Este sitio web hace uso de cookies con la finalidad de recopilar datos estadísticos anónimos de uso de la web, así como la mejora del funcionamiento y personalización de la experiencia de navegación del usuario. Política de Cookies Aceptar

experiencias

Comer debería ser un acto íntimo

Comer debería ser un acto íntimo, como defecar, como practicar sexo. Uno de esos actos delimitados por la circunferencia de lo privado, donde no alcanzan más ojos que los propios, donde uno se encuentra a solas con uno mismo, sin destino que se interponga.

| 01/07/2016 | 3 min, 48 seg

Solo, de pie frente a la nevera, descalzo bajo la leche condensada del fluorescente de la cocina, engullendo ese resto de tortilla de patatas con chorreante alevosía. Solo, frente al telediario, rebañando el plato primero con el índice que lleva lentamente a la boca, luego pasando la lengua con feroz lascivia, como un condenado a muerte en su última cena.

Pero son justamente esos actos básicos, universales, comunes a todos los mortales donde paradójicamente se da la mayor distancia entre lo que decimos hacer y lo que de verdad hacemos. Bien lo saben los dietistas, bien lo sabe Google que atiende nuestras más inconfesables búsquedas, bien lo sabe toda la tontería que se sienta a la mesa, no ya para comer sino para pertenecer a una élite.

Recuerdo un reportaje muy bueno que vi hace tiempo y que cuestionaba la autoridad- por no decir la tontería- de los expertos en general, ya fueran económicos que no predijeron la crisis, artísticos que validaron falsificaciones expuestas en museos, o gastronómicos. En este último caso, llevaron a cabo un interesante experimento con expertos en vino. En Fauchon, la tienda de exquisiteces parisina, intercambiaron el contenido de dos botellas: un Nuits Saint Georges de 400 pavos y un Château Chamirey de 20. Tras probarlos, los entendidos se decantaron claramente por el falso Nuits, argumentando convincentemente sus virtudes mientras que una profana que pasaba por allí dijo al probar pues a mí me gusta más el Chamirey, lo que provocó una sonrisilla de suficiencia en el experto de turno que se apresuró a corregirla didácticamente.

No quedó ahí la cosa. Acto seguido se sirvió a los inefables especialistas un vino blanco y el mismo vino blanco tintado como si fuera tinto.Todos ellos elaboraron discursos tremendamente creativos, por no decir delirantes, pero ninguno descubrió la trampa. 

Lo que viene a demostrar el poder de la mente, en este caso para distraer a los sentidos.

 Lo que viene a demostrar que comer -comer con placer, no alimentarse- es un acto íntimo, que soporta mal las distracciones.

Otro estudio que lo avala: la gran mayoría de los pasajeros de avión perciben la comida servida en el vuelo como de muy baja calidad (una porquería, vamos) aunque abarque muy distintas calidades. Esto es debido a las condiciones en que se ingiere: el ruido en la cabina de avión que supera los 85 decibelios, y la presión del aire que limita el sentido del olfato provocan que todo nos resulte mucho más insípido. Nos distraen y para mal.

¿No les ha sucedido nunca que cuanto más interesantes son los comensales, menos se aprecia la comida? ¿Nunca han hecho callar a su pareja cuando estaban a punto de meterse en la boca su bocado preferido, no me hables ahora, no me hables…?

A veces, desgraciadamente, es la propia comida la que nos distrae de la comida, los trampantojos, la espectacularidad de la puesta en escena, el exceso de estímulos en el plato funcionan como ahuyentadores. Es lo que en publicidad llaman la canibalización de la marca: el anuncio es tan impactante que uno no recuerda qué producto anuncia. Un poco como lo que me cuentan que decía mi abuelo: “mmm, esto está buenísimo, ¿qué es carne o pescado?

Y también me viene a la cabeza esa maravillosa y desasosegante frase de Borges: “Se están comiendo a los caníbales”.

Por todo ello yo propongo que a partir de ahora el acto de comer, sobre todo cuando es sublimado, se haga en la más absoluta intimidad, que los restaurantes en lugar de mesas dispongan de pequeñas cabina peep show para encerrarse a solas con el objeto de deseo, sin ser vistos, sin distracciones, sin fingimientos, para dar así rienda suelta a los instintos más básicos y alcanzar el placer.

Porque comer, no lo olvidemos, es un acto básico, tan básico como sublime.

 Ya lo decía Kafka:“siempre y cuando usted tenga comida en la boca, es que ha resuelto todas las preguntas por el momento.” Ya solo queda entonces disfrutar. Disfrutemos pues.

Comenta este artículo en
next