Arte y fotografía

CONVERSACIONES CULTURPLAZA

María Negroni: “No hay que buscar respuestas, sino complejizar las preguntas”

La escritora inaugura el ciclo 'Escrituras cactus. Tentativas literarias sobre Julio González' mirando la obra del artista sin voluntad de descifrarlo

  • María Negroni, al lado de 'Daphne', de Julio González.
Suscríbe al canal de whatsapp

Suscríbete al canal de Whatsapp

Siempre al día de las últimas noticias

Suscríbe nuestro newsletter

Suscríbete nuestro newsletter

Siempre al día de las últimas noticias

VALÈNCIA. En el marco del 150 aniversario de Julio González, el IVAM ha invitado a varios escritores a dialogar con la obra del escultor desde la escritura. María Negroni ha respondido a ese gesto con un poemario breve que ha huído de intentar descifrar la escultura y, por el contrario, ha busca escucharla y recoger sus ecos. 

— Tu propuesta es la de hacer varios poemas a partir de piezas de Julio González en las que te inspiras. En este ejericios, ¿sientes que quieres descifrar las obras, o todo lo contrario, cifrarlas un poco más?
— Sería absurdo intentar descifrar las obras. El arte en sí no es una reproducción de nada. El artista se inspira en algo, interno o externo, que lo ha conmovido, pero no hace una fotocopia de eso: lo elabora y produce otra cosa. Cualquier intervención de otra variante del arte sobre un cuadro o una escultura funciona igual, es una reelaboración. 

El otro día me contaban una anécdota muy linda de Mallarmé: Debussy lo llamó y le dijo que querría poner música a La siesta de un fauno. Mallarmé le respondió "Yo pensé que ya tenía la música". Y es cierto: cada arte es completo en sí mismo.

Por eso, cuando me propusieron hacer la lectura frente a cada obra, dije que no. Porque la gente iba a estar tratando de ver cuál era la relación entre lo que yo escribí y la obra, y no es eso. Se trata de escribir un poema a partir de una obra artística, que en este caso es más bien el eco de lo que esa obra me ha producido.

En Colección permanente queda clara esa vocación tuya de que la escritura no sirva para volver más obvias las cosas ni para cerrar lecturas. Incluso como escritora no te interesa descifrar nada, sino más bien ir despojando de lugares comunes.
— Exacto. No se trata de buscar respuestas. Se trata, en todo caso, de complejizar las preguntas, de subir el nivel de las preguntas, pero no de contestarlas. Nunca había usado el verbo “descifrar”, porque descifrar pareciera implicar que hay un enigma, y en realidad todo es un enigma: la realidad, el arte. Y es un enigma que debe permanecer tal cual es, no explicado.

¿Cómo has sentido en el proceso trabajar con estas obras? ¿Has notado diferencias entre lo que te han inspirado las piezas más figurativas y las más abstractas?
— No, porque lo que me interesa es imaginar —aunque sea imposible— un posible diálogo entre el personaje del escultor, en este caso Julio González, su vida, sus circunstancias: lo que le pasó con su hermano, con su pasado de orfebre, con su familia, su vida en París. Fui buscando, buscando y encontrando expresiones diferentes, hasta que creo que él hace una especie de reconciliación con su comienzo y lo transforma. Y creo que ahí es cuando aparece el momento culmen de su obra.

¿Hasta qué punto te ha importado la vida de Julio González a la hora de escribir estos textos?
— Muchísimo. Me parece una figura muy entrañable. Es un artista al que le costó encontrar su voz personal, y eso es muy valioso. 

  • -

Hay esculturas de Julio González que son rostros con expresiones muy desgarradoras y parece que tienen una entidad distinta, una capacidad especial de llamar la atención y despertar emociones.
— Sí, pero yo no haría una diferencia porque todo forma parte de la misma obra. Siempre recuerdo una vez en el MoMA de Nueva York, en una retrospectiva de Magritte. Magritte empezó pintando obras muy reconocibles. Luego había una sala, en el medio de su carrera, de diez años enteros dedicados a la pintura figurativa. Diez años es muchísimo en la vida de un artista. Después vuelve a lo que ya había hecho y explota eso. Yo me quedé observando al público: entraban en esa sala de diez años y, como no les sonaba a Magritte, pasaban de largo. Y es importante preguntarse qué le pasó a ese pintor durante ese tiempo. Todo artista es así.

