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Berta del Río: “La alternativa a imaginar mundos mejores es la catástrofe”

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VALÈNCIA. Frente a un ahora cargado de miedos e incertidumbres, caer en el desánimo, la derrota o el cinismo parece la respuesta más sencilla. En ocasiones, de hecho, parece la única respuesta posible. Pero no. En El arte de imaginar (Barlin), la investigadora y escritora Berta del Río recupera experiencias de distintas coordenadas geográficas e históricas nacidas del deseo de construir una vida mejor: desde las comunidades de esclavos fugitivos hasta las Misiones Pedagógicas de la Segunda República; desde el teatro nacido en los campos de concentración de Pinochet hasta las mujeres reunidas en un pueblo de Arkansas para tejer y debatir sobre aquellos asuntos de la vida pública en los que no tenían voz ni voto; desde organizar un cine al aire libre contra la gentrificación de tu barrio hasta las comunidades puestas en marcha por las beguinas.

Mediante este ensayo, que se se conjuga en colectivo y viaja de lo micro a lo macro, la autora traza una genealogía de esperanzas con las que articular un futuro más amable. Un inventario de relatos, primero imaginados y más tarde hechos realidad, para combatir el malestar que empapa nuestros días y defender que el pensamiento utópico no es síntoma de ingenuidad, sino un acto de resistencia.

-Ante un presente tan incierto y turbulento como el que habitamos, imaginar alternativas parece especialmente urgente y necesario…

-El pensamiento utópico e imaginar universos mejores son un imperativo. No hay forma de no desistir de la vida cotidiana si no es desde esa acción esperanzada. La alternativa es la catástrofe. Nada pronostica una mejoría de las condiciones materiales de vida a medio o corto plazo, sino lo contrario. Lejos de caer en el cinismo o en la desilusión, debemos revertirlo, porque la realidad no va a mejorar. A nivel ecológico, social y político hay muchos indicadores sobrepasados. Y hay un indicador, más intangible pero innegable, que es el malestar social. La única manera de mejorar nuestra rutina es reconectar con la filosofía del buen vivir e intentar navegar de forma más amable aquello que escapa de nuestra mano.

-En el libro comentas que la esperanza y el pensamiento utópico se ven como algo naïf, ingenuo. ¿Cómo se puede combatir esa creencia?

-Hablar hoy de utopía y de esperanza da hasta risa; se vincula a lo infantil, lo improductivo, lo irrealizable… Eso responde a una ideología concreta y a unos intereses concretos. Parece que hayamos perdido la fe en que un mundo mejor es posible y, a la vez, estamos reconectando con ideas reaccionarias. Eso no es gratuito. Hay que preguntarse de dónde viene y cómo se puede revertir.

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-Recorres iniciativas que, en distintos momentos históricos, apostaron por otros modos de vivir. Pese a todo, ese deseo de imaginar una existencia mejor parece algo inherente al ser humano.

-He tirado hacia atrás la mirada y he seleccionado proyectos que comparten ese impulso transformador. Lo que nos vincula con un archivo de experiencias utópicas no es la utopía como tal, sino el sobreponerse a tus condiciones de vida y plantearte qué puedes hacer. La historia es cíclica. Cambian los parámetros, los lenguajes, las carcasas, pero siempre hay momentos en los que han venido mal dadas. Y ha habido gente que lo ha afrontado desde la creatividad y la vinculación colectiva. Solos no vamos a ningún sitio.

No creo que la gente del pasado tuviera más creatividad o fuera mejor, sino que se puede construir una continuidad. En cada época hay iniciativas que nadan a contracorriente. No soy una nostálgica del pasado, pero debemos mirarlo con respeto y admiración. Eso sí, huyendo de la idealización, porque no lo hemos vivido y no sabemos cuánto de realidad hay. El pasado siempre es una construcción.

-A menudo, se tiende a reducir el pensamiento utópico a una ruptura total con el sistema, algo completamente transformador y que debe salir perfecto a la primera para no ser considerado un fracaso. En cambio, das valor a proyectos a pequeña escala, mucho más modestos aunque igual de utópicos, o a iniciativas que tuvieron una duración breve.

