Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

¡De qué bars, nano!

Bar Gonzalo (ex Yayos)

El bar al que iba cuando aún era "El chaval que nunca merienda en casa"

Por | 13/11/2020 | 4 min, 19 seg


Se puede saber mucho de las personas por lo que recuerdan de sus años de instituto. Para algunos son los cigars en los baños, para otros las putivueltas en Cánovas, o un profesor que te marcó, o el sabor del Roacután. Para mí sin duda, fueron los hojaldres de jamón del horno de Encarnín, y los almuerzos en Los Yayos.

Todas las semanas, mínimo una vez (normalmente entre deporte y religión) íbamos a almorzar allí. En aquel entonces estaba oculto, entrabas por el patio de una iglesia que está en Dr. Moliner. No quiero caer en nostalgia barata, pero nunca he vuelto a joderme un bocadillo de bravas igual, ni jamás he vuelto a notar el ajoaceite en el aliento de un colega que se sentaba dos o tres filas por detrás. ¿Cuánto nos molaban aquellas tortillas? Lo suficiente como para encontrar un trozo de Scotch-Brite en una y volver al día siguiente a por más. Así nos molaban.

Después lo cambiaron de sitio, a Micer Mascó. El instituto acabó, y alguna vez me he vuelto a pasar, pero así en plan muy puntual. Hoy vengo con afán tope divulgativo.

Entro. Es hora punta de almuerzos, la plancha va a tope y Gonzalo está cortando pan.

Lo que hay en la barra es fantasía. Longanizas, frituras, encurtidos, un plato con panceta churruscadita que me pregunta de qué signo soy. Digamos que la barra de Rausell, o de Erajoma es...Victoria´s Secret ¿vale? Es una cosa delicada, equilibrada en formas y colores, casi aséptica. Esta barra sería más como las Azúcar Moreno, con un atractivo así como muy racial y muy salvaje, con animal print.


Veo tres tortillazas en la parte de arriba del expositor, una de ajos y setas, una de patata y...oh, sweet yisus, la campera. Me transporto completamente al pasado.

¿Carretera, Marty? A donde vamos no necesitamos "carretera".

La campera es una tortilla hecha de cerdo y felicidad. Lleva bacon, chorizo, jamón, patata, navidad, prejubilación, el capítulo final de Farmacia de guardia, y hoy en particular he creído percibir a Iker Casillas besando a Sara Carbonero tras ganar el mundial. Lo lleva todo.

Hacía tiempo que no la miraba a los ojos.

- Hola nena, te he extrañado. He pasado tanto, tanto tiempo buscándote, y la ciudad es tan grande, pero tu amor tan pequeño...

-¿Qué dices?

- Nada, perdona. Le hablaba a la tortilla. ¿Me pones medio bocadillo, por favor? Y un quinto.

Salgo a la terraza. Los bocatas enteros miden prácticamente como una pierna ortopédica, así que si quiero catar un par de cosas más, sé que debo moderarme.


El bocata viene a mi encuentro con música de porno setentero. Va cargadito (mmm, que prieto está), le cuesta cerrar. El pan es el mismo que el de entonces. Se me ha olvidado pedirlo con un poco de tomate restregado, pero da lo mismo, es cremosidad pura. No es una de esas tortillas de centro líquido Alhambra style, es otro concepto, es casi una quiche.

Me termino el bocata, y siento como mis reservas de colesterol vuelven a cotizar en el IBEX. Obviamente esto no va a quedarse aquí, yo os debo un servicio, y aunque el dueño del bar piense que tengo la solitaria, hay que catar cositas.

- Por favor, unas bravas, y me pones también un poco de pollo de ese rebozado que he visto en la barra.

¿Cómo?¿Qué pollo? Ah, amigo, me lo he estado callando para hacer un crescendo dramático.

Otra de las movidas más bocatables de occidente. Pechugas de pollo finas, como papelillos de OCB, rebozadas, pero con ajo y perejil integrados en el rebozado. ¿Sabes a qué sabe? Sabe a bocata de excursión con el cole, sabe a taper de ir a la playa.

Empiezo a comer. Ah, hostias, me quemo, me da igual, pan, trago de birra, eructo disimulado.

Las bravas, te puedo comentar que bien, pero que más normales. Recordaba el ajoaceite como algo que marcaba mucho la diferencia, y hoy me ha parecido más industrial. La salsa brava lo es, así que probablemente también lo será. Patata buena, fritura correcta.



¿Sabes qué? Es una suerte que aun existan bares así. En el tiempo que tardé en almorzar, el dueño saludó y se puso a charrar con dos parroquianos que debían vivir por la zona. Eso ya no se da en tantos bares como debiera.  Algún día, este señor se jubilará, y desaparecerán la campera y las pechuguitas, y tal vez (no lo permita la virgen) me veré obligado a reconocer que ya no soy un adolescente.

¿A cuánto dices que salí, nano? Con cortado y todo, te digo.

7 pavos y medio. Dónde vas.

Gloria eterna y amor para Gonzalo, antiguo Los Yayos.

Goza de amplio aparcamiento.

Comenta este artículo en
next