Cine

VALÈNCIA A TOTA VIROLLA

Todas las películas por hacer sobre una València heroica capaz de reimaginar su ciudad

¿Y si València fuera ejemplo de cómo la movilización social transforma la ciudad? Frente a la flagelación habitual, València está en condiciones de reivindicar el poder de parte de su sociedad civil en la configuración de la urbe actual

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VALÈNCIA. El cierto psicoanálisis al que València se somete todos los días, ante la imposibilidad de sellar un discurso certero de cómo definirse, de qué ser, resulta apetitoso para que sean muchas las voces buscando esa resolución. Un lugar donde el orgullo y la inseguridad se balancean con constancia. 

En esos intentos de definir la complejidad valenciana apenas aparece, en cambio, un rasgo que considero justo incorporar a la manera de contarnos y concebirnos. València, amenazada por dislates urbanísticos como tantos otros sistemas locales, ha conseguido victorias fundamentales. Lo ha hecho a través de episodios históricos que han conformado algunas de las virtudes más troncales de la ciudad. Esas victorias han llegado en todos los casos a partir de una movilización social, desde abajo y contra los de arriba. Frente a hegemonías que parecían lo suficientemente rocosas como para ser invencibles y que, sin embargo, perdieron. Esas victorias han llegado como una rebeldía a una promesa de futuro que estrangulaba cualquier posibilidad de disensión, como si al futuro -y por tanto al desarrollo y al progreso- solo se pudiera llegar por una sola vía. El Saler, el Túria o el Cabanyal… ¿cuándo nos diremos que València es, también, un ejemplo de cómo la movilización social transforma la ciudad? ¿Cuántas películas sobre la configuración urbana de València gracias a movimientos populares se están dejando de hacer por esta falta de convencimiento?

Ya sea por un cierto aroma blasquista, o por esa musculatura social que va de las sociedades musicales a las fallas, la capacidad de agrupación sirve, en ocasiones extraordinarias, para canalizar  la respuesta frente a imposiciones nocivas. También eso está en nuestros genes y es parte de nosotros. Un argumento lo suficientemente poderoso como para no tener que conformarnos con la lectura del bancal y el minifundismo, ese cierto celo individualista ante el de al lado y que converge en el placentero meninfotisme.

La respuesta de València ante algunos de sus grandes hitos urbanos es más certera cuando se presentan desafíos tangibles, y no tanto cuando debe enfrentar a reivindicaciones más gaseosas y sin una materialidad visible. ¿Pero a qué sociedad no le ocurre eso mismo? 

Sí, es esa rebeldía contra cualquier promesa de atajo para viajar a un futuro radiante. 

  • El Saler -

Como precuela de todo lo que habría de llegar en el último siglo, pensemos en el intento de situar el aeropuerto de València en la Dehesa del Saler. Como investigó Ester Alba, la Junta del Aeropuerto de València estimó que El Saler era el entorno más conveniente para ese viaje valenciano al futuro, aéreo en este caso. 1929. Suelo libre y una provechosa conexión marina que en pleno furor por los hidroaviones permitiría rizar el rizo aeroportuario.  

Incluso el arquitecto Mora fue contratado para planear los edificios que compondrían la instalación. Como refleja Alba, l’Albufera sería el propio campo de aterrizaje para los hidroaviones. Los pasajeros serían conectados en barcas y llevados a tierra firme. Fascinante.

Aunque las obras comenzaron, la dificultad para prolongarlas obligó a cambiar de idea. El aeropuerto de València estaría en Manises y no en El Saler. Para volar hasta el futuro no solo hay un modelo.  

De esa misma espita -exprimir nuestros diferenciales territoriales para situar la nueva idea de progreso y con ella sacar rédito-, surgió la voluntad de convertir el mismísimo Saler en nuestro Puerto Banús. 1965. Cano Lasso proyectaba 24 hoteles, 46 torres, 2.250 apartamentos, nueve poblados costeros, campo de golf, puerto deportivo, parador e hipódromo. El Ayuntamiento de València aprobó, consintiendo. El proyecto se topó con un feliz alineamiento de posturas. “Ha sido en los últimos años, a raíz de la justificada conmoción mundial por los problemas de la contaminación y la ecología, de la destrucción de la naturaleza y el abuso urbanístico, cuando ha comenzado la reflexión sobre el Saler, de modo serio”, dejó por escrito en Pérez Puche, en 1973, en Las Provincias. Apenas tres años antes el periódico pedía atender a una “fauna que ni dañe, ni estorbe, ni prevalezca sobre los restantes fines”. En poco tiempo, el paso había cambiado y el Ministerio de Turismo (de Fraga), el ayuntamiento y la elite de la ciudad se quedaría sin su Puerto Banús. El Saler per al poble pudo más que el Banco Urquijo. Convenció y capitalizó a una masa crítica lo suficientemente amplia, haciendo entender que una sociedad local tiene derecho (y capacidad) para decidir sobre sí misma. En 1974, el Colegio de Arquitectos ejerció de anfitrión de la muestra El Saler: datos para una decisión colectiva. El resto es historia. 