-Cuando pensamos en una ruptura con el sistema y una transformación total, no dejamos de aplicar la propia lógica del sistema neoliberal, en la que es todo o nada; donde se valoran mucho los resultados y la competición, pero no los procesos. Debemos dejar de medir esas ideas en términos de fracaso o éxito. Además, es fundamental atender a esas experiencias pequeñas. Muchas de ellas ni siquiera querían escalar, porque a menudo, con ese crecimiento, las ideas se pervierten y se pierde el potencial transformador. En muchas de esas iniciativas la virtud está en el proceso. Y aunque no se produzca una gran transformación utópica radical, hay que vivir. Es más honesto y realista implicarse en proyectos humildes, pequeños y sostenibles en el tiempo. De hecho, el gran desafío es mantenerlos y compatibilizarlos con una cotidianeidad desgastante.

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-Es más, muchos logros que ahora damos por sentados nacieron de un deseo utópico.

-Pensamos el futuro y el pasado desde nosotros mismos, desde nuestra experiencia limitada del presente, y eso nos devuelve una imagen distorsionada. Lo que hoy tenemos, aunque sea mejorable, es fruto de luchas sociales. Siempre se pone el ejemplo del voto, pero hasta hace no tanto en España no podías abrir una cuenta bancaria sin la firma de tu marido. Hay prácticas cotidianas totalmente modificadas por avances sociales, pero, al haber nacido con ellas, no las valoramos. También hay una desconexión respecto al trabajo colectivo necesario para mantener el Estado del bienestar o unos consensos de convivencia cuando están siendo agredidos por el fascismo, como ocurre hoy.

-Animas a entrenar la imaginación. ¿Qué prácticas, individuales o colectivas, podemos desplegar para ello?

-Para mí pasa por apagar las pantallas o, al menos, estar menos pendientes de ellas, pues adormecen la creatividad. Recuperar la curiosidad y las riendas sobre nuestra imaginación y nuestro criterio parte de alejarnos de esos algoritmos. La imaginación se entrena desde la escucha, la calma y desde tratar de salir del mundo virtual, en el que no tenemos control ni de la información, ni del tiempo que consumimos, ni de lo que se nos presenta.

-Frente al contexto catastrofista que nos rodea, a veces se imponen la apatía o el conformismo. Defiendes desertar de la violencia, ¿cómo desertamos también de esa apatía?

-Es complicadísimo desertar de la apatía cuando no hay un proyecto político que articule la ilusión. Necesitamos políticos que gestionen nuestro dinero desde parámetros comunitarios en defensa de la mayoría de la población trabajadora. El modelo de sanidad o educación que tenemos determina nuestra existencia. Es muy diferente tener un cáncer en Estados Unidos que en España. Toda utopía es la distopía de otro: los millonarios están encantados, la extrema derecha está en su salsa. Revertir esa apatía es responsabilidad de quienes no estamos viviendo bien y somos capaces de identificar la desigualdad, la violencia y el coste de organizar la economía y lo social sobre la injusticia y el abuso. No nos lo van a dar hecho. Ni el sistema ni quienes se benefician de él nos van a ofrecer una solución en contra de sus intereses.

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-Atravesamos un clima de cansancio generalizado; parece que estemos sobrepasados por las exigencias cotidianas. ¿Cómo se relaciona ese agotamiento con la dificultad para imaginar alternativas?

-Nuestro principal problema es la falta de tiempo. Actualmente, es un privilegio tener tiempo de descanso. Es difícil pensar, imaginar, soñar, hablar con quienes te rodean… Tenemos trabajos absolutamente precarizados para pagar una vivienda inhumana y una cesta de la compra demoledora. ¿Cómo se rompe esa rueda? Es complicado, pero el primer paso es organizarse: nuestra cotidianidad desoladora y angustiante es la de muchos. Estamos totalmente atrapados por obligaciones, ocupaciones y preocupaciones. Necesitamos tiempo para pensar si esta vida nos gusta, qué queremos cambiar y cómo hacerlo. El día a día nos abruma, pero también hay una sensación de soledad, como si lo que nos pasara a cada uno fuera excepcional. Somos millones de personas con casos excepcionales: es sistémico; vivimos lo mismo, pero no lo articulamos políticamente.

-Hablas de la necesidad de desconectar para poder imaginar, ¿existe el riesgo de que esa desconexión derive en aislamiento o desmovilización política?

