No sé qué películas vi el último verano: de cómo afecta la hipervelocidad a nuestro consumo cultural

Cine

NO ME ACUERDO
  • Andre Paduano
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VALÈNCIA. Unos amigos mencionan una película que te encantó y descubres que apenas recuerdas de qué iba. Ves una imagen de una serie y reconoces el título, aunque solo conserves un par de escenas en la memoria. Alguien habla de un libro que te marcó y, cuando intentas reconstruirlo, te encuentras una amalgama de ideas borrosas. Ahora que entramos en la recta final de 2026, un interrogante empieza a colarse inoportunamente en tus pensamientos: ¿por qué no me acuerdo de muchas de las obras en las que estuve chapoteando estos últimos meses? Entre la hipervelocidad del consumo cultural propia del siglo XXI y las toneladas de creación artística disponibles, cada obra parece tener menos tiempo para quedarse con nosotros antes de que la siguiente la empuje por las escaleras. Quizá no porque hayamos perdido la capacidad de disfrutarla, sino porque nunca hubo tantas atracciones compitiendo por nuestra atención.

Al escritor y guionista David Pascual (también conocido como Mr. Perfumme) le ocurre especialmente con el audiovisual: “De pronto recuerdo una película que me fascinó y la había olvidado durante años”. Autor de Carne, Dinosaurio (ambas con Colectivo Bruxista) y Gordo de porcelana (Temas de Hoy), consume cantidades ingentes de audiovisual “bueno, malo y regular. De hecho, veo muchas piezas mediocres”. A veces lo hace por trabajo: una serie puede no interesarle especialmente, pero contener elementos útiles para analizar en sus clases de guion. Otras, por simple inercia. “Si ves mil series al año hasta las buenas quedan un poco sepultadas”, comenta. Con la palabra escrita su modus operandi es distinto: “Selecciono mucho los libros que leo y abandono bastantes a mitad. Si no me interesa muchísimo siento que estoy perdiendo el tiempo de leer otro que me enganche más”.

Para Berta del Río, trabajadora cultural, escritora e investigadora, la clave está en la transformación de nuestra relación con la oferta artística: “En muy poco tiempo hemos pasado de una sociedad marcada por la dificultad de acceso a los recursos y el analfabetismo a otra caracterizada por la sobreproducción, por el enorme volumen de oferta cultural. Además, hablar de cultura en términos de ‘oferta’ y ‘consumo’, desde un lenguaje neoliberal, ya da pistas de hasta qué punto esa experiencia se ha alejado de una dimensión más humana”.

  • David Pascual -

El siguiente título

Esa abundancia tiene una consecuencia inmediata: siempre hay algo después. Una nueva película, un nuevo libro, otra serie, otro disco, otra exposición. La obra que tenemos delante compite con todas las que todavía no hemos visto. Irene Herreras, periodista y gestora cultural, observa esa paradoja desde el otro lado. Las instituciones y los proyectos culturales necesitan llamar la atención del público para sobrevivir, pero lo hacen dentro de un ecosistema saturado de estímulos que exige una presencia constante: “Debemos estar continuamente comunicando, generando conversación y tratando de captar la atención del público. Producimos y comunicamos cultura para conseguir que la gente se detenga, pero lo hacemos en un sistema que funciona a una velocidad cada vez mayor”. Por eso, añade, en ocasiones el problema no está en la obra ni siquiera en el espectador, sino en lo que sucede después: “A veces no tenemos tiempo de dejar reposar un título. Nos cuesta recordar determinados contenidos, pero no creo que sea necesariamente porque nuestra capacidad para disfrutar o comprender la cultura haya disminuido. Tiene mucho que ver con nuestro contexto”. No en vano, estamos expuestos “a una cantidad enorme de estímulos que se suceden a toda velocidad. Antes una obra podía quedarse contigo durante semanas antes de que apareciera otra que reclamara tu atención. Ahora siempre hay algo nuevo que ver, leer o escuchar”. 

