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Belén Gopegui: "En la novela actual hay una predilección por un fracaso que está muy literaturizado"

La autora presenta 'Existiríamos el mar', una novela que aborda las precariedades contemporáneas sin esconder el contexto post-pandémico

3/10/2021 - 

VALÈNCIA. Ante la ofensiva de la narrativa de los columnistas, Belén Gopegui se ha convertido en el refugio de otras muchas personas. La voz de la madrileña insufla pensar en plural, mirando al presente de manera crítica para poder construir un futuro mejor. Existiríamos el mar, su nueva novela publicada por Literatura Random House, es un buen ejemplo de ello. En ella, analiza las precariedades y vulnerabilidades de cinco personas de unos cuarenta años que viven juntos. Gopegui despliega problemas pero también soluciones, las que surgen a través del cuidado y el pensar el presente juntos. 

La autora, que visitó València hace unos días, se sentó a responder algunas preguntas para Culturplaza. Y en la conversación, un montón de palabras que cuestionar, no como una Academia censurando el presente, sino desde el firme convencimiento de que la lengua y la literatura es una poderosa arma política por la que luchar para conquistar el futuro.

- ¿Cuánto de instinto y cuánto de consciencia hay en tu proceso de escritura?
- Yo no los separo apenas. El instinto, cuando se habla de la escritura y excepto en reacciones inmediatas, refleja un montón de ideas y de sensaciones acumuladas y procesadas que un día te salen solas en una frase. Y no es porque te salgan solas, sino precisamente porque las has estado procesando durante mucho tiempo.

- Lo pregunto porque, a lo largo de esta novela, pero también del resto de tu obra, salpicas lemas, reflexiones, que parece que vas recogiendo poco a poco en tus lecturas y de los espacios que ocupas.
- Sí, especialmente en esta novela. Me he concentrado en volcar lo que había percibido durante mucho tiempo y ordenarlo. He tratado de ser, más que nada, una amanuense al dictado de muchas personas, de muchas vidas y de muchas lecturas. Poniéndole mi enfoque, pero con toda esa colaboración no pedida en la mayoría de los casos.

Foto: ESTRELLA JOVER

- Leí Existiríamos el mar justo después de Utopía no es una isla, de Layla Martínez, que conversa muy bien con tu novela. Los dos dejan un poso de esperanza, y eso, es a la vez, su gran peculiaridad. ¿Qué dice esto del sistema cultural?
- He citado un montón a Layla Martínez porque me parece que su trabajo es muy bueno y ha elegido perfectamente una clave que trabajar. No sé si la describiría con la palabra esperanza, al menos tal como se ha usado en otros momentos, porque tiene cierto componente religioso y una pizca idealista. Prefiero trabajar en una zona más cercana. Creo que todo sirve, y que también vale proponer horizontes más lejanos que estén lejos; pero, en el caso de mi novela, más que esperanza hablaría más de conciencia de la incertidumbre y de saber que esa incertidumbre se puede escorar a un lado en función de las acciones que se lleven a cabo.

La palabra esperanza remite a una gran expectativa futura que no sabemos cuál será. Aún tengo muy grabada aquella frase de Gunter Anders: “Llámese esperanza a esta cobardía”, quizá por eso trato de pensar en pasos más próximos y muy apegados a lo que hay ahora, un “desde aquí se puede llegar hasta allí”. También es verdad que se pueden dar saltos, y que una organización de cuatro o cinco grupos, al unirse con otros tantos, ya no son solo diez, pueden causar el efecto de sesenta y crecer de forma exponencial.

