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investigación

Las cloacas de la ciencia

«Publica o perece» es una máxima que conocen bien los investigadores: quien quiera escalar profesionalmente tiene que publicar. Y, como no podía ser de otro modo, ha surgido el negocio: revistas científicas de ínfima calidad en las que cualquier persona puede incluir un artículo... previo pago

12/11/2018 - 

VALÈNCIA.-Era el 8 de octubre de 2008. La Real Academia Sueca de las Ciencias anunció que el Premio Nobel de Química se concedería a Osamu Shimomura, Martin Chalfie y a Roger Tsien por «el descubrimiento y desarrollo de la proteína verde fluorescente GFP». Ese mismo día, Douglas Prasher conducía un pequeño autobús en Alabama (EEUU). Esto, que no parece demasiado interesante, resulta más llamativo al conocer que fue Prasher quien identificó y secuenció correctamente el gen de la GFP —una proteína producida por una medusa y que emite fluorescencia al ser alumbrada bajo condiciones especiales—. La proteína se usa actualmente en multitud de investigaciones y ha supuesto un paso de gigante para la ciencia. Según reconoció Chalfie, uno de los ganadores del Nobel, «podrían haberle dado fácilmente el premio a Douglas y a los otros dos, y haberme dejado fuera a mí». La pregunta obvia es, ¿por qué acaba una persona digna del Premio Nobel conduciendo un autobús para poder pagar sus facturas, mientras otros obtienen todo el prestigio y grandes sueldos?

Algunos de los grandes científicos del pasado vivieron en una época en la que ser científico no era un trabajo. Por ejemplo, Charles Darwin —que junto a Alfred Wallace planteó la teoría de la evolución por selección natural— pertenecía a una familia acomodada y pudo dedicarse a la ciencia gracias al dinero de su herencia. Durante gran parte de la historia, la ciencia era una pasión, no una profesión. Y además era una pasión muy cara de mantener. Jesús Ignacio Catalá, profesor de la Universidad Cardenal Herrera e historiador de la ciencia, explica cómo sucedió el cambio: «La profesionalización ocurrió en el siglo XVIII. Los primeros profesionales de la ciencia surgieron en Francia después de la revolución, al crearse cátedras de investigación, es decir, unos puestos pagados por el gobierno francés para realizar ciencia». Más tarde, en territorio germánico, se llevó la investigación científica a las universidades. 

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Gracias a la profesionalización de la ciencia, mucha más gente pudo dedicarse a ella, pero la competencia por los puestos de trabajo produjo consecuencias inesperadas. Como recuerda Catalá, «a mediados del siglo XX se empezó a vincular el acceso a los puestos académicos con las publicaciones científicas. Nació la cultura del proyecto de investigación como algo que tenía que hacerse tangible en dos o tres años. Pero eso era muy poco tiempo, así que muchos científicos publicaban resultados intermedios; es decir, aumentó el número de publicaciones pero decayó el impacto. Se instauró el demostrar que se hacía algo, aunque no valiera para gran cosa». 

Ciencia vs 'Predator'

Los estudios científicos se presentan en forma de artículos que se publican en revistas especializadas, algo parecido a National Geographic, pero solo con textos técnicos destinados a los científicos. Y la situación que describe Catalá fue haciéndose más grave, hasta que en la década de los setenta aparecieron muchas revistas con poca calidad que publicaban cosas sin revisiones profundas por parte de los editores —al fin y al cabo, si existen millones de científicos obsesionados por publicar, se vuelve mucho más fácil crear revistas para que puedan hacerlo—. Pero, tal cual concluye Catalá, «la creación deliberada de revistas para recoger basura es un invento más reciente». 

Si bien durante el siglo XX la obsesión por publicar desembocó en el «publica o muere», es decir, que si un investigador no publica cada poco tiempo pierde su puesto de trabajo, la realidad es que no fue hasta el siglo XXI cuando aparecieron las revistas que utilizaban ese miedo como arma para generar mucho dinero. Estas publicaciones son llamadas en el ámbito científico como predatory journals — en castellano 'revistas depredadoras'—. Mariano Collantes, doctorando en Biodiversidad y Biología Evolutiva en el Instituto de Biología Integrativa de Sistemas de València, explica que son «revistas de baja calidad que permiten publicar a cambio de dinero, sin contrastar la información y sin tener en cuenta los filtros de calidad».

