Arte y fotografía

Escif radiografía València y sus Fallas entre churros y unicornios

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VALÈNCIA. Cuando Escif comenzó a plantar La Meditadora frente al Ayuntamiento de València pocos imaginaban que esas ‘no Fallas’ iban a convertirse en históricas, que el silencio ganaría en esa plaza que acostumbramos a ver abarrotada. El busto de una mujer con los ojos cerrados mutó a los pocos días de su instalación, cubriendo sus labios con una mascarilla que fue nuestra compañera durante ese maldito 2020. Això també passarà se llamaba el proyecto, como si alguien le hubiera abierto una ventanita al futuro. 

No ha sido este su único coqueteo con el fuego, una relación que comenzó en 2015 con Todo lo que sobra, que mimetizó la falla con la calle con reproducciones de vallas, bicicletas o coches, entre los que se incluía una versión del vehículo particular de Rita Barberà que estuvo aparcado durante 23 años en el Ayuntamiento. En estos días, además, en los que el corazón de València presenta a un Chaplin que lanza un mensaje de ‘Hope’ -esperanza, en inglés- en tiempos de guerra, no son pocos los que recuerdan las palomas blancas que Escif instaló en 2024, una falla que miraba a Ucrania y Gaza y que, por cierto, recuperó una de las piezas del proyecto pandémico, un grupo de migrantes saltando la valla que, en este caso, protege la mascletà. 

Entre unos proyectos y otros son varios los hilos invisibles que los conectan, entre ellos la reflexión en torno al espacio público en una fiestas que se presuponen de calle, la carga política -que está en el ADN de toda manifestación artística aunque a Wim Wenders le cueste decirlo- y una radiografía del presente que ha convertido a Escif en uno de los grandes cronistas de la ciudad de València, un artista que desde el arte urbano, los murales y/o las fallas, ofrece en cada pieza una fotografía quirúrgica del estado de la ciudad -y más allá-. 

Un año más, Escif lo ha vuelto a hacer.

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Este 2026 vuelve al lugar donde plantó por primera vez, a la comisión Mossén Sorell- Corona, y lo hace con Churros Unicornio. Més enllà d’allò conegut, que produce el taller de Manolo Martín, una falla que transita entre la realidad y la fantasía y que vuelve a dar en el clavo en un año en el que las Fallas vuelven a ocupar -y quizá más que nunca- el centro de un debate que mira a su presente y futuro, a la relación con el espacio público y con los vecinos y a su -quizá inevitable- confirmación como evento de masas. 

En medio de toda esa conversación, una churrería. Bueno, una churrería no, una churrería con un unicornio que la corona, una instalación que de nuevo juega a confundirse con el mobiliario urbano y que elimina la valla que habitualmente separa a visitante y monumento. La falla deja de ser una Mona Lisa tras la cinta de seguridad y el cristal blindado, un puesto de churros que plantea una reflexión sobre el uso del espacio público durante las fiestas aunque, en este caso, desde un envoltorio amable, una falla que se puede tocar, habitar y, claro, quemar.

“Siempre me ha parecido que, en un cierto nivel, la ocupación del espacio público que hacen las fallas puede resultar un poco abusiva. Entiendo que forman parte de un escenario particular y temporalmente acotado, ligado al uso del espacio público para las fiestas populares. Que el espacio recreativo de una fiesta popular le gane terreno al espacio productivo del capitalismo podría ser valorado con cierto entusiasmo. La pena es cuando de esta pequeña victoria, los casales hacen su pequeño feudo y convierten este gesto en un suerte de privatización parcelaria de la ciudad”, reflexiona Escif para Culturplaza.

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Era importante hablar de sus proyectos anteriores porque el propio artista señala que en unos y otros ha intentado “deconstruir o difuminar las barreras entre lo que es y lo que no es una falla”, siendo este uno de esos hilos invisibles que en este 2026 parece más pertinente que nunca. En este sentido, la falla se concibe como una instalación viva, un puesto que durante las mañanas ofrece churros y cuenta con mesas y sillas para que el público pueda sentarse, conversar y habitar el espacio, una calle ocupada y compartida en la que los elementos no se imponen a la realidad, sino que conviven con ella.  

“La idea es que no haya una ocupación del espacio público en el sentido tradicional, sino más bien abrir un diálogo en el espacio público en torno al elemento escultórico y la realidad del espacio en el que este se expresa. Que ese elemento no tenga un perímetro claramente acotado, sino que pueda integrarse y dialogar con el entorno; que no sea una imposición radical en el espacio público, sino algo que forme parte de la experiencia directa con el lugar”, señala.

“Todo esto parte de una idea de respeto y dialogo hacia y por el espacio público. Pero también hay otra capa que está muy relacionada con esto: la deconstrucción de la falla como algo externo; algo que aparece de repente con una dimensión espectacular; un escenario inaccesible ante el que solo podemos rendirnos”, reflexiona Escif. En este sentido, de nuevo, es clave la desaparición de unas vallas que te alejan del propio monumento, eliminar la idea de una obra nacida para ser observada con distancia y pasar a apostar por proyectos para ser habitados. En resumidas cuentas: “Hacer una falla que pueda situarse en el umbral de lo que es y de lo que no es una falla”.

Una década después de Todo lo que sobra, Escif vuelve a jugar con la idea de confundir la falla con el entorno aunque, en este caso, añadiendo un elemento funcional: no solo reproduce la realidad sino que activa un espacio, en este caso Churros Unicornio, en el que la gente puede interactuar. Ahí aparece también ese juego espejo en el que la ficción y la realidad conviven durante unos días. El puesto de churros es real. Lo que realmente lo diferencia del resto de puestos es que, con el final de las fiestas, se convertirá en cenizas”.

Una falla “churra”

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La idea de plantar una churrería como monumento fallero tiene que ver con lo físico, con la reflexión sobre los elementos que ocupan las calles de València durante los días de fiesta -y algunos más, todo hay que decirlo-, pero también tiene una lectura que supera lo material, una lectura que reflexiona sobre cuáles son los elementos que verdaderamente hacen que las Fallas sean Fallas, sobre lo propio y lo ajeno. 

“En Valencia, “churro” es una palabra que se utiliza para referirse a aquello que no es realmente valenciano, aunque pueda parecerlo. Por ejemplo, alguien que habla mal valenciano se dice que habla “churro”. También se puede llamar “churro” a alguien que ha nacido en València pero cuya familia no es de aquí […] Si seguimos esta alegoría de lo “churro” en Valencia, podríamos entender que una falla que no es realmente una falla podría ser, de alguna manera, una ‘falla churra’”.

En este sentido, la idea del unicornio -que en lugar de cuerno cuenta con un churro- representa ese juego entre la fantasía y la ficción y funciona, a su vez, como referencia a lo cultural y lo identitario, un aspecto que no se desarrolle de forma antropológica dentro del proyecto, pero que sí aparece como una pincelada más que atraviesan la idea del puesto de churros.

“En mi caso personal, siendo valenciano pero con familia con orígenes diversos y habiendo hablado siempre bastante mal el valenciano, el espacio “churro” ha sido un lugar en el que he tenido que convivir toda mi vida. Es un término que en València a veces se percibe como algo un poco ofensivo, pero también se podría plantear la pregunta de por qué no reivindicarlo como espacio válido”, apunta el artista. Entre churros y unicornios, un año más Escif vuelve a leer una ciudad que se cuenta a tiempo real a través de sus fallas.

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