VALÈNCIA. El Gobierno vasco, como hizo en 1997 y en 2007, pide la cesión del Guernica durante el curso de 2027. Con una gran muestra en el Guggenheim de Bilbao, se conmemoraría el 90 aniversario del bombardeo alemán sobre el municipio vasco. Una suerte de abrazo social uniendo la memoria histórica y el arte. Como respuesta a la petición, todo lo que ya se sabe. El Ministerio de Cultura, de nuevo, dice no, aduciendo que los conservadores del Reina Sofía, así como otros expertos, desaconsejan encarecidamente cualquier traslado. La obra podría sufrir desgarros y grietas. Sus achaques hacen inviable un nuevo viaje, dictaminan los profesionales. Como el médico que prohíbe al anciano emprender aventuras.
Hasta aquí un debate sin demasiado recorrido, más allá del riesgo -no asumido esta vez- de poner a prueba una obra de arte achacosa. No sería la primera vez. Sin embargo la conversación se altera cuando la presidenta de la autonomía que acoge el Guernica, y a quien en principio no le incumbe demasiado el asunto, se descuelga con las siguientes declaraciones: “Me parece que es cateto. La cultura es universal”. Y es ahí donde todo cambia. Las palabras de Díaz Ayuso, bien relevantes, se convierten en el mejor argumento posible para reclamar que obras de arte tan simbólicas como el Guernica puedan asomar en otros territorios, siempre que su salud lo permita.

Hasta las palabras de Ayuso no había motivo para tanto escándalo. El deseo de acoger arte por parte de unos u otros territorios es una condición inherente a la evolución histórica. Un cuadro no es una materialidad vacía; los elegidos tienen una enorme carga simbólica y emocional. Es la demostración de que el arte importa y es capaz de hablar, de trasladar mensajes. Por tanto cualquier debate a partir de estos extremos habría que enmarcarlo en la riqueza de la discusión pública. Una tensión inherente a la gestión política. Porque sí, claro que hablamos de política. ¿Cómo sí no se llevan a cabo las políticas culturales? Escandalizarse porque el Guernica se politiza provoca cierto sonrojo. ‘Yo no me meto en política’, ‘ni de derechas ni de izquierdas’. ¡Cómo el Guernica no va a ser política!
Después de las palabras de Ayuso, proferidas con la intención de denotar una autoridad territorial, la cuestión es bien diferente. ¿Es València un territorio cateto cuando suspira porque el Centenar de la Ploma, piedra Rosetta del medieval valenciano, pueda en algún momento regresar desde el Victoria&Albert de Londres, en cuya planta baja luce la obra que descubre la batalla del Puig de 1237?, ¿lo es Elche al reivindicar una y otra vez su Dama, ubicada en el Museo Arqueológico de Madrid (MAN)? ¿Son València y Elche menos universales por desear que el arte que define su historia pueda verse también entre sus confines?

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- Foto: IVCR+I
Cuando se fija el argumento de que el arte es universal, ¿significa que el País Vasco no es de este universo?, ¿no son los valencianos lo suficientemente universales? Es una declaración de arrogancia por parte de un Madrid DF que, en lugar de reivindicar su estrategia cultural, se arroga la administración de determinar quiénes son o no merecedores del arte que comparten los españoles. La brocha gorda que dibuja la línea: aquí lo global, fuera de aquí la nada. ¿Es que el Guernica cayó en Madrid por casualidad?, ¿es que surgió de sus propios suelos? Fue un trabajo político, una determinación de país, un acuerdo entre diferentes. Por tanto, un pacto, y entonces no un derecho natural. La postura cultural que pretender situar la Comunidad de Madrid excluye la posibilidad de más debates. El fin de la historia. Arte y Fukuyama. Todo está ya repartido. Atado y bien atado.
El contexto es bien distinto y no coincide con esa lectura reduccionista. En un momento donde las geografías no situadas en los principales centros de poder encuentran graves dificultades para su cohesión social, tras perder buena parte de los asideros que les arraigaban (industria, medios de comunicación…), los símbolos adquieren una importancia mayor. Territorios como el País Vasco o la Comunitat Valenciana seguirán aspirando a tener una relación directa con sus grandes iconos artísticos. Es una de las pocas maneras para visualizar su peso histórico y transmitir, ante el embate de la homogeneización, un cierto carácter propio.
Están en su derecho de intentarlo. No es una historia finiquitada, sino bien viva y producto de la diplomacia, la negociación, la seducción. Cuando València intentó traerse para sí el Centenar de la Ploma logró, como tanto escaso, que en 2020 la predela -la base que soporta toda la obra- llegara al Museu de Belles Arts para ser restaurada. Tras ello, volvió a Londres.
El señalamiento a esa España de los catetos, fuera de la universalidad, es el mejor motivo para reclamar más presencia de arte propio. Porque, como bien dice Ayuso, “la cultura es universal”, ningún territorio merece quedárselo todo.

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- Foto: EUROPAPRESS / ROBER SOLSONA