VALÈNCIA. Quizá había asuntos más perentorios que han impedido ver el bosque. A saber, en Madrid va a cerrar una librería (Tipos Infames) y Pérez Reverte (junto a Jesús Vigorra) ha tenido que suspender en modo drama su festival por ‘lo de David Uclés’. Entre acontecimientos decisivos es normal que pase desapercibido, incluso para el público más cercano, un cuita de segunda: el MuVIM de València quiere dejar de ser el MuVIM. Un proyecto de 25 años que debía, desde sus formas pseudobrutalistas, ejercer de faro de la modernidad. En cambio, en un tiempo demasiado prematuro, parece haberse quedado antiguo. Fuera de circuito.
Las intenciones reveladas de la Diputació de València de convertirlo en algo así como un emblema de la Dipu, lejos de ser un lance menor, avisan del peligro de convertir los equipamientos culturales de la ciutat en una especie de concurso, taifa a taifa, todos contra todos. Una competición apartada de la política cultural y más tendente a tomar los espacios como rehenes de lo institucional.
Con el edficio que construyera Vázquez Consuegra, en una mole funcionalista levantada sobre la memoria del que fue el primer centro psiquiátrico del mundo, la Diputació estaría sopesando un cambio de personalidad. El advenimiento del Museu d’Art de la Diputació y la conversión del proyecto en un muestrario de la obra que la propia institución guarda en sus cajones: de Sorolla al Equipo Crónica, de Pinazo a Carmen Calvo.
Si algo evidencian esos planos es una falta completa de guion común. Desde luego de una convergencia mínima entre distintos niveles administrativos. Sobre todo, una confusión en los términos.
Abrir el melón de qué demonios hacer con el MuVIM parecía más que necesario. Es un buen reto una vez que perdió un relato central, que quedó aguado frente a proyectos más reconocibles y atractivos, con una dificultad progresiva para conectar con un público amplio. Que el MuVIM necesita un cambio estratégico es evidente.

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- Foto: DIPUTACIÓ DE VALÈNCIA
Ahora bien, tomarlo como rehén de una institución, confundir el quién (la Dipu) con el para qué (desarrollar políticas culturales), emborrona por completo los objetivos de un elemento central como debería ser el MuVIM. La diputación es una herramienta, no el fin. Por tanto se espera que ni el MuVIM ni ningún otro equipamiento sea el ‘museo de la institución’, sino que la institución sirva para tener un buen museo. Como si le hubieran dado la vuelta al edificio (la maqueta del Pare Tosca cabeza abajo), y se usara la política cultural para dar a conocer una administración y no lo contrario. La Diputación no necesita darse conocer un poco más, es el territorio para el que trabaja el que debe ser puesto en valor.
En cuanto al programa, una apuesta que pase por un MuVIM de sorollas o pinazos, del Equipo Crónica o de Andreu Alfaro, es un canto a la cacofonía, al solapamiento. Desliga el patrimonio de los valencianos de un discurso común y reconocible, donde emblemas como el Belles Arts o el IVAM, necesitados de un enorme refuerzo, se enfrentarían en cambio ante un competidor añadido dentro de la misma familia. Un guion despedazado.
No, ni la Dipu ni el MuVIM son (o no deberían ser) compartimentos estanco. No hay un territorio único de la Diputació u otro de la ciudad, es un continuo con capas administrativas que encajar como un puzzle y no como placas tectónicas sacadas de lugar. En esa tensión no resuelta entre competencias, se está excluyendo la cuestión principal, la que debería dar paso a un proceso estimulante: ¿para qué puede servir el MuVIM en un contexto como el actual?, ¿cómo puede complementar al discurso cultural valenciano y por tanto encontrar su propia centralidad?
Igual que al llegar al MuVIM es la maqueta de la València histórica la que recibe, mirar al plano sobre el que se asienta el edificio da pistas de su posible relevancia. Su inmediatez a la Estació del Nord, y por tanto a la puerta principal por la que las comarcas valencianas van y vienen a la ciudad, es una oportunidad relevante para entender al proyecto como espacio de bienvenida territorial. Su plaza y sus exteriores, convertidos en lugar activo para buena parte de generaciones jóvenes durante décadas, es otra señal de su capacidad para abrirse.
Un lugar que lejos de mirarse a sí mismo, debería mirar hacia afuera para aprovechar sus enormes oportunidades como algo más que un contenedor de arte. Antes que un Museu d’Art de la Diputació, una Diputació para un Museu d’Art.