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AMORES DE VERANO

Amor, helados y David Hasselhoff

Amar es volver a ser niño; comer helado es siempre volver a ser niño

| 13/07/2018 | 4 min, 4 seg

El amor en verano es la forma de locura más cuerda que conozco, la línea más recta para llegar al destino, como un horizonte trazado con regla por el mar.

No sé si el amor existe en noviembre pero en julio, en julio sí.

Y sé que esto va de comida pero es que es verano y apetece más amar que comer,  y desordenar los títulos de las películas como Amar, beber, comer, Beber, amar, comer, Comer, beber, amar.

Siempre he pensado que la playa y el mar tienen el superpoder de conectar los tiempos, como una puerta interdimensional por la que se accede a la infancia o a la adolescencia, a través de esa sensación de calma salada en la piel, de placer azul en la mirada, de una extraña sed que es deseo inagotable.

Cuando la arena dibuja levemente la forma del cuerpo, como un cadáver de invierno, y con los ojos ardientes, escuchamos el sonido sin pausa de ese mar que viene hablando por los codos desde ni se sabe.

Todo pesa menos en verano, todo se riza, todo se derrite.

Y me acuerdo del Frigodedo, del Colajet, de ese caldito que se sorbe, ese caldito concentrado y artificial, artificial como toda infancia, que es puro verano, que es puro amor. 

Los limones helados del restorán, ácidos y dulces como nunca jamás volverán a estarlo (¿cambió la marca o qué?) el Crocanti que sonaba adulto, a dientes que hacen crujir el mundo, el sándwich de nata, meter la lengua entre las dos galletas, ir redondeando la crema como un escarabajo pelotero, hasta el mordisco final.

Amar es volver a ser niño.

Comer helado es siempre volver a ser niño.

Tal vez por eso no llevo del todo bien el exceso de innovación, el helado de jamón serrano, de tortilla de patatas o de fabada. Tal vez por eso me gustan los sitios como Brustolón, que desprecia el paso del tiempo desde 1935, con sus sillas metálicas que tatúan muslos desnudos, con el vasito de agua de pronto amarga en la bandeja. Y esos camareros que solo existen aquí y en los restaurantes de playa, congelados desde los años 80.

Dicen que el helado lo inventaron los chinos hace bastante rato ya, que fueron los emperadores de la familia Tang, que nada tienen que ver con los creadores del zumo en polvo, los primeros en preparar un dulce similar a la leche congelada.  

Luego lo adoptaron los griegos y los romanos. Pero tuvo que ser, cómo no, un italiano, Marco Polo ¿había alguien con mejor apellido en el casting? quien introdujera las recetas de postres helados que había conocido en sus viajes por oriente, y que causaron furor en las cortes italianas.

Más tarde Latini perfeccionaría su receta del sorbetti.

Y cuando Catalina de Medici se casó con Enrique II de Francia, hizo llevar a su chef y sus recetas de helados a la corte francesa. Fue allí donde se le añadió el huevo (ya iban preparando la revolución los franceses y sus huevos).

La primera heladería se la debemos también a un italiano, Francesco Procopio dei Coltelli que en 1686 abrió en París el  Café Procope. Tanta fama alcanzaron sus helados que el rey Luis XIV lo hizo llamar para felicitarlo por su producto.

Desgraciadamente, el ser humano tiende a degenerar a ratos y no todos las aportaciones al mundo heladora han sido acertadas.

En Girloy, celebran un festival del ajo donde uno de los productos estrella es un helado de ajo que apesta ya desde el nombre. En Nueva York, la heladería OddFelows Ice Cream apuesta por un helado de chorizo con remolino de caramelo. Lo peor sin duda, la palabra remolino.

Pero para excentricidades, la de una empresa de helados inglesa, The licktators, que para conmemorar el nacimiento de la segunda hija de los duques de Cambridge, creó un helado elaborado con leche materna, con leche recién exprimida de donantes anónimas, explicaban.

No sorprende tanto si sabemos que esta marca ya lanzó el Vice Cream, el helado de Viagra.

Pero sin duda lo más impactante en helados, algo difícil de olvidar, es el polo Hasselholf, un polo con la cara y el torso de David Hasselholf que se va deshaciendo como si fuera volviéndose ebrio. Sí, siento haber traído esta imagen.

En realidad yo solo quería decir que nos amemos en verano, como Michael Knight a su Kitt, como los niños a los helados, como viene amándose desde que el verano es playa, sin tonterías.

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