Cine

¡Qué sería del cine español sin Rafael Azcona!

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“Como no he podido rebelarme ni contra la iglesia, ni contra el ejército, ni contra el matrimonio que, aparte la banca, son las instituciones más reaccionarias que existen, aquí me tienes. Rebelde, infiel y libertino por naturaleza y viviendo como un circunspecto burgués”. Belle époque (Fernando Trueba, 1992).

VALÈNCIA. Este año celebramos el centenario del nacimiento del escritor y guionista Rafael Azcona (1926-2008), sin cuya obra el cine español no sería ni sombra de lo que es. Me dispongo a escribir un texto que dé cuenta de su extraordinaria importancia y se me ocurre que no hace falta explicar nada, bastaría con poner uno tras otro los títulos de su larguísima filmografía. Es una lista deslumbrante, con la que se entiende a la perfección el papel esencial que Azcona ha jugado en nuestra historia y nuestra cultura. 

Su colaboración más recordada es la que mantuvo con Luis García Berlanga. Comenzó con un mediometraje, Se vende un tranvía (1959) que, en realidad, era un piloto para una serie de televisión que nunca se hizo. Y a partir de ahí, la excelencia pura. Seguramente, fue inevitable que ambos se encontraran, puesto que compartían su visión sobre el mundo, el ser humano y la sociedad española. Pero es obvio que la llegada de Azcona a la vida de Berlanga fue decisiva; sin el guionista, Berlanga no hubiera encontrado la voz y la mirada que admiramos y que han creado hasta un adjetivo, berlanguiano. Se endurecieron y afilaron de forma exponencial la mirada crítica y el humor negro que el valenciano solo apuntaba de forma amable en su obra anterior, con resultados extraordinarios: dos absolutas obras maestras del cine (no del cine español, sino del cine), Plácido en 1961 y El verdugo en 1963. Tras ellas, La boutique (1967), ¡Vivan los novios! (1969), Tamaño natural (1973), La escopeta nacional (1977), Patrimonio nacional (1981), Nacional III (1982), La vaquilla (1984) y Moros y cristianos (1987). 

Azcona llegó al cine en 1958, adaptando para la pantalla su propia novela, El pisito, extraordinaria película dirigida y coescrita por el italiano Marco Ferreri que, afortunadamente para nosotros, en aquellos años estaba afincado en España. Dos años después, ambos adaptaron otro relato de Azcona “Paralítico”, un cuento publicado en Pobre, paralítico y muerto, que daría lugar a la inolvidable El cochecito (1960). Que los diminutivos no engañen, estamos ante dos comedias negras, ácidas e incómodas que ofrecen una visión inmisericorde de la España del momento. Es ese costumbrismo elevado a sátira social que luego desarrollaría en sus trabajos con Berlanga. 

“Debimos casarnos antes, Rodolfo, aunque hubiéramos tenido que vivir en una chabola”. El pisito (Marco Ferreri, 1958)

Conociendo su capacidad para este tipo de relatos, admira aún más ver cómo Azcona fue capaz de crear y escribir obras alejadas del realismo costumbrista que tan bien se le daba para pergeñar relatos altamente metafóricos, preñados de simbolismo y tintes surrealistas y, por supuesto, profundamente antiburgueses. Es aquí donde hay que situar sus trabajos con Ferreri tras su vuelta a Italia y con Carlos Saura. Con Ferreri escribe otros once títulos, entre ellos, La audiencia (1971), No tocar a la mujer blanca (1973), esa gamberrada provocadora y obscena que es La gran comilona (La grande bouffe, 1973), La última mujer (1976), Adiós al macho (1977) y Los negros también comen (1988). Y con Saura, su escritura resulta esencial para la creación de ese cine político-metafórico que desarrolló el cineasta en los años sesenta y setenta y que tanto eco nacional e internacional tuvo: Peppermint frappé (1967), La madriguera (1969), El jardín de las delicias (1970), Ana y los lobos (1973) y La prima Angélica (1974). En 1990 Saura y Ferreri volverán a colaborar, con otro tono muy distinto, en uno de los grandes éxitos críticos y de público del cine español, ¡Ay, Carmela!, adaptación de la obra teatral de Sanchis Sinisterra. 

“Créeme que no hay lobo, no hay león, no hay tigre, no hay basilisco, que llegue al hombre, a todos excede en fiereza”. Ana y los lobos (Carlos Saura, 1973)

Demostración de la relevancia y la versatilidad de Azcona es el hecho de haber colaborado de forma continuada con cineastas tan singulares y con miradas tan diferentes entre sí como los citados Luis García Berlanga, Carlos Saura y Marco Ferreri, a los que hay que sumar Fernando Trueba o José Luis García Sánchez, así que hay mucho más de lo que hemos visto hasta ahora. No me queda otra que adoptar un formato de lista que, sí, las listas son aburridas y cortan el ritmo, pero es que estamos ante una carrera inabarcable

Con José Luis García Sánchez: La corte de Faraón (1985), Hay que deshacer la casa (1986), Pasodoble (1988), El vuelo de la paloma (1989), Tirano Banderas (1993), Suspiros de España y Portugal (1995), Tranvía a la Malvarrosa (1996) o La marcha verde (2000). Con Fernando Trueba: El año de las luces (1986), Belle Époque (1992), que ganó el Oscar a la mejor película extranjera, y La niña de tus ojos (1998).

Con Pedro Olea, dos títulos fundamentales, Pim, pam, pum… ¡fuego! (1975) y Un hombre llamado Flor de Otoño (1978); y otros dos esenciales con José Luis Cuerda: El bosque animado (1987) y La lengua de las mariposas (1999), adaptaciones de los originales literarios de Wenceslao Fernández Flórez y Manuel Rivas.

También colaboró ampliamente con otros cineastas menos autorales, del ámbito más comercial y todoterreno. Como José María Forqué, con quien escribió El monumento (1970), El ojo del huracán (1971), La cera virgen y Tarots (1972); y con Pedro Masó en La miel (1978), La familia bien, gracias (1979), El divorcio que viene (1980), 127 millones libres de impuestos (1981) y Puente aéreo (1981).

Y, además, colaboraciones puntuales con Fernando Fernán Gómez, Víctor Erice, Francesc Betriu, Manuel Gutiérrez Aragón, Alberto Lattuada, Mario Camus, Juan Antonio Bardem

Impresionante, ¿verdad? Esa sensación de que está ahí todo el cine español. Así pues, respondiendo a la pregunta del título, ¿que sería del cine español sin Rafael Azcona?, no quiero ni pensarlo. Aprovechemos este año Azcona, en el que instituciones, filmotecas, festivales y publicaciones analizarán y ofrecerán su maravillosa obra para disfrutar de su talento extraordinario y su inmenso legado

"Y ni fueron felices, ni comieron perdices... porque allí donde haya ministros un final feliz es imposible". La escopeta nacional (Luis G. Berlanga, 1977).

 

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