Hablabas de intentar entender el personaje de Julio González. Eso me recuerda a las entrevistas que hacías también en Colección permanente con distintos artistas. ¿Tienes una vocación de intentar entender qué hay detrás de las obras a partir de la vida de los artistas?
— Es una parte del juego. Nunca me lo había planteado así, pero sí, me interesa. Me produce curiosidad. Por ejemplo, con Erik Satie: uno podría quedarse solo con la obra, pero si piensas un poco en su vida aparecen cosas muy interesantes.

Era un hombre mayor en plena vanguardia: tenía 57 años en 1920, en el París de la vanguardia, con todo ese auge creativo. Ya estaban Picasso, Picabia, Arp, estaba todo (ahora que lo pienso, también Julio González). Y Satie era como un señor mayor, muy formal, con sombrero, paraguas, traje de terciopelo, un tipo excéntrico. Y de pronto se lo empiezan a rodear. Entonces uno dice: acá hay algo. ¿Quién es este personaje? Podrías quedarte solo con la música, que es extraordinaria, inventivísima y además minúscula, pero su figura es entrañable. Y sí, ahora que me lo dices, me interesa imaginármelos.

— Has escrito varios libros sobre estética, como Museo negro o Film noir. ¿De dónde te viene ese interés? Más allá de tu práctica de escritura poética o narrativa, ¿sientes que alimenta otra vocación distinta o dialoga con tus novelas y poemas?
— Mi padre, que era español, tenía una expresión que decía: “Todo sale de la misma lonja”. No sé si se dice en Argentina, no la conoce nadie, pero la idea es que todo sale de lo mismo. Yo soy una persona curiosa y tengo curiosidades intensas, que me toman por completo. Viví muchos años en Nueva York y, no sé cómo, descubrí el cine negro norteamericano, que es fascinante. Entonces empiezo a ver todas las películas que puedo, empiezo a hacer relaciones, y de pronto eso conecta con la literatura gótica que había estudiado antes. Se me arma como una especie de obsesión, me meto, y eso me lleva a escribir. No te puedo explicar exactamente cómo influye, pero seguramente influye, porque está dentro mío. Supongo que saldrá de alguna manera.

  • -

El último poema está dedicado a Montserrat, una pieza muy simbólica de la obra de Julio González. Quería preguntarte concretamente por ese poema y por tu percepción de esa obra.
— Para mí Montserrat es como una especie de Guernica, pero en otra forma de expresión. La fuerza que tiene viene de lo conciso. Es prácticamente un gesto con una expresión. Concentra la rabia, la frustración, la tristeza, el odio. En ese sentido me parece una obra resonante, porque con muy pocos elementos logra concitar una amalgama muy intensa de emociones.

Una última pregunta, que tiene que ver con el encargo. Estos poemas surgen de una invitación concreta. ¿Cómo te acercas, como escritora, a un encargo, a diferencia de una obra que nace de una preocupación propia?
— Es raro, porque en general nunca trabajo por encargo, jamás. En este caso, además, me habían pedido un texto crítico, y eso no me interesaba. Lo comenté con un amigo barcelonés, que es arquitecto, y a la semana siguiente me regaló un libro enorme de Julio González que había encontrado en un mercado. Empecé a mirarlo y pensé: “Ah, ya sé lo que podría hacer”.

Entonces llamé a la persona que me lo había pedido y le dije: el ensayo no lo voy a hacer, pero puedo intentar escribir unos poemas. Y me dijo: “Sí, fantástico”. Después fue muy gracioso, porque al poco tiempo, para completar un formulario, me pidieron que dijera de qué iban los poemas. Y yo contesté: “Los poemas no van de nada. No tienen argumento”. Los poemas no tienen tema: son ecos. Ecos de lo que algo te produce.

Incluso formalmente, esa idea del eco aparece muy clara en estos poemas porque estan construidos a partir de enumeraciones, de imágenes que se suceden de manera errática, que obligan al lector a detenerse, a volver atrás, porque algo queda resonando.
— ¡Eso es la poesía!

Recibe toda la actualidad
Valencia Plaza

Recibe toda la actualidad de Valencia Plaza en tu correo