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Salsavana, el cubano veterano

Contra el frío, saaaaalsa

Hace 23 años, que se dice pronto, abrió Salsavana. Una pequeña taberna de comidas cubanas en corazón de Ruzafa. Un negocio familiar que, a día de hoy, sigue poniéndole el punto sabrosón a otro de los puntos más calientes de València, la calle Cádiz. ¡Y hasta que se seque el malecón!

Por | 25/01/2019 | 5 min, 13 seg

VALÈNCIA. En estos días en los que ya se confirma eso de que el winter is coming es inevitable buscar las mil y una formas de calentarse el corazón. Y qué mejor manera de hacerlo que a base de mojitos, arroz, frijoles, yuca y salsa, mucha salsa, pero de la de bailar. Que ya lo dijo Celia Cruz a voz en grito, “azúuucar”. El primero que pare, pierde.

Supongo que tener cuñada cubana suma un punto extra en estos menesteres pero el caso es que llevábamos un tiempo, largo, queriendo probar el Salsavana, esa taberna cubana que, a pesar de pasar sin pena ni gloria, casi desapercibida, entre tanto bar, café, restaurante y gente it, lleva ya aguantando toda una vida en Ruzafa. ¿Será señal de algo? Catemos, pues, tantos años no pueden estar equivocados.

Una cosa es evidente, en este local prácticamente la inmensa mayoría de comensales que llenan sus mesas son latinoamericanos. Ya lo decía mi cuñada. “Cada vez que tengo morriña de la Habana, voy al Salsavana porque es el único sitio donde la comida me sabe como en casa”. Cubanos, dominicanos, colombianos, venezolanos, jóvenes, mayores, grupos de amigos, parejas ´intergeneracionales` y todos con muy buen rollo, charlando en la barra, riendo y sin limitador de decibelios. 


Degustemos entonces el auténtico sabor de Cuba como si de un paladar se tratara. Juan Herrera, Caridad y María Helena son parte de la familia que regenta la taberna, y nos reciben atentos y sonrientes, hasta que no sé cuántas preguntas mías después, empiezan a perder la sonrisa y la paciencia (en ese orden, ¿o fue en el orden inverso?).

Desde luego, cuando cruzas la puerta y entras, Cuba te invade. Te invade por su música, sus banderas, sus altares, el volumen de las conversaciones, el olor a la hierbabuena del mojito y al ritmo tranquilo de los camareros, cocineros y propietarios, ese mismo tempo del anuncio del Caribe de ´me estás estresaaaando`.

Uno de los altares, que ocupa una esquina entera, es el de la Virgen de la Caridad del Cobre, patrona de Cuba, dueña del río, del oro, de la miel y del amor. Protectora de las mujeres, la fertilidad y todas las dolencias femeninas. El 8 de septiembre se celebra su festividad pero siempre encontrarás ofrendas a esta Virgen en su altar, una costumbre muy cubana, arraigada a la miscelánea existente entre santería y religión en esta cultura tropical.

Lo cierto es, debo reconocer, que a pesar de la sabrosura, la alegría y la autenticidad que desprende este lugar, todo lo jugón del carácter cubano se diluye en su cocina, muy a mi pesar, porque mira que llevaba las ganas puestas. Para ser del todo sincera, no iba con grandes expectativas, ni esperaba platos de exóticos sabores o presentaciones de escándalo que dejaran haciendo chiribitas mis papilas gustativas, pero sí que esperaba un puntito más. Esto es más bien lo que se conoce como “comida de batalla”. Aunque también debo decir que lo importante es dejarse llevar y vivirlo como experiencia (que está ahora tan de moda).

Puerco, arroz, frijoles y yuca. Campamento base

La carta es escueta y los reyes del mambo son el cerdo, la yuca en todas sus modalidades (como plato principal, como acompañamiento, con mojo, rebozada… Da igual, la yuca siempre está), el arroz y los frijoles negros, a esta combinación de arroz blanco y frijoles negros se la conoce como arroz congrí o moros y cristianos, y es un must en cualquier mesa cubana. Asoma algún tímido plato de pollo, la ropa vieja, etc. pero los platos son básicos. Materia prima y austeridad en los fogones. Demasiados años de bloqueo norteamericano les ha obligado a sobrevivir a base de papas y ha hecho que su imaginación la vuelquen en encontrar las mil y una triquiñuelas para la supervivencia, pero no en la innovación gastronómica, de tradición española, criolla y africana.


El momento de pedir es un pequeño dilema. Por eso, lo mejor es dejarte llevar por los ritmos latinos, pedirte un daiquiri para ir abriendo boca y -sin prisas- dejar que la comanda vaya fluyendo. La conversación como máxima y centro de atención, que oye, de vez en cuando tampoco está mal. La demora, aquí, es parte del folclore. 

Así que keep calm and drink mojito.

Al final, la mejor estrategia fue la rendición y dejamos que la camarera y propietaria del Salsavana decidiera por nosotros. De verdad que intentamos pedir, pero fue casi misión imposible llegar a un entendimiento. Eso sí, todo regado de risas y chistes. Esto es Cuba, mi amol. Total que al final comimos yuca en todas sus formas (orgullo patrio), costillas de cerdo al limón, frijoles negros, tostones y pollo al aljibe

De postre, una tarta con coco y majarate. Muy dulcecito todo. Debo decir que después de otear, más bien cotillear de manera descarada lo que otras mesas pedían, me quedé con ganas de probar alguno de los arroces y el picadillo. Me lo guardo para la próxima.

Cuando el comedor se convierte en dancefloor

Cuentan las malas lenguas que lo mejor llega tras la cena, cuando los mojitos, daiquiris, piñas coladas y cervezas varias empiezan a hacer de las suyas, el volumen de la salsa sube y algunos valientes se arrancan a bailar. Y es que además de comer y cenar, también se bebe y se baila. La Habana al ladito de casa. 

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