Celia Cuenca, investigadora y autora de Universos cercanos (Barlin), introduce un matiz importante. No cree que esta aceleración signifique que hayamos perdido la capacidad de pensar críticamente. Más bien se nos escurre “la motivación por utilizarla de cierta manera. Interiorizar una obra implica poder procesarla tras haberla consumido. Todos estamos cansados, ocupados y no siempre tenemos espacio para el pensamiento crítico. No significa que no podamos desarrollarlo, pero hay muchas prioridades”. El problema, por tanto, no sería tanto la incapacidad para detenerse como la dificultad para encontrar un momento en el que hacerlo.

  • Imagen cedida por Berta Ferrer -

Antes de olvidar una obra hay un paso previo: haberle prestado atención. Y ahí Berta del Río sitúa uno de los grandes problemas de nuestra relación actual con la cultura. Para que una experiencia artística llegue a producir ese efecto, explica, es imprescindible algo que la velocidad contemporánea dificulta cada vez más: concentración: “Necesitamos foco, atención para que ese estímulo pueda procesarse de manera significativa”.

Autora de El arte de imaginar (Barlin), del Río relaciona esta dificultad con una transformación más amplia: “La fractura de la atención y la irrupción sistemática del móvil en todas nuestras líneas de atención están cambiando la manera en que nos relacionamos no solamente con la cultura, sino también con las personas y con nuestro entorno”. La consecuencia, sostiene, va más allá de recordar o no un título. Atención y memoria integran un proceso más amplio que nos permite “construir capas de conocimiento, vincular recuerdos, experiencias, deseos y prácticas”. Desde esta perspectiva, el problema de la hipervelocidad no consiste únicamente en que olvidemos más rápidamente los títulos que hemos consumido. También puede afectar a nuestra capacidad para establecer conexiones entre unas experiencias y otras.

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Elegir es renunciar

Y aquí hay una realidad que una tiene que acabar asumiendo más tarde o más temprano: no podemos absorber toda la creación que surca el planeta Tierra. Incluso dedicando una vida entera a leer, ver y escuchar, solo podríamos acceder a una diminuta fracción de todo lo que se produce. Para Cuenca, asumir ese límite puede ayudar a recuperar una relación más personal con la cultura. Frente al catálogo infinito, las recomendaciones automáticas y la presión de la novedad, plantea una pregunta aparentemente sencilla: “¿Qué me apetece leer, ver, descubrir? El arte no tiene por qué tener una función inmediata o prosaica. Puede tener una función emocional, espiritual o no tener ninguna. Una cosa es regresar a esa película que has visto un millón de veces porque te genera confort, eso está genial. Pero si realmente tenemos curiosidad por el mundo que nos rodea, hay que atreverse a consumir esas piezas que no sabes cómo van a afectarte”. Elegir implica renunciar a parte de la oferta, pero también permite que aquello que elegimos tenga un lugar propio.

El consumo cultural también tiene una dimensión colectiva. “Se nos olvida que la creatividad tiene un efecto de pertenencia y comunidad. Por eso están saliendo tantos talleres y clubes de lectura que facilitan leer compartiendo. Y cuando en los cines reponen Matrix, El Señor de los Anillos o The Rocky Horror Picture Show, posiblemente ya las hemos visto, pero ansiamos volver a disfrutarlas en pantalla grande y en compañía”, sostiene Cuenca.

  • Imagen cedidas por el equipo de Otra terapia de mierda -

Esos empachos artísticos no corresponden únicamente al público. También afectan a quienes deciden qué se programa, qué se comunica y qué ocupa un lugar central en la conversación. Herreras advierte del riesgo de confundir actividad con cultura: “Más programación no significa más cultura ni más calidad. El gestor cultural es un puente entre la oferta y las personas. Si diez cosas se comunican con igual intensidad, al final puedes generar ruido en lugar de interés. La buena programación no es la que tiene más propuestas, sino la que sabe qué conversación quiere abrir y qué experiencias quiere generar. A veces gestionar cultura significa dejar espacio para que una propuesta respire”.

