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El 2026 que diseñaron Fritz Lang y Thea von Harbou en 'Metrópolis'

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VALÈNCIA. En el cine, ya hemos vivido un 2026. Es el que diseñaron el cineasta Fritz Lang, la guionista y escritora Thea von Harbou y todo su equipo de artistas y técnicos en la extraordinaria Metrópolis. Una película que fue modernísima cuando se estrenó en enero de 1927 y modernísima hoy, se mire por donde se mire. Es uno de esos hitos cinematográficos y culturales cuya influencia, que llega hasta nuestros días, es casi imposible de medir. 

He dicho extraordinaria, es decir, fuera de lo ordinario, aunque lo cierto es que el cine alemán de aquella época no dejaba de regalar al mundo obras e imágenes fuera de lo común. Metrópolis no era una excepción en un ambiente artístico y cultural vanguardista que estaba prácticamente inventando el cine, el de su presente y el del futuro, capaz de crear maravillas que asombraron y siguen asombrando, como El gabinete del doctor Caligari (Das Cabinett des Dr. Caligari, Robert Wiene, 1920), El Golem (Der Golem, wie er in die Welt kam, Paul Wegener, 1920), Nosferatu (Nosferatu – Eine Symphonie des Grauens, F. W. Murnau, 1922), Los Nibelungos (Die Nibelungen, Fritz Lang, 1924), Fausto (Faust – Eine deutsche Volkssage, F. W. Murnau, 1926) o Las aventuras del príncipe Achmed (Die Abenteuer des Prinzen Achmed, Lotte Reiniger, 1926).

Que le pregunten a Robert Eggers, autor del segundo remake de Nosferatu (2024), quien no tuvo problemas ni reparos en utilizar, 102 años después, muchas de las ideas estéticas que Murnau creó en la obra original; podemos llamarlo homenaje. Y si dudan de lo que aquí afirmo, vean Fausto, que ahora cumple cien años, y asómbrense de su modernidad y de la increíble inventiva que despliega ante nuestros maravillados ojos. Por cierto, la bella película de la cineasta Lotte Reiniger es el largometraje de animación más antiguo que se conserva, aunque no fue el primero (ese honor le corresponde al director y animador argentino Quirino Cristiani, que en 1917 estrenó El Apóstol, película hoy perdida).

La Alemania de los años 20, la Rusia post revolución y Francia eran los epicentros de la vanguardia artística. Las artes plásticas, y la cultura en general, fueron sacudidas por un huracán de libertad creativa y de rebeldía que lo cambió todo para siempre. Un periodo de crisis profunda, marcado por una guerra mundial que fue una guerra de imperios que expresaba la reconfiguración brutal del capitalismo, fue una época absolutamente brillante desde el punto de vista cultural. La nueva sociedad que estaba surgiendo de los grandes cambios económicos, tecnológicos y de pensamiento requería de un arte nuevo: el mundo ya no se podía contar y representar como se había hecho hasta entonces. La aparición del psicoanálisis y la física cuántica, entre otras, hicieron saltar por los aires muchas certezas y mostraron nuevos mundos. 

En medio de todo ello, el cine era eso que hoy llamamos una nueva tecnología, una recién llegada y con todas las posibilidades por explorar. La vanguardia y el cine se encontraron y de ahí surge esa modernidad imperecedera que aún percibimos en las obras de aquel tiempo. Y por su propio argumento, una visión del futurista, Metrópolis es quizá la que mejor representa para nosotros hoy en día esa modernidad, convertida sus imágenes casi en emblemas. La mezcla de racionalismo, futurismo, expresionismo, Art Déco y goticismo que la película plantea es irresistible. 