Por otra parte, sí, hay que preguntarse por qué esa visión más positiva del futuro es una rareza en el sistema literario, desde luego. Las narraciones que están en nuestro tiempo no son naturales. La mayoría se forman y nos las forman. Hay una predilección por el fracaso, que además suele estar muy literaturizado. Nadie habla del fracaso diario de las cosas que salen mal, como el que va al médico y le toca esperar de más porque la comunidad autónoma no invierte en el sistema público de salud; fracaso parece ser haber querido escribir una obra maestra, no haberlo conseguido y haber caído en el alcoholismo, o ser un detective traumatizado. ¿Por qué son esas las narraciones que se fomentan? ¿Por qué se da tantas alas a la distopía? Es una manera de hacer atractivas narrativamente formas de estar mal y, a la vez, hacernos ver que estamos mejor aquí que en el futuro que está por llegar. También hay cierta complacencia en la idea de que solo hay una naturaleza humana, y esa naturaleza es mala, y por lo tanto, hemos de protegernos ante ella. Así se acaban justificando ideas contra la inmigración, por ejemplo. Y no, no se pueden justificar de ninguna manera. Además, habría que saber si esas ideas parten de un privilegio y cuestionarlo. Pero todo esto exige un trabajo político, del entendimiento y de la imaginación, que las grandes productoras de narración no están dispuestas a llevar a cabo.

- Tú sí lo haces desde una posición muy frágil, que es la de hablar desde la ternura pero sin caer en gramáticas vacías y optimismo ligero…
- Para mí es la piedra de toque de la novela y en lo que más cuidado he puesto porque es muy peligroso caer en esas gramáticas, tanto como si hubiera ido hacia el lado contrario. Por eso he construido una voz narradora que, de alguna forma, estuviera cuestionando la norma literaria. Si no se cuestiona, se termina por aceptar lo implícito, cosa que no quería hacer.

- Ubicas la narración en la actualidad sin esconder la pandemia. Y así, el debate sobre los cuidados está muy presente. Es un tema que había permanecido en un segundo plano hasta hace pocos años, que iba cobrando protagonismo y que ahora se aborda en la agenda política de manera urgente. Qué doloroso que la reacción hacia este tema esté partiendo de la izquierda, ¿no?
- Absolutamente. Me gustaría, de hecho, que se amplíe el campo semántico de la palabra cuidado. Cada vez que hay algo marginado que se quiere apreciar, cada vez que se quiere introducir una nueva acción en el debate, hay una reacción muy fuerte para destruir y minusvalorar las palabras que las nombran. Cuidado tiene un campo semántico que roza lo blando, lo cursi… Como lo que nos ha costado dignificar, por ejemplo, la palabra ternura.

A mí me gusta más el término -que vendría a ser la versión de una traducción- preocuparse, unido a ocuparse. Cuando tú le dices a alguien que no cuida, parece que les estés diciendo que es una persona fuerte, y eso es algo absolutamente falso: no hay nadie más fuerte que el que cuida. Pero si le dices a alguien que no se preocupa, ni se ocupa, muy poca gente está dispuesta a aceptarlo, la gente tiende a decir “yo claro que me preocupo, estoy aquí militando porque me preocupo y me ocupo de las demás personas”, y no es así puesto que ocuparse y preocuparse y cuidar afecta a todas las dimensiones de la vida. No me gustaría borrar la palabra cuidado ni mucho menos, pero sí que cuidar signifique también preocuparse, porque no preocuparse, no cuidar, es lo que siempre ha combatido la izquierda: la indiferencia y el abuso.

Foto: ESTRELLA JOVER

- Tenemos un problema con el trabajo: si no disfrutamos con él, es explotación; y si sí, tendemos a la autoexplotación. ¿Cómo salir de esa dinámica?
- Habría que salir tomándolo como una reivindicación fundamental y mediante la organización. La expresión “que te guste” o la palabra “vocación” remite a lo que escribe Remedios Zafra: a que el gusto es un privilegio y eso justificaría la autoexplotación. Pero es que hacer una tarea para mantenerse y contribuir a la organización social y al común no debería disgustar, y cuando disgusta, si es por las condiciones desastrosas de explotación, hay que corregir esas condiciones, y si disgusta porque se trata de tareas que nadie quiere hacer, tienen que ser las mejor pagadas y tratadas. Lo lógico sería pensar primero cuáles son las tareas necesarias para la sociedad y saber de qué manera se pueden llevar a cabo. En función de eso, organizaremos lo demás y veremos de qué manera lograr que todo el mundo que quiera trabajar, pueda trabajar; y veremos también de qué manera hacer que las personas que no puedan mantenerse porque sus circunstancias se lo impiden puedan tener sus necesidades cubiertas. Una vez solucionado eso, ya vemos si faltan trabajos necesarios que han de ser mejor remunerados, estoy segura de que no serán los de directivos de bancos.