¿Qué estrategias utilizan? Mariano Collantes comenta que «muchas veces retienen los artículos y si finalmente quieres publicarlo en otra revista, tienes que pagarles. También se inventan científicos que no existen en sus comités editoriales, o utilizan nombres de investigadores sin que se enteren. Intentan imitar a las revistas serias, pero muchas veces los artículos ni siquiera se leen antes de ser publicados». Así, la diferencia con una revista de prestigio (tipo Nature o Science) es que en todas se paga por publicar, pero en los predatory mucho menos: unos cientos de euros aproximadamente. Además, en estas pseudorevisas el científico tiene garantizado que su investigación verá la luz sí o sí tal cual la escribió, mientras que los verdaderos papers (los artículos científicos) son revisados por expertos (proceso que se conoce como peer review) y sufren un largo proceso de correcciones hasta que se consideran aptos para ser impresos.

Los motivos para utilizar ese tipo de publicaciones son varios, pero Collantes remarca dos: «No saber que se trata de revistas buitre que se alimentan de la necesidad de publicar, o querer publicar algo lo antes posible y con pocos controles de calidad, es decir, enviar tus estudios ahí a sabiendas de que es una práctica que se considera poco ética». Pero ¿cómo es de habitual? «Según algunos estudios, existen alrededor de 20.000 revistas científicas registradas, de las cuales varios miles pertenecerían a predatory journals. De hecho, según esos estudios, en algunos campos como la neurobiología hay más publicaciones depredadoras que revistas serias», matiza Collantes.

Estas revistas, además, utilizan técnicas de marketing muy agresivas a través de mails, LinkedIn... De esta manera captan a investigadores que las toman realmente por revistas serias o a otros que, directamente, les da igual. Sea como fuere, en los dos casos el artículo acabará en el currículo y es poco probable que la universidad de turno haga algo al respecto.

El torneo de la ciencia

Hoy en día, tener muchas publicaciones científicas es imprescindible para obtener un puesto de trabajo estable dentro de la ciencia. Pero, aunque cuenten con ellas, no es un camino de rosas. Collantes explica que, aproximadamente, «después de terminar la tesis doctoral se tardan unos diez años en conseguir un puesto de trabajo estable en investigación. Es decir, puede llegar a ocurrir que tengas estabilidad laboral a los 40 años». Por otro lado, las condiciones de los escalones más bajos son muy precarias. Collantes recuerda que «cuando trabajaba de cajero de supermercado tenía mejor salario, mejores condiciones laborales, menos estrés y mejor horario que trabajando en el mundo de la ciencia».

¿A qué se debe la presión y las malas condiciones laborales? En economía, se conoce como un «modelo de torneo» al ofrecer la oportunidad de ganar un premio importante a una gran cantidad de personas, y hacerlos competir por él. La recompensa, en el caso de la ciencia, es un puesto estable en la universidad, buen sueldo, fama y premios internacionales. Durante el torneo, la única forma de conseguir mejorar las malas condiciones laborales es escalando en la jerarquía impuesta, y no necesariamente siendo el mejor: la suerte y la estrategia frente a los jefes —y las buenas relaciones con ellos— determinan en gran medida quién asciende en cada fase. Y esas pequeñas victorias frente a los competidores lo suponen todo, incluso tener que abandonar la ciencia —como fue el caso de Douglas Prasher, a pesar de tener méritos científicos dignos del Premio Nobel—. En resumidas cuentas, la ciencia se ha convertido en un mercado similar al fútbol profesional, la música pop o la política, donde hay superestrellas que se llevan todo el mérito y el reconocimiento por una labor que, en realidad, es el fruto del trabajo de muchos otros. 

Catalá: «A mediados del siglo XX se instauró la necesidad de publicar y demostrar que se hacía algo, aunque no valiera para gran cosa»

Este tipo de modelo de mercado supone tirar por la borda una gran cantidad de talento. Además, el sistema se mantiene a costa del trabajo de los escalones más bajos de la pirámide, que muchas veces trabajan gratis y se ven obligados a compartir los méritos de sus investigaciones con escalones superiores que no han hecho ninguna aportación. Almudena —nombre ficticio para preservar su identidad— es una licenciada en química de la provincia de Madrid que vivió las consecuencias de este modelo. «Yo empecé con mucha ilusión mi tesis, pero con los años te das cuenta de que lo das todo y no recibes nada. Quienes publican con más facilidad —no necesariamente por ser mejores— pasan a ser la mano derecha de los jefes. Mientras que a quienes publican menos, se les abandona. Te tratan como si no valieras para nada».

