VALÈNCIA. ¿Qué pasa después del ‘Game over’? Pues que toca usar la siguiente vida, claro. Botón de reinicio. La acción es aparentemente sencilla, una nueva oportunidad tras la muerte digital que separa la experiencia humana de la virtual. Es precisamente por esto que el ámbito de los videojuegos plantean, en el fondo, cuestiones que van más allá del mero divertimento, una experiencia que no por ser virtual deja de ser real y que plantea reflexiones sobre la propia existencia, la realidad o los espacios compartidos.
Estas lecturas se entrelazan en la propuesta que plantea la artista alicantina Ana Esteve Reig en el Centre del Carme, donde despliega el proyecto El ritual del respawn. “El nombre hace alusión a un término que se usa en el lenguaje de los videojuegos, el acto de desaparecer y volver a aparecer”, relata la artista. Esta nueva vida tras ‘gastar’ una de las que te permite el juego es el corazón de la exposición de Esteve, en la que el ocio y la pantalla vibran al ritmo de temas universales como el amor, la muerte o las relaciones.
Lo hace a través de dos piezas de vídeo arte que reflexionan sobre la virtualidad, la espiritualidad y la propia experiencia humana. La primera de ellas, Game dreams, un vídeo en el que la cámara se comporta como un observador que viaja por los espacios físicos donde todo esto está ocurriendo, pasando por un centro de datos, un cibercafé y hasta un templo budista, como clara referencia a la idea de renacimiento y espiritualidad. “Me parecía que era un lugar muy bonito donde terminar el vídeo. Al final hablo de lo mismo, todo ese tiempo que se dedica a actos inmateriales”, reflexiona la creadora.

En la segunda sala, otro vídeo, en este caso el que da título a la exposición, una consecución de imágenes grabadas de videojuegos acompañadas por las reflexiones de distintos gamers a los que la artista ha entrevistado en estos años de investigación, relatos relatados en este caso a través de varias figuras creadas por Inteligencia Artificial. “En los videojuegos la muerte no es un final, a veces es incluso el lugar donde encontramos calma”, relata uno de los avatares creados para la exhibición, enmarcados en una pequeña pantalla acompañada por imágenes de juegos como Los Sims o Mortal Kombat.
Una premisa clara en el trabajo es que, aunque sin obviar los problemas vinculados a la tecnología, la muestra no se sitúa como un espejo de ellos, sino más bien como una reflexión sobre cómo los muros entre la experiencia virtual y real son cada vez más líquidos, experiencias que ya no se pueden entender como separadas. “Hay muchas historias y muchas vivencias que se dan en el plano virtual”, reflexionó Esteve durante la presentación de la muestra.
Trece habitantes en Circuito cerrado

La obra de Esteve también forma parte de la exposición colectiva Circuito cerrado, que también abrió sus puertas este miércoles en el Centre del Carme. Comisariada por Cayetano Limorte, la muestra propone “una reflexión en torno a los conceptos de empatía, amor y soledad, a partir de la concepción del sujeto como circuito cerrado".
Originalmente titulada como Circuito cerrado o la ilusión de la comunicación, tal y como desveló el comisario, la muestra presenta la obra trece artistas de distintas generaciones y contextos, que transitan en torno a cuestiones cuya base filosófica atraviesa la historia del pensamiento.
El recorrido expositivo se articula en dos niveles. En el primero, las obras de Inma Femenía, Takahiko Iimura, Almudena Lobera, Laura Ramírez Palacio, Kentaro Taki, Manuel Saiz y Kei Uruno indagan en la creación del yo, del otro y de lo real como elaboraciones mediadas por el lenguaje y los dispositivos de percepción.
En el segundo, las obras de Marta Azparren, Ana Esteve Reig, EXONEMO, Jean Genet, Aya Momose y Arata Mori confrontan el deseo de trascender esa clausura, el impulso de escapar del circuito pese a que ese gesto desemboca siempre en la aparición de otra configuración simbólica, otro intento de relación que, lejos de cancelar el encierro, lo reformula bajo nuevas condiciones.