El 2026 que inventaron Harbou y Lang consiste en una megalópolis en la que hay una división social estricta. Una elite minoritaria, que vive en la superficie, recibiendo luz del sol y aire y que básicamente se dedica al dolce far niente, entre cabarets y jardines amenos, y una mayoría compuesta por esclavos que viven en las profundidades de la ciudad, sin luz y sin derechos, que son los que mueven, de forma literal, la maquinaria que mantiene la ciudad. Ante tal explotación, una revolución estallará finalmente, movida por una mujer llamada Maria que es, en realidad, un robot creado por los amos de Metrópolis para controlar la revuelta. El film está, además, cargada de simbología religiosa y referencias bíblicas, como el hijo del amo convertido en Mesías, la catedral como espacio central, la torre de Babel, la ramera de Babilonia, la cruz como símbolo de salvación, la representación de los pecados capitales, etc.

Un obrero clavado a un reloj que marca el horario laboral, la gigantesca máquina que mueve la ciudad como el templo del horror, la gran torre que preside la urbe como símbolo del poder, la masa trabajadora esclavizada moviéndose mecánicamente como un organismo único, la ciudad surcada por aviones y autopistas elevadas, la construcción del robot Maria. Son solo algunas de las poderosísimas imágenes que nos ofrece Metrópolis y que hemos visto replicadas en infinidad de películas, cómics, videoclips, videojuegos o anuncios publicitarios. De Blade Runner (Ridley Scott, 1982), que no existiría sin la película de Lang, a El quinto elemento (The Fifth Element, Luc Besson, 1997), pasando por Brazil (Terry Gilliam, 1985). De Star Wars, con C3PO a la cabeza o El doctor Frankenstein (Frankenstein, James Whale, 1931), a los videoclips de Another brick on the wall de Pink Floyd o Radio Gaga de Queen. De los diseños de Karl Lagerfeld a algunas apariciones de Beyoncé, Kylie Minogue, Madonna o Lady Gaga. Además de sus versiones anime, en forma de cómic, de obra musical o en la conocida adaptación que llevó a cabo Giorgio Moroder de 1984, añadiendo color, una nueva banda sonora con música del momento y algún remontaje para estrenarla en los cines adaptada al gusto posmoderno, con gran éxito. 

La potencia de las imágenes creadas por Lang y su equipo nos hacen olvidar a veces el polémico y lamentable mensaje que lanza. La forma de resolver el conflicto entre explotadores y explotados, entre ricos y pobres se resume en la frase: “la cabeza y las manos necesitan un Mediador. ¡El Mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón!” La cabeza es esa minoría rica y elitista y las manos es la población obrera. El corazón está representado en el film por el hijo del Amo como Mesías, capaz de unir ambos mundos. Esto es: cada clase social a lo suyo, unos a pensar y mandar y otros a trabajar, eso sí, en armonía y con buenos sentimientos. Puro nacionalsocialismo, ese que estaba creciendo en la sociedad alemana, junto a otros fascismos, algunos ya triunfantes y gobernando, como el italiano de Mussolini o el español de Primo de Rivera. No olvidemos que Thea von Harbou, la autora de la novela original, guionista de la película y esposa de Fritz Lang, se unió en 1932 al Partido Nazi mientras Lang acabó huyendo de Alemania en 1933 tras la llegada de Hitler al poder. 

La película ha sufrido numerosos cortes, remontajes y variaciones a lo largo de la historia y diversos procesos de restauración y reconstrucción. Son varias las versiones que existen, siendo la última, y aparentemente la más completa, la que se presentó en 2010, que incluye todas las secuencias encontradas hasta el momento, algunas pertenecientes a materiales conservados en archivos como el Museo del Cine de Buenos Aires o el Archivo Nacional de Cine de Nueva Zelanda que no estaban en otras copias. Y es que las tareas de reconstrucción y restauración de las películas, y las decisiones acerca de cuál es el original o qué copia presentar, son procesos muy complejos. Gracias a ello, podemos disfrutar hoy de esta película inagotable, que, seguro, seguirá inspirando a otras obras y artistas, cien años después de su rodaje. 

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