  • El Saler -

Esa idea soberana de una sociedad local que decide localmente sus grandes decisiones es el motor que cambia el rumbo de València para los próximos siglos, a partir de elegir Jardí en lugar de la Autovía del Túria. Elegir quizá no sea el término adecuado, porque no había una carta enfrente a partir de la cual seleccionar opciones. Más bien era una opción que inventar. De nuevo frente a la promesa del viaje al futuro por una vía rápida y monolítica. El milagro crecepelos. 

Tecnocracia de carril único. “El camino del agua hecho camino de gasolina”, celebra la revista La Gaceta Ilustrada cuando se plantea la autopista urbana Este-Oeste que permitiría “la conexión ideal entre la autopista precedente de Madrid y las procedentes de Barcelona y Alicante. “La aorta viaria de la ciudad”, aclama el ministro franquista Fernández de la Mora, con alma de cirujano. El lema El llit del Túria és nostre i el volem verd etiqueta de arriba a abajo la ciudad. Soberanía y ciudadanía. Per al poble / és nostre. Un mismo eje. La sociedad local tiene el derecho de decidir sobre sí misma. 

Hasta 45 asociaciones vecinales conformaron un movimiento sólido e inequívoco. Uno de sus activistas, Julián de Marcelo, agitaría la visita del rey Juan Carlos I al Monasterio del Puig, a finales de los setenta y le hizo llegar las reivindicaciones del colectivo. El Túria es nuestro. El resto, sí, es historia. Me atrevo a decir que València inventó la ciudad de los 15 minutos con el ajardinamiento de su viejo cauce, sólo que no se dio cuenta. 

  • Cauce del Turia -

Si la película El 47 mostró hace un par de años la fuerza colectiva para rebelarse ante marcos injustos, con una cinta emotiva subida a un bus, València cobija grandes historias de impulsos ciudadanos que permitieron lo imposible. 

A pesar de tanto daño causado sobre el Cabanyal, como un ataque autoinfligido, una ciudad contra ella misma, la capacidad colectiva para expulsar a los forenses del frente marítimo no puede ser calificada de otra manera que como una lucha heroica. Aquella prolongación “irrenunciable” de la avenida Blasco Ibáñez al mar, argumento con el que tantas veces Rita Barberá quiso sellar la discusión, pertenecía al mundo de los debates que debían acallarse por la propia fuerza de la hegemonía. Siempre con el mismo pretexto: es el futuro, convecinos. Y el futuro solo se puede abrirse paso con la fuerza del bulldozer. 

Recuerdo esta anécdota que escribió por entonces Àlvar Peris en El País y que da buena cuenta de ese juego entre hegemonía y colectividad: “Hace unos meses, en una tertulia del canal público de noticias 24.9, una periodista se mostró a favor del plan porque así, desde su casa cercana a Viveros, podría ver el mar. Poco le importaba que para conseguir ese sueño se tenga que echar de sus casas a 1.600 familias, en una nueva demostración de cómo los sectores dirigentes pasan por encima de los barrios populares”. 

El Cabanyal, desde la lona, volvió a levantarse. Sí, València está hecha de grandes películas potenciales, mostrando a una sociedad rebelde capaz de imponer decisiones urbanas clarividentes. El porvenir, unas cuantas décadas después, ha demostrado que la València cargada de futuro era la que pretendía preservar el Saler; la que quería convertir el viejo cauce en un jardín; la que quería mentener en pie el Cabanyal. 

Movimientos sociales realmente de película que deben impregnar aquello que, también, València es. Especialmente como un antídoto frente a las promesas milagrosas y los futuros de vía única.

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