Pero no todo se reduce a presiones injustificadas. Apropiarse del trabajo de los subordinados es algo común. Almudena recuerda que, «tras una reunión en la cual no estuve presente, mis jefas dieron algunos de mis resultados para que fueran publicados en un artículo de otro grupo. Años de trabajo. Le pregunté a mis directoras si yo no debería firmar también ese artículo, pero me dijeron que no podía porque no había suficiente aportación mía en el total de la publicación. Pero, cuando por fin salió el estudio, ellas lo firmaron a pesar de que lo único que habían aportado eran mis datos. ¿Qué contribución habían hecho? Si yo no podía firmar, ¿qué derecho tenían ellas?». Almudena tiene claro que en el mundo de la ciencia «cuando las cosas salen mal es por tu culpa, pero si salen bien el mérito es para los directores».

Además, la falta de estabilidad es el auténtico enemigo durante la carrera investigadora. Los aspirantes a doctores no pueden realizar una vida normal, ya que no saben si van a agotar sus sueldos antes de terminar la tesis, o en qué país van a tener que vivir al terminarlas, una situación que se puede alargar durante años. Además, la maternidad está muy mal vista en la mayoría de casos.

Héroes y bosones

Para Almudena, «llegó un punto en que todo era un acoso y derribo, sobre todo a partir de quedarme embarazada. Decidí hacerlo en ese momento porque me faltaba poco para terminar el doctorado, y después es muy difícil compaginarlo. Pero aumentó mucho la presión y me recriminaban haberme quedado embaraza. Era un ataque completo, hasta mi marido me recomendó denunciarlo. Pero piensas: ya es el final, un año y se termina. Pero se alarga y ves que no tiene fin. Tras la última reunión, en la cual me dijeron que la peor decisión que había realizado era ser madre, decidí dejar mi doctorado con la tesis a medio escribir. No podíamos hacer frente a los gastos que teníamos, y me di cuenta de que aquello no iban a ser dos meses ni tres».

Una de las consecuencias de este sistema de torneos es la necesidad constante de publicar investigaciones, aunque se haga a través de predatory journals. De hecho, el clima se ha vuelto tan asfixiante que el físico Peter Higgs, que en 2012 recibió el premio Nobel de Física por explicar el origen de la masa de las partículas, reconoció que si hubiera tenido que realizar sus investigaciones en la década de los noventa, en lugar de los sesenta, le habrían denegado cualquier puesto en una universidad al no ser considerado suficientemente productivo. Higgs propuso, junto a otros científicos y tras largos años de cálculo y reflexión, la existencia de una nueva partícula subatómica que fue bautizada en su honor: el bosón de Higgs. No obstante, tuvieron que pasar casi cincuenta años para que se demostrara su existencia en el Gran Colisionador de Hadrones (LHC) del CERN en Ginebra (Suiza). Como explica Catalá, «los plazos y las expectativas de los proyectos de investigación actuales no dan suficiente tiempo como para que un científico proponga algo como el bosón de Higgs».

John Higgs, descubridor de la 'partícula de Dios', aseguró que, con los criterios actuales, habría quedado fuera de la universidad

Para Almudena, también está claro que «el objetivo que persigue la ciencia actualmente no es el adecuado. No estamos creando buenos profesionales, sino máquinas de publicar. El ser mejor científico no depende del número de publicaciones. Las personas que están en el top de la ciencia actual son grandes publicadores, pero no tienen por qué ser grandes científicos».

La sociedad se ha acostumbrado a encumbrar a unos pocos en los altares de la gloria, ya sea por motivos militares, políticos o —como ocurre en este caso— científicos. De hecho, para muchos existe una especie de versión mítica de la ciencia, donde la tenacidad y el esfuerzo, acompañados de mucha inteligencia, han creado figuras que han hecho avanzar a la humanidad. No obstante, aunque en algunos casos haya sido así, generalmente se trata de esfuerzos colectivos que han sido recompensados con honores y grandes salarios para unos pocos, y el olvido y la precariedad para otros. El sistema científico, en este caso, debe hacer un examen de conciencia sobre su funcionamiento y sus criterios de evaluación, para poder solucionar los problemas que amenazan su misma esencia.  

* Este artículo se publicó originalmente en el número 49 de la revista Plaza

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