VALÈNCIA. El convento de los Frailes Dominicos se despierta cada mañana cuando aún no se han puesto las calles. Es la hora de los primeros oficios, los Laudes, en los que los 30 hermanos que conforman la comunidad bajan a la basílica y rezan juntos. También comparten las horas de comer, sobremesa y cena, aunque el resto del día tienen más libertad para sus diferentes trabajos: unos dan clase, otros ofician misas, algunos teorizan o se involucran en proyectos sociales... Todos tienen dos carreras, la de teología y una más. En València, las cosas no son muy diferentes a las de otras comunidades, salvo por la peculiaridad de contar en ella a dos artistas que han destacado, de una manera u otra, en el mundo de la cultura. Son algo recelosos de las fotos, y cuando se les pregunta por su obra, incluso tímidos. Aunque normalmente van vestidos de calle, se ponen hábito para hacerse la sesión fotográfica y atender las preguntas.
Fr. Félix Hernández, OP enseña primero su estudio. Sus cuadros abstractos, hechos a óleo, desprenden colores, formas y figuras sin definir, que conviven de una manera extraña y que necesitan la mirada pausada de quien se quiera acercar a ellos. Los tiene apilados, aunque admite que nunca tiene mucho tiempo libre. Suele responder a los encargos, que a veces se le acumulan. Cuando está en la habitación donde pinta, cambia el hábito por un mono manchadísimo y cambia los oficios por los lienzos, sin perder en ningún momento las visceras. La obra de Hernández es intensa, muy intimista pero no tranquila; parece hecha desde la oscuridad o desde la luz, pero nunca será un artista de grises (tal vez sea una analogía de los símbolos de los propios Dominicos, que combinan el negro y el blanco en una metáfora sobre la convivencia de los claros y los oscuros). Según el propio artista, sus cuadros buscan "ser un lugar de encuentro con los sentimientos y la intimidad personal, que sea exigente tanto con el propio autor como con el espectador".