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Costa Cálida, la playa interminable

El litoral de la Región de Murcia se extiende a lo largo de 250 km dejando un paisaje de acantilados que terminan en playas paradisíacas de arena blanca y aguas cristalinas

18/08/2021 - 

VALÈNCIA.- Preparando una escapada playera relativamente próxima a la Comunitat Valenciana, pienso en la Costa Brava e incluso Almería, aunque me pilla más lejos. Inconscientemente salto a la región de Murcia, de la que ya conozco La Manga del Mar Menor y algunos hechos: se come bien, tiene una extraordinaria huerta, presume de ciudades tan monumentales como Caravaca o Cartagena y el dato que me interesa para este viaje: hay unos 250 kilómetros de costa. Indago más sobre la Costa Cálida y algunas fotos y comentarios terminan de inclinar la balanza a su favor. Mi base de operaciones la establezco en Mazarrón por su ubicación estratégica, ya que las playas que he marcado en mi mapa viajero están entre esta localidad y Águilas. Además, aprovechando que estoy aquí, he conseguido entradas para ver la Geoda de Pulpí, ya en territorio almeriense, por lo que un día ya está ocupado con esa visita.

Comienzo las vacaciones en las Gredas de Bolnuevo, unas formaciones moldeadas con formas caprichosas sobre amarillentos bloques de arenisca muy cerca de Mazarrón. Al verlas me recuerdan a la Ciudad Encantada (Cuenca) y esas dos mangas arenosas de más de diez metros me envuelven con su magia. Ocupan un espacio reducido y apenas hay un par de formaciones que llaman la atención, pero aun así tienen un encanto especial; quizá por su proximidad al mar y porque el viento y el agua han ido dando esas formas tan peculiares.

A escasos cien metros está la playa de Bolnuevo, a la que los primeros bañistas comienzan a desembarcar con sus sillas y sombrillas. Estoy tentada en unirme a ese pequeño batallón pero decido explorar la costa más virgen. Mi idea es ir a la playa de Percheles pero me equivoco y llego a otra —más tarde descubro que es la de El Rincón—. No le doy mucha importancia porque he venido a dejarme sorprender por la costa murciana, así que bajo por una pasarela de madera hasta hundir mis pies en una arena fina y gris, algo pedregosa. Es lo que buscaba, así que estiro mi toalla y me zambullo en el mar. Buceando veo que hay más playas alrededor y un camino parece comunicar entre ellas. Ya tengo un nuevo plan, que hoy no voy equipada para hacer la excursión.

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Al cabo de unas horas y después de que la sombrilla se volara varias veces —no hay que lamentar heridos—, decido retomar el plan inicial: ir a Percheles. Madre mía, cuántos años sin quemarme al coger el volante y estar un rato en una sauna móvil. Con las ventanas bajadas y por carreteras que transcurren entre invernaderos llego hasta el cartel indicativo de la playa. Allí mismo aparco el coche, aunque luego veo que hay un parking abajo —en temporada alta se llenará seguro—. El ambiente me encanta, gente acampada con sus tiendas o caravanas, grupos de amigos tocando un cajón flamenco, otros se han llevado la propia red de voleibol… Al lado hay otra playa, las Minas, donde las olas irrumpen con más fuerza. 

* Lea el artículo íntegramente en el número 82 (agosto 2021) de la revista Plaza

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