para mí, cada noche reinterpretas las canciones y consigues unas vibraciones diferentes dependiendo de la ciudad y el público que tienes delante.

-¿Y os da miedo acabar trabajando por inercia: sacar otro disco, hacer otra gira, simplemente porque es lo que se espera de vosotros?
-Si alguna vez he intuido que podía llegar a pasar eso, me he dedicado a cambiar mi forma de trabajar. Por ejemplo, con El incendio nos fue muy bien, tuvimos bastante éxito, pero pensé que si seguíamos en esa senda era peligroso porque nos obligaba a seguir haciendo ese tipo de música para mantener ese nivel de popularidad. Lo que hice fue coger mi guitarra e intentar empezar de cero. El resultado fue El fluido García, que no tenía nada que ver con lo anterior y, de hecho, perdimos muchos seguidores, pero fue la manera en la que los tres podíamos irnos tranquilos a dormir sabiendo que habíamos hecho lo que sentíamos y creíamos correcto, en lugar de aquello que el éxito nos hubiera obligado a hacer.


-En los últimos tiempos, han surgido distintas voces críticas con el modelo de ocio que proponen los grandes festivales de música, especialmente por dos cuestiones: que unos pocos nombres copen la mayoría de carteles y que a menudo se le dé más relevancia al festival como evento que a los sonidos que acoge. Teniendo en cuenta que Sidonie es uno de los grupos que toca en más festivales del ámbito estatal, ¿cómo afrontáis estas críticas?
-Creo que la oferta de los festivales es muy tentadora, no tiene rival: por un mismo precio puedes ver a un montón de grupos tocando en un enclave concreto. Desde finales de los 60 han existido festivales y, si ves sus carteles, te das cuenta de que también tocaban los mismos nombres: los Jefferson Airplane y los Grateful Dead estaban en todos. Lo único malo que veo en los modelos de festival, el lado negativo, es que su apuesta es tan imbatible que se ha perdido parte de los circuitos de salas. Eso me parece bastante preocupante, porque en una sala de conciertos se ve la pura esencia de una banda: decide cuánto tiempo va a tocar, en qué ciudad, en qué espacio…

De todas formas, yo disfruto en ambos formatos. A nosotros nos gusta tocar: en una sala tienes al público más cerca, pero un festival tienes una cantidad de vatios que sientes que estás en una nave espacial y te sobreestimulas. Sidonie lo da todo esté en un entorno o en otro.

-¿Cuáles crees que son los grandes errores que habéis cometido en estos 20 años?
-No habernos cuidado mucho en nuestra juventud. Éramos tres veinteañeros bastante tímidos y cuando llego el éxito, empezamos a recoger sus frutos y algunos de ellos eran venenosos. Me arrepiento de no haber tenido más control sobre mi mente y sobre mi cuerpo. Esa cultura de las drogas que desde casa me interesaba tanto, se me fue de las manos…

-¿Y los grandes triunfos, esos momentos luminosos?
-Haberlo compartido con mis dos amigos, con Axel y con Jesús, supone para mí un triunfo diario. Cada fin de semanas vivimos juntos ese momento genial, precioso, de pisar el escenario. No sé cómo hubiera sido mi vida si mi carrera hubiese sido en solitario, no me lo imagino.

-En alguna ocasión, has comentado que quizás sin la música ya no seguirías vivo. ¿Qué tiene este arte que resulta tan terapéutico?
-No lo sé, porque si se supiera se podrían comprar ciertas canciones  o discos en farmacias jajaja. La música tiene un componente mágico, difícil de definir, y es eso lo que creo que la hace tan especial: el no ser capaces de explicarlo. Dos personas podemos escuchar una misma canción y sentir cosas muy diferentes en nuestro interior que no podemos traducir en palabras. Va más allá de las matemáticas, está dentro de nosotros.


-¿Crees que persisten los prejuicios sobre la música pop?
-Es que muchas veces le hablas a la gente del pop y se lo lleva a otros sitios: piensan en Shakira o Taylor Swift… Pero para mí el pop es David Bowie, Andy Warhol, Salvador Dalí y la Velvet Underground. Hay una serie de prejuicios, pero que se deben a que no se sabe de lo que se está hablando cuando se habla de pop.