Y mientras nosotros cabalgamos de una pieza a otra, las obras siguen necesitando tiempo para existir. “Ahora mismo, un libro, con suerte, tiene una vida más o menos de un año. En muchísimos casos de mucho menos y depende de factores como la capacidad que tengas de hacer presentaciones, lo cual implica moverte a menudo. Hay libros cuya vida dura un mes”, lamenta Pascual. En el cine, el desfase puede resultar todavía más evidente: “Una película cuesta años hacerla y muchísimas están un fin de semana en los cines”.

Pero esa velocidad de consumo no puede aplicarse automáticamente a la velocidad de creación: “Seguro que surgen formatos más inmediatos, capaces de producir grandes obras en tiempos distintos, pero generar novelas y películas seguirá costando tiempo si quieres algo bien hecho. No se pueden crear más rápido”, considera Pascual.

No recordar no es lo mismo que no haber vivido

Pero quizá haya que tener cuidado con convertir el recuerdo en una nueva métrica. Una experiencia cultural puede desaparecer de nuestra memoria consciente y, sin embargo, seguir operando de maneras menos visibles: en una asociación que hacemos, en una imagen que recordamos sin saber de dónde viene, en una forma de mirar o incluso en algo que acabamos escribiendo.

David Pascual conoce bien esa sensación: “Me da mucha pena cuando me doy cuenta de que no me he acordado durante años de una pieza que me emocionó”. Sin embargo, cree que las obras pueden permanecer en nosotros aunque no seamos capaces de recuperarlas de forma explícita. “Estará, seguro, en cosas que escribas, en enfoques que tengas. La buena creación abre puertas, intelectuales, emotivas, y eso se queda en ti. Hace un par de días vi El sonido de la caída y solo quiero preguntarle a la gente qué le ha parecido. La capacidad de hacer reflexionar y de emocionar de una obra no se pierde”.

La huella dejada por una experiencia cultural, por tanto, no tiene por qué coincidir con la memoria de sus detalles. Podemos olvidar el argumento de una película y conservar una sensación; olvidar una exposición y recordar una imagen; no ser capaces de reconstruir una novela y, sin embargo, reconocer algo de nosotros mismos en una idea que apareció allí. Recordar puede ser una forma de permanencia, pero no es la única.

  • Imagen cedida por Terramar -

Del Río cuestiona precisamente que la cantidad de información que somos capaces de recuperar sea una medida suficiente para valorar una experiencia: “Se recuerda aquello que realmente nos impacta, nos transforma o nos mueve. Quizá deberíamos preguntarnos menos cuánto somos capaces de recordar y más qué permanece de una experiencia cultural en nosotros”. La cuestión, entonces, no sería cuánto hemos conseguido retener, sino qué ha ocurrido con aquello que vimos, leímos o escuchamos cuando pasamos a la siguiente recomendación imprescindible.

Eso también obliga a replantear nuestra relación con la cantidad. Nunca podremos leer todos los libros, ver todas las películas o acudir a todas las exposiciones y conciertos. Tampoco necesitamos hacerlo. La oferta cultural no tiene por qué convertirse en otra lista infinita de asuntos pendientes. “La cultura no va de cantidad, va de experiencia y supervivencia”, explica Cuenca. El problema aparece cuando intentamos encadenar esas experiencias sin dejar espacio para que ninguna termine de asentarse: “Es como comer un plato tras otro; puedes vomitar y no saber qué has comido”.

Quizá por eso recuperar nuestra relación con la cultura también implique aceptar que no todo tiene que dejar un recuerdo nítido. Algunas piezas desaparecerán de nuestra memoria; otras regresarán años después. Pueden quedar reducidas a una imagen, una frase o una emoción, o modificar nuestra forma de mirar sin que sepamos exactamente cuándo ocurrió. Herreras apunta a una última idea: recuperar el derecho a no convertir cada experiencia en una tarea cumplida. “La cultura también tiene que poder disfrutarse sin la necesidad de demostrar después que la hemos aprovechado”.

Quizás no recordar qué películas vimos el último verano no significa que no hayan dejado rastro en nosotros. Puede que sus pisadas sigan ahí, esperando a ser descubiertas.

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