-Conexión no es información. No estamos informados: estamos sobrepasados por una cantidad ingente de material que no sabemos filtrar. No sabemos ni tenemos tiempo ni criterio para discriminar qué es real, importante y urgente. Estamos en una hiperconexión totalmente contraproducente. ¿Cómo podemos hacer que esa retirada de las pantallas no lleve a la inacción política y la desinformación? Es que ya estamos ahí. Ya nos estamos poniendo de perfil como sociedad, ya estamos normalizando un genocidio. Tras años de stories, estímulos y picotazos de información, vivimos una hiperfragmentación de la atención que va en contra de la imaginación. Necesitamos dar espacio a reflexiones, creaciones y pensamientos que no son instantáneos ni duran treinta segundos. Toda esta velocidad genera superficialidad y la sensación de ir salvando los muebles.

-Frente a esas dificultades para imaginar soluciones colectivas, proliferan las propuestas de éxito individual, como si la salida solo fuera posible en singular. ¿Por qué crees que esos discursos están ganando tanto terreno?

-El sistema se nutre de la muerte de las redes de apoyo mutuo y de la idea de sociedad. Lo que se necesitan son individuos únicos y atemorizados. El miedo y la individualidad generan dinero, y lo que necesita este sistema para mantenerse son trabajadores que inviertan su vida en conseguir un sueldo para gastarlo.

Estas filosofías de la individualidad triunfan porque necesitamos relatos que nos expliquen qué hacer y cómo vivir, pero el relato de lo colectivo está pulverizado. Hay poca confianza en las asambleas, en la militancia; suena a otra época. Estas filosofías del yo son el triunfo de una desigualdad en la que solo importa uno mismo y el “nosotros” ha desaparecido. Debemos recuperar el nosotros desde la diversidad y la gestión del conflicto, algo cansado y desafiante. La fantasía del individualismo es una mentira: solas no vamos a ningún sitio.

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-¿Qué puede aportar la imaginación ante un problema tan grave como el acceso a una vivienda digna?

-Hay una crisis habitacional terrible, pero poca gente se plantea en serio otras formas de organización. En el libro se proponen ejemplos de vivienda comunitaria del pasado y otros que siguen funcionando. Sin embargo, hay una maquinaria del relato totalmente ideológica contra todo aquello que se salga del patrón establecido: muchas iniciativas no se conocen; otras se conocen cuando ya están en declive o van a fracasar (y se amplifica enormemente ese fracaso), y otras están totalmente estigmatizadas y ridiculizadas. Hay un esfuerzo claro por desprestigiar cualquier intento de experimentar formas alternativas de vida. Que algo no funcionara en el pasado no significa que no pueda intentarse de nuevo con otros parámetros. Hay que dar la batalla del relato y ampliar la mirada histórica. Los contextos cambian y lo que en un momento fracasó puede funcionar en otro, porque nunca se dan exactamente las mismas condiciones.

-Desde el genocidio en Palestina hasta las plantaciones de esclavos, abarcas distintos escenarios de violencia y represión en los que la esperanza aparece como un acto de resistencia.

-En los palenques y quilombos en Latinoamérica o en los campos de concentración de España, Chile o Alemania hubo personas que se lanzaron a crear y a imaginar. ¿Qué hemos hecho con esos ejemplos desde la historiografía capitalista? Negarlos, reducirlos, infantilizarlos… Pero cuando trazas una línea entre ellos, te das cuenta de que siempre hay alguien pensando desde el margen, a pequeña escala, buscando soluciones contra la injusticia y el malestar. Nuestra realidad es abrumadora y no debemos negarlo, pero la historia nos enseña que, por complejo que sea el momento, hay margen y hay partido. Tenemos que jugarlo, crearlo e imaginarlo.

-Es fácil encontrar ficciones sobre la distopía, pero mucho más difícil sobre utopías. ¿Qué papel puede jugar la creación cultural como herramienta para imaginar colectivamente cuando incluso cuesta desear algo distinto?

-Es síntoma de la época: que los relatos más producidos y consumidos sean distópicos es un termómetro de la sociedad. Responde a una necesidad de relato, de entender qué está pasando, de obtener respuestas rápidas y superficiales. Necesitamos relatos porque vivimos con mucha incertidumbre: somos conscientes de que lo que estamos viviendo está cambiando, pero no sabemos hacia dónde, y eso genera miedo. Además, hay poco consumo de utopías porque hay poca fe en que el mañana sea mejor. Se ha roto la idea de progreso, y esa ruptura va acompañada de una ruptura con la esperanza.

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