El 97% de los polacos son católicos. Lo son de nacimiento, ya que, de tener la menor inquietud por dejar de formar parte de la estadística, deben invertir tiempo y esfuerzo en apostatar. Es, antes incluso de que Juan Pablo II fuera arzobispo de Cracovia, uno de los países más ligados a la Iglesia católica y, como en España, su calendario festivo se asemeja mucho a sus ritos de fe. Como en España, también, su variedad de dulces tiene mucho que ver con esas celebraciones, sus ayunos previos, sus contingencias y sus liberaciones, porque los sacrificios con azúcar cuestan menos.
Antes de entrar en la masa del pączek, desconecten el contador de calorías que instalaron en su cabeza hace algún tiempo. Guarden con llave la báscula, salvo que se refieran a la que permita pesar las medidas de harina, leche y mantequilla. Los pączek son los donuts polacos, aunque el estímulo en el centro de placer del cerebro sea una versión mejorada con estos dulces centroeuropeos. Y, aunque se pueden comer durante el año, hay una festividad que marca el apogeo de su ingesta: el último jueves de cuaresma. El llamado –sin prejuicios– ‘Jueves Gordo’. Y con razón.