-También existe esa idea de que cuando una propuesta musical triunfa, cuando llega a las masas, pierde autenticidad. De hecho tenéis un tema, Os queremos, en el que un fan reniega de su grupo favorito precisamente porque se hace demasiado popular.
-Sí, ahí hablamos de Suede. A mí me pasó: cuando vi que en el tercer disco lo petaban y empezaban a sonar en las radios, pensé que se habían vendido. Vinieron a tocar a Barcelona y me negué a verles…Claramente eran prejuicios de un chaval.  Ahora escucho el Coming Up y me flipa. Precisamente, la magia de los Beatles es que lograban ese difícil equilibrio entre ser un grupo ultramegapopular que vendían millones de discos y, a la vez, mantener la inquietud por la experimentación que les permitía ir por delante de todos.  Eso es complicadísimo, muy pocos lo han conseguido.

-Las obras de metaliteratura o el metacine son bastante frecuentes: películas que hablan de la industria cinematográfica y libros que abordan el proceso de la escritura…Parece que no sucede lo mismo con el mundo de la música. El peor grupo del mundo es metamúsica y, precisamente por eso, constituye un producto algo inusual.
-Tienes toda la razón, nunca me lo había planteado. Creo que a muchos músicos les da vergüenza confesar sus influencias por si se descubre su manera de crear. Los músicos estamos llenos de complejos y confeccionar música es tan complicado que, al final, se adopta la postura cobarde de no hablar de lo que te gusta, de no citarlo en tus canciones. En el peor grupo del mundo yo decidí hacerlo porque escribo desde el amor, después de dedicar todas mis canciones a novias y exnovias, me di cuenta de que me quedaba mi otro amor gigante: la música. No me dio mido verter ahí mis filias y mis fobias. Durante un tiempo el término ‘fan’, me incomodaba (hay muchos prejuicios al respecto), pero ahora se me llena la boca cuando la digo porque yo soy fan de la música.

-Vais a lanzar un disco recopilatorio de vuestra trayectoria. ¿Qué criterios estáis siguiendo a la hora de elegir unos temas y dejar otros fuera? 
-Estamos precisamente ahora dedicados a ello. A menudo es la compañía discográfica quien se encarga de la selección, pero en este caso queríamos hacerlo nosotros. La verdad es que está siendo bastante duro, pero esta recopilación se estructura en torno a dos canciones nuevas: Maravilloso -que marca el tono del resto del trabajo- y una nueva versión de Fascinado en la que participan muchísimos músicos, cuando la gente lo escuche va a flipar.


-Este proceso de rastrear en discos anteriores, ¿os está haciendo redescubrir matices y aristas en vuestras propias creaciones?
A veces me sonrojo de las cosas tan íntimas que pude llegar a contar en temas antiguos, cuestiones muy íntimas que intentaba camuflar a base de metáforas. Soy yo hablando desde el corazón…Pero salió así, al final, lo importante es que soy un poeta haciendo canciones y cada palabra tiene que ser musical. Hay canciones que me negué a tocarlas durante mucho tiempo hasta que alguien me dijo que le parecían estupendas y me di cuenta de que debía empezar a mirarlas con otros ojos.

-Entonces, ¿crees que ahora tienes más cautela a la hora de componer?
-Qué va, al contrario, lo que estoy escribiendo ahora probablemente me haga enrojecer dentro de unos años…Pero lo que no puedo hacer es ponerme barreras a la hora de crear.

-Para algunas bandas, sacar un recopilatorio es sinónimo de agotamiento o incluso un canto del cisne antes de la disolución, casi una maldición. No parece que sea vuestro caso…
-Para nada. Loquillo nos dijo una vez que cada cinco años había que sacar un recopilatorio jajaja. Lo que es cierto es que creo que un recopilatorio marca un punto de inflexión, buceas en tu pasado, haces inventario y eso te lleva a pensar en el futuro.  Estoy seguro de que, en el plano creativo, este disco va a marcar un antes y un después.


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