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‘La fábrica y el sexo’: María Ruido pone a la política occidental en el espejo de la pornografía

  • María Ruido, durante una performance en la Real Academia de España en Roma.
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VALÈNCIA. La parte a veces explica el todo. Por ejemplo, la deriva de la imagen pornográfica y la de la política occidental. Por ejemplo, Italia. Estas son las coordenadas la nueva película-ensayo de María Ruido, La fábrica y el sexo, una cartografía política, económica y cultural trazada a partir de la industria pornográfica. 

El proyecto nace de una beca de la Real Academia Española en Roma y articula un recorrido por medio siglo de imágenes, archivos y discursos, desde la revolución sexual de los años setenta hasta la actual pornificación de la vida pública. Precisamente este concepto es el tercero en el que deriva su línea temporal, que abarca la pornografía de los 70 y 80 y la pornocracia de Berlusconi. Ruido despliega esta narrativa en forma de fotomontajes, una performance y un vídeo-ensayo de 46 minutos.

Lejos de una mirada moralista, Ruido sitúa el porno dentro del sistema visual contemporáneo y lo aborda como un síntoma político: “La pornografía forma parte de nuestro sistema visual. No es algo marginal: traduce el sistema patriarcal de una forma muy clara, donde el poder se convierte en placer”. La artista recupera así una línea de investigación que ya había explorado en su tesis y que ahora rearticula desde el contexto italiano a través de la producción pornográfica, “pero en realidad podría contar la de todo Occidente”.

Italia funciona, en este sentido, como un laboratorio —“Lo que pasa en Italia acaba ocurriendo en el resto del mundo”—: “Yo no creo que Trump existiera sin Berlusconi. Berlusconi viene de la televisión y mete toda esta idea de la pornificación”. En su relato, el berlusconismo aparece como un punto de inflexión; un modelo político basado en la espectacularización, el control de los cuerpos y la banalización del deseo, que anticipa dinámicas hoy globales.

La primera parte del film se detiene en los años setenta, vinculados al ciclo del Mayo del 68 y al 77 italiano. “Es un momento en el que la pornografía forma parte de un estatuto revolucionario, de cambio, de la revolución sexual”, explica. Pero ese impulso emancipador pronto es absorbido por la industria. “Como casi todo: lo que pensamos que era liberador, el capitalismo lo captura. A la pornografía le pasa lo mismo”. La historia avanza entonces hacia los años ochenta y noventa, marcados por la consolidación del negocio y por figuras como Ilona Staller, Cicciolina, o Moana Pozzi, convertidas en iconos de un cruce inédito entre sexo, medios y política. 

“Contar la historia a través de la pornografía es una locura”, admite. “Pero si hay un lugar para hacerlo, es Italia. Es un país profundamente carnal, profundamente político. Y profundamente revelador”.

Ruido evita idealizar ese periodo. A partir de su trabajo de campo, reconstruye los mecanismos de poder que rodearon aquellas trayectorias. “Cicciolina estaba manejada por hombres, por varios seguramente. Era consciente del dinero que podía ganar con su cuerpo y del corto plazo que tenía, pero no era una figura libre en el sentido romántico”. Frente a la mitificación, la artista propone leer estos casos como parte de una economía extractiva del deseo.

Aunque el vídeo-ensayo es puro montaje con imágenes de archivo; Ruido ha contado con testimonios de activistas, investigadoras y creadoras vinculadas al feminismo y al posporno, a las que entrevistó durante su estancia en Roma. “Allí es bastante difícil pronunciarse públicamente sobre ciertos temas. Hay gente que trabaja sobre sexualidad, sobre capitalismo, sobre salud mental, pero no lo dice en voz alta”, comenta la artista. En ese contexto, la pornografía aparece también como un terreno de conflicto dentro del propio feminismo, con sus tensiones históricas y políticas.

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El porno y el trabajo

Pero la mirada de Ruido deja claro un paralelismo: a pesar de las resistencias a reconocer a las trabajadoras sexuales como lo que son, trabajadoras, su historia es precisamente también la del capitalismo. “La pornografía, como cualquier otra industria, sigue los mismos parámetros. Ahora también se ha uberizado”: deslocalización hacia países del Este, precarización extrema y producción masiva de contenidos baratos forman parte de ese nuevo paisaje. “Ahora son proletarias del sexo. Les exigen prácticas durísimas, duran tres o cinco años y se van machacadas. Antes había carreras largas; ahora las exprimen”, desarrolla la artista.

Ese proceso está directamente ligado a la lógica de internet: “La red ha rebajado todo el estatuto de la imagen, la ha convertido en una imagen pobre. Puedes acceder a cualquier vídeo y eso empuja a hacer contenidos cada vez más extremos”. En paralelo, señala, se consolidan grandes plataformas opacas: “Detrás están grandes magnates. Es una tecnoligarquía escondida; y son enormes lavadoras de dinero”.

“Yo he trabajado siempre sobre el trabajo. Y el porno es trabajo sexual, a veces ligado a la prostitución y a veces no, pero siempre implica poner el cuerpo, el deseo y la emoción en el mercado”. Desde esa perspectiva, “la historia del porno es también la historia de la clase obrera en el trabajo sexual”, concluye.

  • Uno de los collages que también forman parte del proyecto. -

Montaje

Formalmente, La fábrica y el sexo apuesta por una ética de la distancia. Las imágenes explícitas aparecen cortadas e interrumpidas. “No quería dar el gusto de convertir esta película en el placer que se querría ver. Si quieres porno, esto no te interesa. Esto es otra cosa”, asevera. La decisión responde a un debate con su montador, Enrique Piñuel, con el que llegó a la decisión de mostrar la violencia sin reproducirla, dejarla entrever sin estetizarla.

El tramo final del film introduce un contrapunto político a través de imágenes de movilización social y activismo contemporáneo. A pesar del pesisimo natural que genera asumir el estado de pornificación, “queríamos acabar en alto, no quedarnos inmóviles entre lo que está pasando y el fascismo”, señala. “Había que mostrar que existe una sociedad civil articulada”. Aunque reconoce que el contexto actual ha oscurecido algunas de esas expectativas, defiende la necesidad de mantener abierta esa grieta.

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