Pero ahora pasa exactamente lo contrario: producimos a lo loco, decimos que el mercado regula cuando no regula nada, aceptamos porque sí que el paro es una consecuencia lógica de qué… Habría que darle la vuelta.

- Existiríamos el mar habla de la convivencia con unos personajes que ya no viven en un piso de estudiantes. ¿Cuál ha sido la exposición que querías dar a los modelos de vida comunitaria?
- Ellos no proponen su forma de vida como modelo, sino como allí donde han llegado, y lo han hecho en parte por la necesidad. Si hubieran podido elegir, tal vez vivirían solos. Los personajes no dicen que es su manera de vivir, aunque su mera existencia diga de algún modo que la familia nuclear no es el único horizonte y que, en circunstancias difíciles, nos podemos apoyar, y que hay muchas maneras de apoyarse, incluso muchas maneras de imaginar el “yo”. Sobre cuál sería la mejor forma de vivir en sociedad, no dejaría fuera esta manera comunitaria. Mejor hecho, con zonas comunes… Creo que sería lo lógico, que las personas no están hechas para vivir en cajas de cerillas. Pero hay muchas formas válidas incluidas, claro, quien quiere vivir solo o en una familia.

- En un momento de la novela dices lo siguiente: “Se esfuerzan por no perder, que no es lo mismo que ganar. No hay victorias ni derrotas absolutas. Ahí es donde la tensión crece”. ¿Es este el presente que nos toca, el de mirar el horizonte viendo igual de posible la derrota que la victoria y esperar a ver cómo está el mar?
- La primera vez que escuché esta frase fue a Noelia Adánez y me pareció increíble porque es algo tan lógico, tan fácil de entender, y que a la vez no se considera… En la medida que habitamos en el tiempo, ya sabemos que no hay victorias ni derrotas absolutas. Y no solo porque nada se detiene, sino también porque la vida es muy complicada. En el trabajo se puede conseguir una reivindicación pero perder otra, por ejemplo. Es importante tener esa idea de que estamos en un proceso que siempre va a seguir, que nunca va a estar todo terminado. Nunca hay un lugar donde creas que ya has llegado, eso solo ocurre en las películas. En la vida diaria no es así. Este hecho es cansado, pero a la vez, lo aceptamos en otros terrenos sin problema. ¿Por qué en el de la lucha no se va hacer igual?

- Otra frase de la novela: “Solo les queda la certeza de que el mundo se mueve y hay otras cosas que se pueden mover”.
- Sí, Gramsci decía: “Lo único que se puede prever es la lucha”.

- Todo estas vidas que has puesto en esta novela, y las que has contado en otros libros, me llevan a una frase que me cuesta mucho entender y con la que tal vez me puedas ayudar. Es esa que dice que si vives con menos de cinco contradicciones, es dogmatismo.
- Supongo que alude a que las contradicciones son inevitables, y más en esta sociedad. Con lo que seguro que no se puede vivir es con, pongamos, 120 contradicciones y seguir diciendo que defiendes a la gente. Por ejemplo, en lo que hablábamos de los cuidados: “estoy en contra de los cuidados y esa es mi contradicción”. Es que esa contradicción conlleva tantas otras en tantas luchas que no es posible aceptarlo.

Lo que hay que saber sobre las contradicciones es qué cuentan y a qué obedecen. Hay veces que a esas contradicciones te está obligando algo de lo que no puedes prescindir, o algo que te es impuesto de manera inevitable, o por el contrario, proceden de algo a lo que te puedes enfrentar. Y no hay por qué poner límites a las batallas. Vamos, que no estoy de acuerdo con esa frase.

Por otro lado, también habría que ver quién utiliza la palabra dogmatismo para atacar, porque el dogmatismo está muy presente en la sociedad pero no se viste como tal, sino como arma arrojadiza con que acusar a quien le lleva la contraria al pensamiento establecido.

- ¡Qué responsabilidad la de utilizar bien las palabras!
- Sí, pero precisamente eso es lo bonito de escribir: poner las palabras sobre la mesa y preguntarse qué es lo que estamos diciendo de verdad, debatirlo.

- ¿Te pasa también como lectora?
- Sí.

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